Tú eres mi Hijo


Norman Mailer, escritor norteamericano, fallecido en Nueva York en noviembre de 2007, comienza su controvertida novela «El Evangelios según el Hijo», con estas palabras de Jesús: «Soy el que en aquel tiempo bajó de Nazaret para ser bautizado por Juan en el río Jordán. Y el Evangelio de Marcos afirmaría que durante mi inmersión los cielos se abrieron y ví «un espíritu que bajaba en forma de paloma». Una voz retumbante dijo: «Tú eres mi Hijo bienamado, en quien me complazco». Después el Espíritu me empujó al desierto, y allí permanecí durante cuarenta días y fui tentado por Satanás.

No es que el Evangelio de Marcos sea falso, no me atrevería a decir tanto, pero hay en él mucha exageración. Y todavía más en los de Mateo, Lucas y Juan, quienes ponen en mi boca palabras que jamás pronuncié, y me califican de manso en ocasiones en que estaba lívido de ira. Sus palabras fueron escritas muchos años después de mi muerte, y sólo repiten lo que les contaron los ancianos. Y estos eran realmente muy viejos. La raíz de la verdad que hay en tales historias es tan débil como la de esos arbustos que ruedan arrastrados por el viento. Así que voy a ofrecer mi propia versión…»

Según este literato, procedente de una familia judía, los evangelistas no nos han presentado en sus escritos al verdadero Jesús de Nazaret. Por eso, el ahora sí «verdadero» de Norman Mailer declara que nos ofrecerá su propia versión.

Esta idea no es nueva. Ya desde el siglo II d.C., un filósofo pagano, enemigo del cristianismo llamado Celso, decía que los evangelios tenían muchas contradicciones. Y desde aquellos tiempos remotos hasta la fecha presente, muchas personas estudiadas han divulgado la idea que de los primeros cristianos desfiguraron completamente la persona y mensaje de su Maestro Jesús, al grado de convertirlo en un personaje fantástico y en Hijo de Dios. Según estos pensadores, los evangelios y los demás escritos del Nuevo Testamento, no nos han dado a conocer al verdadero Jesús.

Primero, estas ideas se enseñaron en escuelas y universidades, pero hoy han llegado al gran público a través de los medios de comunicación masiva (televisión y cine, sobre todo). Es raro el ciudadano común que no tenga alguna información acerca de la novela y película «El Código Da Vinci», de la película «Stygma» y del manuscrito tardío «El Evangelio de Judas». Todas estas obras pretenden «comprobar» que la Iglesia nos predicó y enseñó un Cristo muy diferente al Jesús de la historia que caminó por Galilea en el siglo I.

¿Qué fue lo que sucedió realmente? Sucedió que Jesús impactó de un modo tan tremendo a sus discípulos, que ese impacto cambió sus vidas. Un significativo número de personas se encontraron de pronto, en el camino de su vida, con Jesús de Nazaret, y su vidas dieron un giro completo.
La persona de Jesús, sus palabras, curaciones, actitudes, gestos y todo su comportamiento, sacaron de onda a los apóstoles y discípulos. Los impresionó de tal manera el Señor Jesús que ellos, «dejándolo todo, lo siguieron». Abandonaron su familia, trabajo, pueblo…todo. Seguramente, tuvieron que RESPONDER enseguida a su esposa, hijos, papás, hermanos, amigos y vecinos el porqué de su decisión. ¿Por qué abandonaste a tus hijos? ¿Por qué dejaste el trabajo o el negocio? ¿Acaso te has vuelto loco? Y ellos, entonces, contaron a su gente lo que Jesús enseñaba, las curaciones milagrosas que hacía, su modo de comportarse con los pobres y pecadores, su enfrentamiento con las autoridades judías, su muerte en cruz, su resurrección, etc.

Así fue como comenzó la TRADICIÓN sobre Jesús. Primero, todos esos recuerdos fueron ORALES, es decir, se transmitían de boca en boca; después se comenzaron a ESCRIBIR algunos dichos y milagros de Jesús en papiro o en cuero, hasta que finalmente los evangelistas recogieron esos materiales, los organizaron y registraron en los cuatro evangelios, tratando de animar e iluminar la vida de fe de las comunidades de su tiempo.

Con base en lo anterior, podemos concluir que los Apóstoles y discípulos no transformaron la figura de Jesús. Al contrario, fue Jesús quien transformó la persona y la vida de sus discípulos. Y los discípulos, cautivados y cambiados por Jesús, hicieron todo el esfuerzo posible, no para desfigurar su persona y mensaje, sino para transmitirlos con fidelidad. Hay en los Evangelios algunos hechos de la vida de Jesús que seguramente los evangelistas habrían deseado no escribirlos, porque eran hechos que los perturbaban e incluso escandalizaban. Uno de esos hechos es el Bautismo de Jesús. Los primeros cristianos se preguntaban por qué había acudido Jesús al río Jordán, donde Juan el Precursor bautizaba para el perdón de los pecados. ¿Acaso Jesús había cometido pecados? ¿Acaso Juan el Bautista era superior a Jesús? Otro hecho escandaloso fue la Agonía de Getsemaní. ¿Cómo es posible que el Mesías temblara de pavor hasta sudar sangre ante la cercanía de la pasión y muerte en cruz? ¿Cómo explicar esa debilidad? La muerte de Jesús fue el colmo de los colmos. Pero los discípulos y evangelistas no suprimieron estos hechos que desfigurarían la noble y extraordinaria figura de su Señor, ni los pintaron con el color rosa de la fantasía.

He releído el relato del Bautismo de Cristo en la novela «La última tentación» del escritor griego Niko Kazantzakis (y he visto este mismo pasaje en la película que tiene el mismo título) y he quedado sorprendido porque el novelista casi borra las imágenes que nos ofrecen los evangelistas, como el cielo abierto y la voz de Dios Padre y crea otras figuras demasiado fantásticas. Dénse una idea: Las aguas del río Jordán dejan de correr y se paralizan, de todas partes llegan cardúmenes de peces multicolores que rodeaban a Jesús y que cerrando y desplegando sus aletas y haciendo ondular la cola se pusieron a danzar. Y aún hay más, pero para muestra basta un botón. No cabe duda: es mejor aceptar el testimonio de los evangelistas.

El relato del Bautismo de Jesús que leemos en la misa del domingo 10 de enero de 2010, en la versión de san Lucas, destaca muy poco el acto del bautismo y pone de relieve la MANIFESTACIÓN de Dios que tuvo lugar en aquella ocasión. Con imágenes usadas en el Antiguo Testamento para describir cómo Dios se manifestaba a sus elegidos, San Lucas dice que los cielos se abrieron. El pueblo de Israel, sumido en la opresión, clamaba así la llegada urgente del Mesías: «¡Ojalá rasgaras los cielos y bajarás». Pues bien, ya se rasgaron los cielos y ha bajado el Mesías. El Espíritu Santo baja en «forma corporal», como de una paloma y se posa sobre Jesús. Es difícil entender el porqué se manifiesta el Espíritu en forma de paloma, pero con el término «forma corporal» (el misal dice «forma sensible»), Lucas quiere decir el Espíritu Santo llenó la persona de Jesús y lo consagró para la misión de manera real, que no fue fantasía o imaginación. Del cielo llegó una voz que decía: «Tú eres mi Hijo, el predilecto; en ti me complazco». El mismo Dios Padre hace la presentación pública de Jesús y dice quién es. No es sólo un hombre, el Carpintero de Nazaret. Es el Hijo predilecto de Dios. Por eso hay que aceptarlo, creer en Él, atender su mensaje. Más tarde, en la Montaña de la Transfiguración, la misma voz divina agregará: «¡Escúchenlo!».

P. Crispín Ojeda Márquez


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