¿Libres?


ave001.jpgDesde que la humanidad existe sobre la faz de la tierra los problemas generacionales acompañan a los hombres. Los jóvenes, cuando son jóvenes, reniegan de los adultos y cuando, a su vez llegan a la edad adulta, les toca renegar de la siguiente generación de jóvenes.

Esto afecta por lo general a las sociedades, en algunos casos de manera negativa y en otros, positivamente. Por lo general, en todo lo que nos acontece tendemos a ver más lo negativo, ya que lo positivo nos beneficia y lo recibimos sin ningún problema.

Cada generación de jóvenes es diferente por el entorno en el que se vive, pero la búsqueda es la misma todas las generaciones juveniles. A los adultos actuales nos tocó vivir, de jóvenes, con libertades muy limitadas. Hoy, los jóvenes tienen más libertades, porque nosotros, los adultos, se las hemos dado, muchas veces con el pretexto de que no sufran por la falta de libertad que sufrimos nosotros. El único inconveniente es que los jóvenes no han sabido aprovechar para su bien este margen amplio de libertad y muchos se han inclinado hacia el libertinaje.

No es fácil, en el seno de la familia, el tratamiento de temas relacionados con los comportamientos y conductas de los jóvenes. Por la diversidad de opiniones y puntos de vista, a veces, estas conversaciones se convierten en batallas campales, y se crea un ambiente muy incómodo. No se llega a ninguna conclusión y mucho menos a un acuerdo.

Lo ideal sería que cada quien expresara su opinión y se formara su criterio de acuerdo a los valores morales y respetar las formas de pensar de los demás. Respeto que exige analizar y discernir las ideas, juicios y opiniones que se nos proponen o que pretenden imponernos.

Como católicos debemos esforzarnos por entender la libertad con la ayuda de nuestra inteligencia racional y con nuestra fe. Así comprenderemos que la libertad es una capacidad o poder para elegir y decidir algo; pero que sólo es verdaderamente libre aquel que decide guiado, no por sus gustos, caprichos e instintos, sino por el deber. Uno es libre cuando decide lo que debe. ¿Y qué se entiende por deber? Para nosotros, los cristianos, el deber que tenemos que elegir y hacer es el amor. El amor a uno mismo, el amor a los demás, el amor al mundo en el que vivimos, el amor a Dios. Por tanto, sólo es realmente libre la persona que ama. La libertad debe estar basada en el amor. Por eso, San Agustín decía: AMA Y HAZ LO QUE QUIERAS. Él estaba convencido de que una persona que ama, jamás decidirá con su libertad algo que dañe a los demás, a sí mismo y, por tanto, que ofenda a Dios.

Por último, hay que entender que nuestra libertad es una libertad limitada y está condicionada por muchas cosas, como la herencia, el carácter, el clima, las costumbres sociales, enfermedad, edad, etc. Pero aún así podemos sobreponernos a esas limitaciones y decidir por nosotros mismos, haciendo brillar nuestra libertad.

Busquemos, pues, la verdadera libertad, basada en el amor. Recordemos, además aquellas palabras de Jesús: «LA VERDAD LOS HARÁ LIBRES».

Sergio Solís V.

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