Conferencia de Copenhague


Actualmente se está efectuando en Copenhague, Dinamarca la 15 Conferencia Internacional sobre el cambio climático, encuentro en el que los países que son potencias económicas y militares posiblemente se comprometan muy en serio a reducir la emisión de gases de efecto invernadero y a desarrollar «tecnologías verdes» y energías renovables, tanto en países ricos como subdesarrollados. También tienen su responsabilidad los países que no tienen aquel estatus.
Estos propósitos son loables porque buscan proteger al planeta de la depredación en que lo ha sumido el propio hombre en su afán de progresar o establecer dominios de unas naciones sobre otras. Si de verdad se fijaran al final de la reunión tales objetivos, tendrán que firmarse acuerdos concretos para que, mediante inversiones fuertes y leyes acordes, se desechen tecnologías dañinas y se incorporen nuevas, a fin de proteger a la humanidad de un colapso en el futuro que no pocos científicos están advirtiendo que ocurrirá si no se modifican los distintos modos de producir.

Lo que está en juego en la Cumbre rebasa fronteras nacionales, discursos y buenas intenciones, pues si bien existen discrepancias, la información científica disponible indica que desde fines del siglo XIX la temperatura promedio de la superficie terrestre ha aumentado 0.74 grados centígrados y subirá aún más de 1.8 grados hasta 4 o 5 grados centígrados hacia el año 2100, si no se amplían medidas de mitigación y adaptación necesarias. Es decir, a nuestros hijos, a sus hijos y demás descendencia les tocará enfrentar quizás calamidades que no nos imaginamos ahora. Otra reflexión: aún y cuando se redujeran emisiones de gases y se estabilizara su concentración en la atmósfera, el calentamiento seguirá repercutiendo en todos los lugares por las emisiones de dióxido de carbono. Continuarán sequías, calores, contaminación.
Un dato más es el papel que juega México frente a este problema. Sin ser una potencia militar ni económica, es una nación que contamina y mucho. Emite el 1.7 del total mundial de gases y al mismo tiempo es de las más vulnerables, pues alrededor de 70 por ciento de la población, 71 por ciento de su pib y el 15 por ciento de su territorio, están amenazados por las secuelas del cambio climático.
A las sociedades les toca insistir sobre los riesgos que se corren en el presente y que se harán realidad en el futuro, si no hay una concientización sobre lo que puede ocurrir. De hecho, millones de hectáreas de bosques se han perdido en los últimos años, muchos ríos se han contaminado, el hombre ha incendiado a veces hasta deliberadamente grandes porciones de territorio en zonas que anteriormente eran pulmones para las poblaciones, las industrias no han procurado la investigación ni han hecho inversiones para frenar la contaminación al amparo de legislaciones tibias, imprecisas e ineficaces que todo lo permiten y son condescendientes frente a los poderosos.
El hombre se ha olvidado en cierto modo del designio de nuestro Creador de que gocemos la vida y seamos felices a través del dominio sobre la naturaleza y todo ser viviente. Pero equilibradamente. Se nos ha hecho fácil, sin duda, inventar tecnologías con fines distintos al progreso y a costa de dañar el planeta. Importa más avasallar a los débiles que procurar un planeta limpio, equilibrado, más disponible.
Es deseable que en Copenhague haya un diálogo franco y sincero entre los dirigentes de los 190 países allí reunidos. Que se piense en la gran riqueza que Dios nos dio para que viviéramos en condiciones óptimas y en libertad. No podemos quedarle mal porque nos dio para nuestro goce un mundo maravilloso: la vida humana, animal y de todo ser viviente, ríos, mares, el equilibrio necesario del universo que se rige bajo impresionantes cálculos matemáticos, todavía inexplicables para los hombres de ciencia más famosos. Todo, pues, establecido, en forma increíble.
Que Dios les de sabiduría en la reflexión a todos esos líderes para que la humanidad pueda reencontrarse en la búsqueda de mejores condiciones de vida para todos los pueblos, que es lo que Dios y todos nosotros queremos.

Carlos Orozco Galeana


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