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Hasta luego…

vayan0083.jpgHomilía de la Misa de Acción de Gracias por el P. Crispín Ojeda Márquez (15 de julio de 2011)

Agradezco la presencia de mis hermanos sacerdotes que han aceptado amablemente concelebrar y compartir este acontecimiento de nuestra historia parroquial: P. Javier Ávalos Cárdenas, Vicario General; P. J. Natividad Leal Gómez, Rector de la rectoría del Espíritu Santo, P. Héctor Manuel Delgado Castillo, párroco de la parroquia de San José, P. Jorge Armando Castillo Elizondo, vicario de la parroquia de la Sangre de Cristo, P. Gerardo López Herrera, de casa. Agradezco también la presencia de mis familiares, a quienes la comunidad parroquial ha tenido la gentileza de invitar.

El evangelio de este día narra un conflicto, un pleito, entre los fariseos y Jesús. Los fariseos se molestaron porque en día sábado los discípulos, hambrientos, arrancaron espigas para comerse los granos. La Ley de Moisés prohibía trabajar en sábado (Éx 20,8-11) y uno de esos trabajos era la cosecha. Ellos fueron a quejarse ante Jesús: “Tus discípulos están haciendo algo que no está permitido hacer en sábado”. En varias ocasiones meditamos en nuestros grupos parroquiales el gran mensaje que encierra esa palabra “Tus” (discípulos). En la gramática se llama adjetivo posesivo.

Contiene, en primer lugar, una hermosa definición del discípulo, es decir, dice qué o quién es un discípulo de Jesús. Un discípulo es propiedad del Señor. “Padre, tú me los diste…”, dijo Jesús en la oración de la Última Cena. Pero, no se trata de una propiedad mercantil, de cosas, sino de una propiedad de personas, en el amor. Así como el marido llama a su esposa “Mi vieja” y la esposa a su marido “Mi viejo”, así Jesús llama a sus seguidores “Mis discípulos”. Somos propiedad del Señor porque nos ama. Le pertenecemos. Y Jesús acepta la responsabilidad de los suyos. Ante la queja de los fariseos: “Tus discípulos” están haciendo algo indebido, no contesta: “Pues entonces, vayan y arreglen cuentas con ellos. No fui yo quien arrancó las espigas”. Pero no. Al contrario, Jesús sale en defensa de quienes son suyos, se hace cargo de ellos.

La palabra “Tus” (discípulos) indica, además que los discípulos están aprendiendo a pensar y a comportarse como Jesús, para quien el amor y la misericordia es más importante que el cumplimiento frío de la ley. Nosotros, debemos esforzarnos cada día para pensar, sentir y actuar como el Señor.

En la respuesta que Jesús da a los fariseos muestra la experiencia que tenía de Dios. Quién era Dios para él. DIOS ES MISERICORDIOSO: “Misericordia quiero y no sacrificio” (cita a Oseas 6,6). Misericordia quiere decir, al pie de la letra, poner el corazón en la miseria del prójimo, es decir, estar cerca de quien sufre, compartir su dolor y ayudarlo.

¿Y qué quiere decir la palabra sacrificio? Literalmente, quiere decir “hacer que una cosa sea sagrada”. Y para que una cosa de este mundo sea sagrada hay que separarla, alejarla de lo profano. Por ejemplo, un templo está hecho, como los demás edificios, de ladrillo, varillas, cemento, etc. Pero luego se dedica a Dios y así se convierte en un lugar sagrado. Ya no es como los demás lugares públicos y profanos. Pues bien, el sacrificio que agrada a Dios no es la acción de separarnos y alejarnos de los que sufren, sino el acercarnos y tener misericordia de ellos, compadecernos con su sufrimiento y ofrecerles ayuda.. Dios no recibe con agrado nuestro culto cuando nos somos misericordiosos.

Quiero agradecer de todo corazón al P. Gerardo y a todos ustedes, miembros de la Comunidad Parroquial del Inmaculado Corazón de María, por esta muestra de afecto y de generosidad. Hace seis años y once meses llegué a esta parroquia, enviado por el Señor, a través del mandato del Sr. Obispo Gilberto Valbuena Sánchez, para servir al Evangelio y a ustedes.

Y a punto de concluir aquí la misión encomendada, quiero aprovechar esta ocasión, de mayor intimidad y cercanía para expresar a ustedes TRES PALABRAS. La primera es GRACIAS. He repetido una y otra vez en la predicación y en la catequesis que saber decir gracias, no sólo es signo de buena educación, sino también y sobre todo, de fe. Quien tiene fe reconoce que todo bien viene de Dios y por tanto, lo agradece. Entonces, Gracias a Dios y gracias a ustedes por este tiempo compartido, con sus alegrías y penas, con sus logros y fracasos. Han sido casi siete años de compartir la fe y la misión y de cultivar la amistad en Cristo, nuestro Pastor Resucitado.

La segunda palabra es PERDÓN. Pido a perdón a quienes hice sentir mal a causa de mis imprudencias, errores y anti testimonio. Jesús nos ha hablado hoy de Dios, su Padre misericordioso que nos perdona y nos invita a perdonar.

Y la última palabra es HASTA LUEGO. Porque, para quienes creemos en Cristo, no existen los adioses ni las despedidas. Porque en la distancia e incluso más allá de la muerte, nos une el Espíritu Santo, Espíritu del amor que no morirá nunca.

Mentiría si dijera que no los voy a extrañar mucho. Ustedes se han portado estupendamente conmigo. Les digo sinceramente que ustedes me han dado mucho más de lo que yo he podido a ofrecerles. Dios les pague con creces. Me llevo un grato recuerdo y una gran enseñanza de su participación, de su colaboración generosa y entusiasta.

Ahora, el Señor me encomienda una nueva misión, a estas alturas de mi edad, cuando uno comienza a pensar en bajar el ritmo de la acción y en soñar en lugares más tranquilos. Abraham tenía 75 años cuando Dios le dijo: “Deja tu tierra, tus parientes y la casa de tu padre, y vete a la tierra que yo te indicaré”. Y Abraham, por la fe, partió como se lo dijo el Señor. Y así también yo debo partir ahora, para ser su Pastor, como Sucesor de los Apóstoles, en la Arquidiócesis de México, junto a la Morenita. Les pido encarecidamente, que me tengan presente en sus oraciones. Muchas gracias por todo.

P. Crispín Ojeda Márquez
Obispo auxiliar electo de la Arquidiócesis de México

Como esta es mi última colaboración en el boletín parroquial “El Mensajero”, expreso mi profunda gratitud a los articulistas, editores, impresores, lectores y distribuidores de esta publicación semanal que aquí concluye una primera etapa de su existencia al servicio de la evangelización.

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Sembrador y Semilla

sembrador0034.jpgEn la tumba de uno de los antiguos faraones de Egipto fue hallado un puñado de granos de trigo. Alguien tomó aquellos granos, los plantó y los regó. Y, para general asombro, lo granos cobraron vida y germinaron después de cinco mil años. Lo mismo sucede -según la parábola del sembrador que leemos el domingo 10 de julio de 2011- con la semilla eterna de la Palabra de Dios que, cuando es sembrada en un corazón fértil y disponible, germina y produce mucho fruto.

Dios muestra en esta parábola una mentalidad de abundancia. Se revela como un Dios espléndido. La creación entera revela su esplendidez. Basta pensar en el número incontable de planetas, estrellas y galaxias que pueblan el universo, en la variedad increíble de vegetales y de animales que habitan nuestra tierra. La Biblia comienza y termina anunciando a un Dios que ofrece a manos llenas sus dones. A Adán y Eva les dio el Paraíso terrenal y a Abrahám le prometió una descendencia “tan numerosa como las estrellas del cielo y como las arenas de las orillas del mar” (Gén 22,17). La última página del Apocalipsis, que es el último libro de la Biblia, termina describiendo la abundancia del nuevo paraíso: “Y me mostró un río de agua de vida, clara como el cristal que salía del trono de Dios y del Cordero…Había un árbol de vida que daba doce cosechas, una cada mes, cuyas hojas servían de medicina a las naciones” (Apoc 22, 1-2). Nuestro Dios no es tacaño, sino copioso, abundante.

Cada vez que nos explican la parábola del sembrador, se nos exhorta a no ser como uno de esos malos terrenos que echan a perder la semilla sembrada en ellos. Este es, ciertamente, uno de los temas principales de la parábola; pero el tema central es este Dios abundante que siembra grandes cantidades de semilla, aún en lugares inadecuados para la agricultura, como la carretera o un terreno pedregoso. Es necesario preguntarnos, con frecuencia, si somos o no tierra buena, pero teniendo siempre en cuenta que lo importante no es lo que hacemos o podamos hacer, sino el amor poderoso de Dios. Él es el Sembrador y también la Semilla, una semilla, pequeña e insignificante a los ojos humanos, pero extraordinariamente fecunda.

Según el evangelista san Marcos, esta parábola es la más importante de todas las demás y es, además, la clave para comprender todo el evangelio. Cuando los Doce apóstoles le pidieron a Jesús que les explicara la historia del sembrador, él les dijo: “¿No entienden esta parábola? ¿Cómo van a comprender entonces todas las demás?” (Mc 4,13). Para comprender mejor esta parábola, sugiero que intentemos dar respuesta a la siguiente pregunta: ¿Por qué, en la mayoría de los casos que describe Jesús, la semilla sembrada fracasó y no produjo ninguna cosecha? Basados en la explicación que ofrece Jesús mismo, diríamos que la causa del fracaso se debe a que la semilla no alcanzó a echar raíces profundas en la tierra. Primero, los pájaros se comieron la semilla del camino, impidiendo incluso su germinación; después, la semilla sembrada en terreno pedregoso, logró germinar y crecer un poco, pero cuando calentó con fuerza el sol, las plantitas “se marchitaron y como no tenían raíces, se secaron”. Pongamos atención en esa frase: “como no tenían raíces”. Finalmente, las semillas sembradas entre espinos, lograron germinar, crecer y por consiguiente, echar un poco de raíces, pero los espinos se convirtieron en su tumba.

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Amar a Jesús

jesus992.jpgSe dice que el amor humano es frágil y perecedero. Si no se cultiva, puede debilitarse y morir. Existe el amor fugaz de los adolescentes, el “amor de verano, mi primer amor” que ya se terminó. Pasan pronto los amores sensuales, carnales, apasionados y si los amores espirituales profundos no se cultivan, corren el riesgo de morir. Al final, la muerte termina por separar a las personas que se quieren. Del fracaso de tantos modos de amar, surge en las personas el deseo de un amor total, absoluto y permanente. Un deseo que el cantante mexicano Juan Gabriel convirtió en canción: “Oscura soledad estoy viviendo, la misma soledad de tu sepulcro…¡Cómo quisiera que tu vivieras!…Amor eterno e inolvidable…” Muchos piensan que en esta vida un amor eterno, inolvidable y total, es imposible, sencillamente porque los seres humanos no somos eternos, sino temporales y, además, demasiado limitados y frágiles. Sin negar lo anterior, otros juzgan que la experiencia del amor permite que hombres y mujeres vivan instantes de eternidad en esta tierra.

Los cristianos sabemos y creemos que Dios es Amor, y que este amor divino es eterno y absoluto. Jesús nos ha amado hasta el extremo con el amor infinito de Dios y, por medio del bautismo, el Espíritu Santo ha derramado el amor divino en nuestros corazones. Por eso, basados en la Sagrada Escritura, los creyentes podemos asegurar con firmeza que “el amor nunca pasará” (1Cor 13,8), porque “es más fuerte que la muerte” (Cant 8,6). El amor de Dios que llevamos dentro debe manifestarse en las distintas clases de amor: amor conyugal, amor filial, amor fraterno, amor a la patria, etc. Pero, por encima de todos los amores, habidos y por haber, está el amor a Dios. Es el primer mandamiento: “Amarás a Dios sobre todas las cosas”.

El evangelio de la misa del domingo 26 de junio 2011 (XIII del tiempo Ordinario), comienza con una advertencia de Jesús –desconcertante al oído o la vista- dirigida a sus apóstoles: “El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mi…” Son palabras que suenan a nuestros oídos terribles y amenazantes, cuando no las entendemos bien. Hasta nos hacen pensar en un Jesús celoso de nuestro amor familiar. Esto no es verdad. Ante todo, en este evangelio, Jesús pide ser amado. En los evangelios, el Señor hace dos preguntas fundamentales a sus discípulos. La primera es “¿Crees?” y, la segunda “¿Me amas?”. Estas dos preguntas son también para nosotros, los discípulos actuales. Jesús pide ser creído y amado. Pide ser amado con un amor absoluto, total. Por eso dijo: “más que a mí”. Hay que amar al Señor Jesús por encima de todos nuestros amores. Con esas palabras, Jesús está declarando su divinidad porque, según el primer mandamiento, solamente a Dios se le puede amar sobre todas las cosas. Quien cree que Jesús es el Hijo de Dios, debe amarlo como se ama a Dios.

Dicho esto, conviene enseguida recurrir a la historia de la Iglesia de los primeros tiempos porque nos ayudará a entender mejor el asunto. Cuando se escribió el evangelio de san Mateo, la Iglesia ya había sufrido la persecución. En las familias de aquel tiempo, se daba el caso de que uno (o más) de sus miembros había decidido recibir el bautismo y convertirse así, en un cristiano. Naturalmente, como podemos imaginar, este hecho originaba divisiones y enfrentamientos en el seno del hogar. Si no renuncias a Cristo, ya no serás nuestro hijo y tendrás que dejar nuestra casa. Sabemos también por los historiadores de la época que las autoridades imperiales ofrecían un porcentaje de los bienes confiscados a quienes denunciaran a un cristiano para ser encarcelado o martirizado. No pocas veces, movidos por la codicia, los mismos familiares hacían esta denuncia. Los familiares cristianos se encontraban entre la espada y la pared: quedarse con Cristo o con su familia.

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Viento y Fuego

paz0039.jpgHombres y mujeres creyentes de todos los tiempos han deseado con todas sus fuerzas ver a Dios, contemplar su rostro. Pero la Sagrada Escritura dice que a “Dios nadie lo ha visto jamás” (1Jn 4,12). No tiene cuerpo y por lo tanto, tampoco tiene voz ni rostro (Jn 5,37) y “habita en una luz inaccesible” (1Tim 6,16). Uno de los grandes Padres de la Iglesia, San Ireneo de Lyon, que vivió en el siglo II d.C., enseñó que Dios Padre actuó en el mundo mediante dos manos: Jesucristo, su Hijo, y el Espíritu Santo. Jesús es el rostro visible de Dios invisible. Si queremos ver a Dios Padre, tenemos que ver a Jesús. El apóstol Felipe suplicó a Jesús: “Señor, muéstranos al Padre; eso nos basta. Jesús le contestó: Llevo tanto tiempo con ustedes, ¿y aún no me conoces, Felipe? El que me ve a mí, ve al Padre” (Jn 14,8-9).

Pero, Jesús murió, resucitó y subió a los cielos, y ya no está físicamente entre nosotros. No podemos oírlo ni tocarlo. Sin embargo, ahora tenemos al Espíritu Santo que habita en la Iglesia y en el interior de cada cristiano. San Pablo nos asegura en sus cartas que quienes no hemos convivido físicamente con Jesús, somos más afortunados que aquellas gentes que sí pudieron hacerlo, porque ahora Cristo vive en nuestro interior, y esto es obra del Espíritu Santo. Es muy difícil decir con nuestro lenguaje humano y con nuestras pensamientos quién es el Espíritu Santo. Sólo las imágenes y los símbolos pueden darnos alguna idea siempre incompleta. Las lecturas de la misa de la fiesta nos ofrecen dos magníficas imágenes que nos aclaran un poco este gran misterio: el viento y el fuego.

El VIENTO. Llamamos viento o aire a esa mezcla de gases que envuelve la tierra y es indispensable para la vida humana. Los científicos lo describen como un elemento incoloro, inodoro e insípido. Sin color, sin olor y sin sabor. Es invisible. No vemos el viento, pero sí sentimos su presencia. Para la humanidad, el viento ha sido siempre un ser misterioso. Algunas culturas antiguas lo han adorado como dios. Y es que el viento es inconstante, versátil. Para la famosa religiosa benedictina y mística, Photina Pech, es como un guerrero; temerario como un joven y tierno como un amante; huracán y brisa benigna. Brama en el monte, azota en el mar, arranca de raíz los árboles, dobla lo flexible, rompe lo rígido.

El viento está lleno de misterio. Es algo presente, aunque permanece oculto a los ojos, y sólo puede reconocerse en el ruido y por sus efectos. Lo sentimos en su murmullo, bramido, rugido, grito, canto y susurro, en la brisa que nos refresca la frente y las mejillas, en el polvo que levanta. Sabemos que el viento está presente porque hace vibrar las árboles, arrastra las hojas secas, levanta las olas en el mar, empuja las nubes, abre y cierra puertas y ventanas, sacude las cortinas. Abre caminos, busca, se esconde en todos los rincones, lleva y trae. Es incesante y andariego, “siempre de viaje”, según el poeta mexicano Octavio Paz. Es energía potentísima. Antes de la era de los hidrocarburos y de la electricidad, movía los molinos y empujaba los barcos de vela.

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Mirando al cielo

mirando0045.jpgCada año, la fiesta de la Ascensión del Señor nos hace dirigir nuestra mirada al cielo, en donde está Cristo resucitado, a la derecha del Padre. Cuando Jesús subió a los cielos, los discípulos “miraban fijamente al cielo, viéndolo alejarse”. En la cima del Monte de los Olivos se levantó en el siglo IV una magnífica basílica costeada por una señora rica conocida como Poemenia. Los antiguos peregrinos que la conocieron hablaban maravillas de su belleza. San Jerónimo, que vivió por esa época en Tierra Santa, nos ha dejado una información interesante y emocionante: la basílica, de forma redonda, tenía el techo abierto para que los fieles, haciendo oración, pudieran contemplar el cielo en el que Jesús se perdió. Los persas arrasaron la basílica, la restauró el patriarca Modesto y los cruzados le hicieron algunas modificaciones. Saladino la convirtió en mezquita y hasta la fecha presente pertenece a los musulmanes. Los cristianos tienen que pagar un alquiler para poder celebrar ahí la fiesta de la Ascensión, que comienza en la medianoche de la fiesta y termina hacia el mediodía. Por supuesto, actualmente, el templo, muy pequeño, tiene techo y está bastante oscuro. Pero, sobre el templo y el antiguo Getsemaní, el cielo sigue siendo ese mismo cielo en el que Jesús entró al concluir su vida terrena y su misión. En mi primera visita a Tierra Santa, allá por el año 1991, no me interesó en lo absoluto entrar en la mezquita. Me interesaba el cielo azul de aquel abril. El cielo de la Ascensión.

Los apóstoles se quedaron aquel día de la Ascensión, mirando al cielo, boquiabiertos, sorprendidos y rebasados por el inmenso misterio del que eran testigos privilegiados. Fue en ese momento cuando escucharon la pregunta de los dos hombres vestidos de blanco, los ángeles, que en el evangelio de Lucas están presentes en los momentos decisivos de la vida de Jesús: “Galileos, ¿qué hacen allí parados, mirando al cielo?”. Les llaman “galileos”, palabra que a los oídos de los judíos sonaba algo así como “provincianos”, rancheros, no capitalinos. Esto es cierto, pero según el libro de los Hechos de los Apóstoles, escrito por san Lucas, la palabra “galileos” quería recordar a los discípulos la región donde Jesús lo llamó para que lo siguieran y en donde escucharon la Buena Nueva y fueron testigos de muchos prodigios. Era como una invitación para que recordaran y reafirmaran su vocación y su misión. Se ha interpretado la pregunta de los dos hombres vestidos de blanco como un regaño porque, debido a esa acción de mirar y contemplar el cielo, estaban retrasando el comienzo de la misión. Se llegó incluso a la conclusión de que este pasaje de los Hechos de los Apóstoles indicaba con claridad que la tarea de los cristianos era trabajar por la transformación del mundo y sin distraerse en asuntos verticales como la oración, la celebración de los sacramentos o la predicación del cielo. Fueron muchos los que, a causa de esa equivocada manera de entender el mensaje, dejaron de mirar hacia el cielo y clavaron su vista sólo en la tierra.

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Amor con amor se paga

rostro00356.jpgLa palabra amor tiene hoy muchos significados, y eso manifiesta la confusión que reina en la sociedad actual sobre este componente central y esencial de las relaciones humanas. La gente no sabe qué es el amor. Se habla de querer una nieve de vainilla, un IPad, y de querer a la novia como si no se tratara de niveles distintos. “Hacer el amor” es la frase más común para designar las relaciones sexuales, incluyendo aquellas que se practican fuera del matrimonio.

Los pensadores de la antigüedad griega y medieval enseñaron que el amor es desear y poseer cualquier tipo de bien. Es cierto que queremos todo aquello que nos hace bien y odiamos lo que nos daña o destruye. Pero, hay que aclarar que no es lo mismo querer un automóvil que querer a una persona y que la relación entre persona y cosas es muy distinta a la relación que existe entre persona y persona. La relación entre persona y cosas recibe el nombre de relación instrumental porque, en este caso, tratamos las cosas como instrumento o medio para conseguir lo que queremos. Manipulamos las cosas a nuestro antojo y ellas, acaso rechinan, pero no se quejan. Ningún conductor pregunta a su carro, si está dispuesto a funcionar y a realizar un viaje a las dos de la mañana. Existen también las relaciones instrumentales humanas.

Llamamos relación instrumental humana al tipo de trato que tiene lugar cuando el otro me sirve para conseguir un servicio o conseguir algo que quiero. Mi relación con el empleado de la ferretería o con la vendedora de jitomates es instrumental, porque no me interesan sus personas, sino el martillo o los jitomates que quiero conseguir. Esta clase de relaciones son necesarias; de otro modo no funcionarían en la sociedad, por ejemplo, la economía o los servicios. Son, además, las más frecuentes, pero también las más superficiales. Hay quienes confunden el amor con estas relaciones instrumentales y funcionales. Con razón, una esposa, cansada de sentirse en la casa como una lavadora o una escoba, disparó a su marido esta dolorosa queja: “Desde que nos casamos, me has tratado como tu sirvienta y no como tu esposa”. Sin embargo, la relación instrumental humana, por más funcional que esta sea, exige respetar y valorar a las personas. Ninguno tiene derecho a tratar con desprecio o altanería a los empleados que atienden a la clientela en las oficinas o en los comercios. Todos debemos actuar conforme a las normas de urbanidad hechas, precisamente, para que respeten las personas.

La primera persona con la que nos relacionamos, durante toda la vida, somos nosotros mismos. Así nace lo que se conoce comúnmente como “amor propio”. Mucha gente confunde el amor propio con el egoísmo, y es verdad que es uno de sus riesgos más graves. Pero, en primer lugar, el amor propio, no sólo es esencialmente bueno, sino también necesario. Nosotros mismos, como los demás seres humanos, somos personas y por lo tanto, somos dignos de ser amados y merecemos respeto y aprecio. No podemos tratarnos a nosotros mismos como si fuéramos un burro de carga o una máquina. Sería un absurdo decir que amamos a los demás si no nos amamos a nosotros mismos. Jesús dijo: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Por consiguiente, hay que querernos a nosotros mismos. Este amor propio, que actualmente se llama autoestima o valoración de sí mismo, es lo que nos impulsa a la acción y al servicio a los demás. Quien se quiere a sí mismo cuida su salud, evita las drogas, el tabaco y el alcohol, practica deporte, se arregla, lee, estudia, quiere superarse en todos los aspectos. Por el contrario, la persona que no se quiere a sí misma, deja de actuar para bien de ella misma y de los demás: descuida su salud física, psicológica y espiritual. No quiere saber nada ni le interesa nadie.

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Yo soy el camino

encamino.jpgLos colimenses de épocas pasadas encontraban, en la Feria de Todos Santos, una diversión ingeniosa que se anunciaba como “La Casa de Cristal”. Era un laberinto armado con cristales y espejos. Algunos aventureros encontraban la salida con sorprendente rapidez; otros, en cambio, deambulaban por callejones sin salida hasta que se declaraban “perdidos”. En ese momento, los dueños del negocio entraban al laberinto para rescatar a los extraviados y conducirlos al exterior.

Mucha gente se encuentra, hoy, como en un callejón sin salida, dentro de un laberinto de problemas, aparentemente insolubles: una enfermedad incurable, la adicción a la droga, al alcohol o al sexo, algún desequilibrio psicológico, una quiebra económica, un error irreparable, la pérdida de toda esperanza o de la fe… Necesitan un guía, alguien que les consuele, anime y les indique la ruta hacia la salida. Gracias a los recursos humanos y materiales, un gran número de problemas se resolverán favorablemente. Pero, otros, los más decisivos, no encontrarán su solución en los poderes humanos. ¿Quién o qué podría dar tan sólo una hora más de vida al enfermo que ha sido declarado desahuciado por el médico más eminente de la tierra?. Nadie ni nada. El desahuciado se encuentra en un callejón sin salida. Tanto en el trascurso como al final de nuestra vida, necesitamos un guía que nos rescate de los callejones sin salida y nos conduzca a la salida.

Hablar de caminos y de rutas, supone hablar también de rumbos, metas y destinos. Es una locura caminar, viajar, sin rumbo fijo.

Preguntó Alicia, en el País de las Maravillas, al Gato de Cheshire: -¿Podrías decirme, por favor, qué camino debo seguir para salir de aquí?. -Eso depende en gran parte del sitio a donde quieras llegar, respondió el Gato. -No me importa el sitio dijo Alicia. Entonces tampoco importa mucho el camino que tomes, dijo el Gato. -Siempre que llegue a alguna parte, añadió Alicia como explicación. -¡Oh!, siempre llegarás a alguna parte, aseguró el Gato, si caminas lo suficiente. El camino, la ruta a seguir, depende en gran parte del sitio a dónde se quiera llegar. Por eso, importa mucho saber, en esta vida, a dónde queremos ir y cómo llegaremos allí. Uno de los grandes problemas de la humanidad actual -para muchos el primero y más grave- es la pérdida del rumbo en esta vida. ¿Para qué vivimos? ¿Cuál es la meta de nuestra existencia humana? Si la meta es la tumba, el regreso al polvo y a la nada, si con la muerte se termina todo, ¿qué sentido tiene o puede tener lo que hacemos o podríamos hacer en el transcurso de nuestros años?

Múltiples y diversos guías, del pasado y del presente, pretender convertirse en guías de esta humanidad extraviada y sin rumbo fijo. Sus propuestas navegan a través de los más sofisticados medios de comunicación y llegan hasta los últimos rincones de la tierra. Dicen que la ruta a seguir es la ciencia, la tecnología, el progreso, el consumismo, la libertad absoluta, la riqueza material, el éxito y la fama, el rechazo de Dios y de toda religión, el individualismo egoísta. En el evangelio de la misa del Domingo Quinto de Pascua, escuchamos de nuevo al Buen Pastor, Jesucristo, declararse a sí mismo camino y meta: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn 14,1-12). Él es el camino que conduce al Padre. Escuchando su Evangelio y conociendo su modo de ser y de actuar, conocemos al Dios verdadero. “Si no me dan fe a mí, créalo por las obras”. Sus obras, sus hechos, dan testimonio de que Él es el único camino a seguir para convertirnos en personas auténticas y transformar este mundo y, después del final, conseguir la vida eterna con Dios.

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Te llevo tatuado

pastor.jpgHabía una vez un maestro que presumía de ser bastante perspicaz y ducho para descubrir las tácticas más ingeniosas y las artimañas inimaginables utilizadas por sus alumnos para copiar en los exámenes. Padecía de torticolis debido a su costumbre de girar la cabeza violentamente hacia atrás mientras caminaba hacia delante al lado de las hileras de pupitres, donde los estudiantes luchaban para superar con éxito la prueba. Cualquier sonido que no fuera el de los lapiceros deslizándose en el papel despertaba en su interior una infinidad de sospechas. Esta actitud de desconfianza y de sospecha lo había llevado a descubrir “acordeones” hasta en los lugares más insólitos. Con él, ese micropapelito metido bajo la uña o el extensible del reloj ya no funcionaba desde hacía mucho tiempo.

Uno de esos días de examen, mientras efectuaba sus minuciosas vigilancias y aplicaba sus estratagemas en las filas de adelante, vio con el rabillo del ojo que una joven, en los asientos de atrás, miraba a hurtadillas la palma de su mano derecha. “¿Será posible semejante insensatez?”, se preguntó. “A esta muchacha debería reprobarla no tanto por copiona cuanto por su falta de ingenio. Esa táctica para copiar ni aun en mis tiempos funcionaba ya”. El maestro río por dentro y fingió no haber visto nada. Pero hete aquí que la chica vio la palma de su mano por segunda vez, y luego una tercera, y eso era ya francamente demasiado. El maestro corrió entonces hacia ella y le ordenó que se pusiera de pie y le mostrara sus manos. “Veamos qué es lo que hay aquí”, dijo observando una y otra detenidamente. En la izquierda no había nada y, en la derecha, solamente una palabra; mejor dicho, un nombre: ROBERTO. Justo, en lo más duro del curso, en pleno examen, la jovencita pensaba en Roberto, su novio. ¿Dónde estaba él mientras ella buscaba la respuesta acertada?

Conocer y llamar por su nombre a una persona es un signo de amor y de amistad. En la vida diaria, llamar a una persona por su nombre indica familiaridad y suele ser un paso decisivo en el camino de la amistad. A un amigo lo llamamos por su nombre. Cuando llega el amor el nombre de la persona amada estremece porque dice mucho al enamorado. “Porque te quiero a ti…tu nombre me sabe a hierba de la nace en el valle”, canta Joan Manuel Serrat. Por lo general, en el trato y en la comunicación con las personas consideradas allegadas en menor o mayor grado, olvidar el nombre del interlocutor puede significar no sólo descortesía, sino también una grave ofensa. “Olvidó mi nombre. Sé quién eres, pero no recuerdo cómo te llamas. ¡Y yo creía que me estimaba!, se quejaba una persona después de haberse encontrado con un compañero de trabajo, a quien había dejado de ver en dos los últimos dos años y con quien había comenzado a trabar amistad.

Retenemos en la memoria, en donde están hondamente marcados, los nombres de las personas que amamos y nos esforzamos –no siempre con éxito- por borrar de nuestros recuerdos los nombres de quienes nos han hecho un gran mal. Sigmund Freud, creador del psicoanálisis, investigó el porqué olvidamos los nombres propios. Hemos borrado de nuestra lista muchos nombres de personas. Permanecen los nombres amados, los que recordamos con gusto. También permanecen, por desgracia los nombres odiados, los cuales recordamos con disgusto.

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El síndrome de Emaus

depre00393.jpgPeter Pan luchaba con el capitán Garfio junto a la Laguna de las Sirenas. Cuando ya casi lo había vencido, se dio cuenta de que el capitán estaba en peligro, a punto de caer en una sima. Y le ayudó a subir, para poder continuar luego la lucha en igualdad de condiciones. Fue entonces cuando el malvado Garfio, abusando del favor concedido, aprovechando esa breve impunidad, clavó inesperadamente su arma en el pecho de Peter Pan. Y el pequeño héroe quedó inmovilizado, no tanto por el dolor como por la sorpresa, estupefacto ante algo que no podía concebir: la traición, la deslealtad. Digamos la palabra exacta: Peter Pan quedó desilusionado, desencantado, al chocar con la realidad de la maldad humana. Algunos pensarán, y no sin razón, que Peter Pan, como todos los niños, vivía fuera de la realidad, en un mundo de fantasías, y que era justo y necesario que comenzara a comprender que el león no es como lo pintan, que el Niño Dios no trae directamente los juguetes o que su papá no es Iron Man.

La desilusión es un sentimiento negativo y profundo que experimentan las personas, de todas las edades, cuando éstas descubren que las cosas no son como las habían pensado o imaginado, que algo no resultó como lo esperaban. “Yo tuve un amor y me traicionó, dejándome en el alma una desilusión…”, cantaba lastimosamente Víctor Iturbe. Son demasiado dolorosas y peligrosas las desilusiones de los jóvenes, pero la desilusión de la tercera edad no se queda tan atrás. Quien ha vivido muchos años corre el riesgo de concluir que “nada nuevo hay bajo el sol”. La malas noticias le impresionan menos y sus alegrías se estrechan. Unos ancianos se sienten satisfechos de su vida, pero muchos experimentan desencanto y desilusión por lo que han vivido.

La desilusión es desengaño, que significa literalmente liberarse del engaño, pero también es pérdida de esperanza, porque mata toda ilusión, corta las alas y arroja la moral al suelo y esto la convierte en un peligro mortal. Bien saben los futbolistas profesionales que mete más goles el optimismo que su pie. La desilusión paraliza y cierra el futuro. En el Domingo Tercero de Pascua leemos en la misa el relato del encuentro de Jesús Resucitado con los dos discípulos de Emaús (Lc 24,13-35). Uno de ellos se llamaba Cleofás (masculino de Cleopatra) y el otro quién sabe. Podría ser uno de nosotros. Iban de regreso a casa, con el alma en los pies, desilusionados de Jesús. La pregunta que el Señor les hizo nos ofrece información sobre el estado de ánimo de aquellos discípulos: “¿De qué cosas vienen hablando, tan llenos de tristeza?”. El texto griego dice, al pie de la letra, que se pararon con aire entristecido.

Cleofás (algunos especialistas creen que era tío de Jesús) dijo al “Forastero”: “¿Eres tú el único forastero que no sabe lo que ha sucedido estos días en Jerusalén? Él les preguntó: ¿Qué cosa? Ellos le respondieron: Lo de Jesús el Nazareno, que era un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo. Cómo los sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron…” Y a continuación señala la causa de su desilusión: “Nosotros esperábamos que él sería el libertador de Israel, y sin embargo, han pasado ya tres días desde que estas cosas sucedieron”. Nosotros esperábamos. Las cosas no habían respondido a sus expectativas. Nos había llenado de ilusiones el corazón; creíamos que con Él las cosas cambiarían, confiamos en lo que nos prometía, pero lo mataron y todo se vino abajo.

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Ver y tocar para creer

tomas0045.jpgEl conflicto y la crisis forman parte del tejido de la vida humana y también de la vida cristiana. Se habla de crisis de la adolescencia, de las crisis de los cuarenta, de la crisis del matrimonio y de la familia, de la crisis económica y cultural, y también de la crisis de la fe cristiana. Hay quienes piensan que las personas auténticas y las instituciones sociales y religiosas dignas de crédito son aquellas que nunca han tenido conflictos ni han sufrido crisis. Pero, no es la ausencia de problemas y de crisis lo que hace auténticas y creíbles a las personas e instituciones, sino la capacidad y la forma de resolverlos positivamente.

La palabra crisis viene del verbo griego krinein que significa separar. Crisis, en sus orígenes, es algo que se rompe y tiene que ver con la inestabilidad, el desequilibrio e incluso con la muerte. Ahora bien, lo que se rompe, puede ser observado y analizado. Los niños tienden a desbaratar los juguetes y los aparatos a su alcance, para ver qué hay dentro. Los científicos son niños grandes que descomponen en partes sus objetos de investigación con el fin de analizarlos. Por esta razón, la palabra “crítica”, que viene de “crisis”, significa también análisis o estudio de algo para luego juzgarlo. En escritos de los grandes sabios de la antigüedad griega, como el dramaturgo Sófocles e Hipócrates, el médico, la palabra crisis significa juicio. Esto quiere decir que la crisis nos invita al análisis, a la reflexión, para superarla.

En los relatos de las apariciones de Jesús resucitado, los evangelistas señalan y describen con lujo de detalles, la crisis de fe que sufrieron los apóstoles y los demás discípulos a partir de la resurrección del Señor. En el evangelio de San Juan, destaca de modo especial, la crisis de fe del apóstol Tomás (Jn 20.19-36). “Los otros le decían: Hemos visto al Señor. Pero él les contestó: Si no veo en sus manos la señal de los clavos y si no meto mis dedo en los agujeros de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré”. Ver y tocar para creer. Los cristianos de todos los tiempos llevamos dentro un Tomás. Y también un Pedro, un Felipe…Todos los creyentes vivimos, varias veces en la vida, crisis en nuestra fe. En el año 2007, los medios de comunicación difundieron –en varios casos con intención amarillista- que se publicarían próximamente unos escritos personales de la Beata Teresa de Calcuta, en los cuales ella narra su propia crisis de fe que se prolongó a lo largo de cincuenta años. Nada raro. Todos, hasta los más grandes santos han experimentado crisis religiosa. ¿Cómo podríamos saber si creemos realmente si no nuestra fe no fuera probada?

Como las monedas, la fe cristiana tiene dos caras: una divina y otra humana. La cara divina indica que la fe, en primer lugar, no es el resultado de los esfuerzos de nuestra mente por comprender las verdades que Dios nos ha revelado, ni es el fruto de esos sentimientos, emociones y experiencias religiosas que vivimos ante las realidades divinas. No. Uno no se hace creyente por su propio esfuerzo humano. Dios se vale de esas experiencias mencionadas, de los sentimientos y de muchas otras cosas para realizar su obra, el milagro de abrirnos a la fe. Uno se convierte en un creyente gracias a la acción de Dios que nos conmueve, ilumina, atrae y transforma. Esta es la cara divina de la fe

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