Enaltecer a Dios


Nuestro libro sagrado postula que el mundo fue creado por el amor de Dios, que el objetivo final del universo es mostrar su gloria y que Él es la razón de la existencia de todo. Dios hizo todo para su gloria, sin ella no habría nada. Proverbios 16, 4 apunta que todo lo ha creado Yahvé para su fin y aún al impío para el día aciago.

La gloria de Dios es Dios, es la esencia de la naturaleza, es la demostración de su poder y la atmósfera de su presencia. La gloria de Dios es la expresión de su bondad y todas las demás cualidades intrínsecas y eternas de su persona. La gloria de Dios es también saber perdonar. Dios posee una gloria inherente porque es Dios y esa gloria se ve mejor en Jesucristo quien vino al mundo para dar gloria del Padre y por quien todo fue hecho. A Dios Padre debemos amar, honrar y reflejar su gloria porque lo merece.

Los seres humanos podemos constatar que el universo es perfecto, equilibrado y grandioso. Aun los que no creen en Dios, los ateos, exclaman asombrados que, en efecto, el «arquitecto del universo» lo hizo todo perfectamente.

Sin embargo, no dan su brazo a torcer a pesar de las evidencias. Como los lectores saben, grandes científicos como Albert Einstein, Raymon Kepler o Godofredo Leibniz, reconocieron que sin la intervención de un Ser supremo que crea equilibradamente las cosas, no seria viable la vida en el universo.

Dios creó las cosas para la felicidad del hombre y las hizo por amor. Sin amor no se habría extendido la vida humana y ni la pena valdría vivir; quizás ni mundo habría. Con la creación perfecta del mundo, Dios refleja su poder y su gloria. Así lo reveló a personajes diversos de los que la Biblia nos da cuenta. Moisés, Abraham y otros profetas fueron testigos de su misericordia y al pueblo de Dios, al resto fiel, los libró de la esclavitud de los egipcios haciéndolos caminar hasta por el mar en lo que es uno de los hechos mas impresionantes narrados en el Antiguo Testamento.

Ensalzamos a Dios cuando hacemos su voluntad y, ya en la adultez y plenos de conciencia, cumplimos el papel que tenemos como padres y guías de nuestros hogares; cuando renunciamos a las comodidades para servir con algún apostolado, cuando hacemos una corrección fraterna a alguien que la necesita, cuando hacemos a un lado nuestro cansancio y acudimos al llamado de la Iglesia o de nuestro párroco y le auxiliamos en su ministerio, cuando, en fin, desplegamos nuestra capacidad de servicio a favor de los necesitados.

Enaltecemos a Dios cuando nos convertimos en verdaderos cristianos, en personas preocupadas por lo que pasa en el mundo exterior y no nos quedamos cruzados sin cumplir las responsabilidades que tenemos como laicos. Reconocemos también a Dios cuando asistimos a una persona necesitada, nos solidarizamos y vemos a Cristo en ella. En fin, lo alabamos cuando nos despojamos del egoísmo y cooperamos resueltamente a la instauración del reino, y el reino no es otra cosa, aquí en la tierra, que el restablecimiento del amor total en las relaciones humanas, la aplicación de la justicia, el respeto a las libertades y a los derechos del hombre para ser feliz, la vivencia de la paz proclamada por Jesucristo.

Reflexionemos con estas líneas breves y enaltezcamos a Dios con actos puros, con actos buenos. Que no nos gane la carrera el pecado, seamos obedientes a sus dictados, pensemos siempre en todo lo que a Él le agrada.

Carlos Orozco Galeana


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