Ya no tienen vino


casados.jpgDicen que con los años, los seres humanos van perdiendo el entusiasmo por todo aquello que los llenó de ilusión en su juventud. Que llega el día en que uno se vuelve una persona desalentada, víctima del desengaño y de la rutina, y entonces pierden color y sabor el matrimonio, el trabajo, las diversiones, el futuro…  

Además del tiempo y de la edad, carcomen las ilusiones y la alegría de vivir las pérdidas irrecuperables, las experiencias dolorosas de fracaso en la amistad y el amor y las catástrofes naturales. Es cierto que la edad y las circunstancias adversas oscurecen el gozo de la vida y pueden llegar a borrar la sonrisa de los rostros, pero es también cierto que la alegría depende de nuestra libertad. De nosotros, de nuestra libre elección, depende ser felices o desgraciados. Imagino que muchos lectores negarán esta afirmación. ¿Cómo puede depender la alegría de la libre elección de una persona que ha perdido las dos piernas en un pavoroso accidente? ¿Cómo puede decidir ser alegre cuando me han diagnosticado un cáncer terminal? ¿Tiene sentido para quien siempre ha vivido en la miseria tomar la decisión de ser un tipo alegre?

Y a pesar de todo, la alegría depende de mí y de ti. Las circunstancias pueden eclipsar la alegría, pero yo puedo decidir salir de la oscuridad y recuperar la sonrisa, aún cuando ya nada siga siendo igual. Una mujer soltera, ya fallecida, se pasó el tiempo quejándose de los hechos dolorosos de su existencia no la habían dejado vivir. Y no le faltaban razones para quejarse, pues siendo apenas una niña murió su mamá. Cuando estaba a punto de terminar el duelo, murió su papá y se vio obligada a recomenzar el luto. Enseguida, sumados a problemas económicos y enfermedades, murieron en escala, uno tras otro, diversos familiares y así la mujer llegó a los sesenta años, siempre vestida de luto, y con la impresión de no haber gozado de la vida. Nunca fue a fiestas, no viajó a ninguna parte, no pudo hacer ninguna clase de estudios, no se relacionó con la gente de su edad, ni de otras edades, no se casó. En resumidas cuentas, nunca pudo hacer nada de lo soñaba cuando era joven, y cuando llegó a la madurez, cayó en la cuenta de que era demasiado tarde y el sol se estaba ocultando. A esta mujer le faltó liberarse lo suficiente de las cadenas de las circunstancias trágicas de su existencia, para poder vivir, y vivir en la alegría.

Lo que debo aclarar y subrayar a continuación es que la alegría, en este mundo, nunca es completa ni plena. Nuestras alegrías son siempre fugaces y pocas veces tocan fondo. Pero las probaditas de alegría y felicidad que tenemos en esta tierra son suficientes para llenar nuestra vida de entusiasmo y de sentido. Las personas humanas somos seres hambrientos de alegría y felicidad, y por eso nada nos llena ni satisface totalmente en este mundo. Aunque le haya dado «vuelo a la hilacha», llega el día en que uno se cansa de todo. Llega el día y a veces muy tarde- en que uno descubre que la felicidad no estaba en el alcohol, ni el sexo, ni en las pachangas, ni en el dinero, ni en los negocios, ni en la ciencia… Y entonces, la sed de alegría y felicidad completas se hace más intensa. En este mundo, las fuentes de nuestra alegría se secan con el tiempo. Las cosas queridas se deterioran y acaban y las personas amadas desaparecen. ¿Esto quiere decir que estamos perdidos? ¿Quiere decir que nuestra sed de alegría y felicidad plenas es una pasión inútil? ¿Existe algo o alguien que sea capaz de dar, a quienes vivimos en este valle de lágrimas, el don de una verdadera y plena alegría?

Para nosotros, los creyentes cristianos, la respuesta a estas preguntas es Cristo. Jesús, el Señor, es nuestra Alegría. Este es el formidable mensaje que encierra el relato del milagro de las Bodas de Caná, que leemos en la misa del domingo 17 de enero de 2009 (Jn 2,1-11). En aquella ocasión, Jesús cambió, con el poder de su Palabra, unos 600 litros de agua en vino exquisito: «Había allí seis tinajas de piedra, de unos cien litros cada una, que servían para las purificaciones de los judíos. Jesús dijo a los que servían: Llenen de agua esas tinajas. Y las llenaron hasta el borde. Entonces les dijo: Saquen ahora un poco y llévenselo al encargado de la fiesta. Así lo hicieron, y en cuanto el encargado de la fiesta probó el agua convertida en vino, sin saber su procedencia, porque sólo los sirvientes lo sabían, llamó al novio y le dijo: Todo el mundo sirve primero el vino mejor, y cuando los invitados ya han bebido bastante, se sirve el corriente. Tú, en cambio, has guardado el vino mejor hasta ahora». Este relato de San Juan contiene muchos temas; nosotros destacaremos aquí únicamente el que se refiere al agua convertida en vino.

Visto superficialmente, este extraño milagro desconcierta e incluso, escandaliza. ¿Acaso Jesús, al realizar este milagro, pretendía fomentar la borrachera? Si el vino se había agotado y no la comida (la birria), la sopa o el postre- quiere decir que los invitados le habían entrado con ganas a la bebida. El mensaje del milagro no va por aquí. Para descubrirlo, debemos recordar que en las páginas Antiguo Testamento, el vino aparece como un símbolo de la alegría, y por lo tanto, como una señal de la llegada del Mesías. El profeta Isaías anunció la llegada del Mesías utilizando la imagen de un magnífico banquete: «En aquel día el Señor del universo preparará sobre este monte un festín de manjares suculentos para todos los pueblos… Él arrancará… el velo que cubre a todas las naciones. Aniquilará la muerte para siempre; el Señor Dios enjugará las lágrimas de todos los rostros…» (Is 25,6.7-11).

Pues bien, el Mesías ya está aquí. Se encuentra en una fiesta de bodas y nos ofrece la verdadera alegría de Dios, simbolizada en el vino mejor. «Ya no tienen vino», es una voz de alarma que brota de los labios de la Madre de Jesús y significa la ausencia de alegría y de entusiasmo. Apliquemos esta frase a nuestra vida. ¿Ya no tenemos vino? ¿Nos encontramos actualmente por muchos motivos- hundidos en la tristeza, del desengaño, la desilusión?

Cristo puede devolvernos el ánimo y darnos la alegría auténtica del Espíritu Santo. ¿Qué debemos hacer para conseguir ese gozo que viene de lo alto? Tener fe total en Jesús. El relato de las bodas de Caná termina diciendo que, al ver el milagro «sus discípulos creyeron en Él». Por tanto, debemos creer en Jesús y además, llevar a la práctica la fe. María «dijo a los que servían: Hagan lo que Él les diga». Y así lo hicieron». Hagamos nosotros lo mismo.

P. Crispín Ojeda Márquez

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