El amor duele


transfi.jpgEl desamor, la ausencia o la negación del amor, es la causa de los mayores sufrimientos humanos. Porque la alegría más grande que podemos experimentar los seres humanos en esta vida, es amar y ser amados. El desamor duele y abre heridas que, a veces, permanecen abiertas durante toda la vida. La biografía de Cesare Pavese, escritor italiano (1908-1950) es una amarga historia de desamor. Su padre murió de un tumor cerebral. Estando en su lecho de muerte suplicó a su esposa -mujer de carácter dominante y demasiado autoritaria- que le permitiera ver por última vez a una vecina que había sido su amante. Obviamente, la madre de Cesare se negó.

Cesare Pavese vivió una infancia desdichada bajo la influencia de su madre, a la que amaba y odiaba al mismo tiempo. Durante su adolescencia, Cesare experimentó varios pasiones amorosas que terminaron en fracaso. En una ocasión, cuando tenía quince años, esperó durante horas, bajo el frío y la lluvia, a una bailarina de teatro que, ignorando al joven enamorado, huyó de él, saliendo por la puerta de atrás. De este encuentro frustrado consiguió, para colmo de males, una bronquitis crónica. Años más tarde, a mediados de los años treinta se enamoró de «Ella», «La Señorita», «Tina». Pavese nunca se refirió a ella por su nombre completo. Se sabe que ella era estudiante de matemáticas y compañera del comunista Altiero Spinelli. Cesare se enamoró profundamente de esta mujer, hasta el grado de recibir en su casa las cartas que Altiero le mandaba desde la cárcel.

Durante un registro, la policía encontró en casa de Cesare estas cartas y por esta razón fue llevado a la cárcel y después al destierro, en el pueblito calabrés de Brancaleone. En el exilio, Pavese creía que Tina seguía siendo su amada, pero ignoraba que Tina y Altiero se habían convertido en amantes. Escribía cartas al amor de su vida, diciéndole que estaba en el exilio, con gusto, por su causa. Hacia finales de 1935 Cesare dejó de recibir noticias de Tina. El escritor sufrió horrores e impulsado por la necesidad de ver a su amada, solicitó una gracia, que le fue concedida en 1936. Cesare Pavese regresó muy feliz a Turín, en donde sus amigos le informaron que «Ella», Tina, se había casado con otro. Pavese se desplomó en plena calle. A partir de esta experiencia dolorosa, nació en su corazón un sentimiento de desprecio hacia las mujeres. Sin embargo siguió intentando intimar con varias mujeres, sin éxito alguno. A algunas de ellas les propuso matrimonio, pero todas se negaron. Hizo su última tentativa a la americana Constance Dowting quien también lo rechazó. El 27 de agosto de 1950, alquiló una habitación en el hotel Roma de Turín y se suicidó tomando una sobredosis de somníferos mezclados con veneno. Antes, escribió la siguiente nota: «Perdono a todos y a todos pido perdón. No chismorreen demasiado».

Hasta cierto punto uno entiende que la falta de amor desencadena el sufrimiento y la desdicha. Como el caso de Cesare Pavese existen millones en el mundo. Lo que ninguno puede entender es por qué el amor mismo supone y exige el dolor y el sacrificio. También el amor duele. Más aún, puede llegar a dolernos más que desamor. Amar, según Aristóteles, el sabio griego de la antigüedad, es querer el bien para alguien. Hay que agregar que ese alguien es una persona a quien se considera valiosa en sí misma y no por los sentimientos, emociones o deseos que despierta en uno. Cuando esto sucede, el amante está dispuesto a sacrificarse, a renunciar a sí mismo, incluso a dar la propia vida, con tal que la persona amada exista y sea feliz. Por tanto, no hay amor verdadero sin dolor, como no hay rosa sin espinas. Esta fue la gran enseñanza que Jesús nos ofreció con sus hechos, con su vida entera, pero sobre todo con su muerte en cruz. Tratando de explicar el significado de su sacrificio en el Calvario, Cristo resucitado dijo a los desalentados discípulos de Emaús: «¿No era necesario que el Mesías padeciera todo esto para entrar en su gloria?» (Lc 24.26). Y afirmó a sus apóstoles, cuando les anunció por primera su pasión, muerte y resurrección «que el Hijo del hombre tenía que sufrir mucho…» (Mc 8,31). Debemos de confesar que estas frases «era necesario» y «tenía que» son incomprensibles. No las entendemos, nos sacan de onda. ¿Por qué tenemos que sufrir? ¿Por qué era necesario dar la vida de esa manera? Si el amor es la mayor alegría de esta vida, ¿por qué exige sufrimiento?

La única respuesta a estas preguntas es el amor. Amor llevado hasta el extremo, o mejor, amor sin límites. Por eso, sólo un amor como el de Cristo crucificado puede darnos la verdadera alegría. En la misa del Segundo Domingo de Cuaresma (28 de febrero 2010) leemos el evangelio de la Transfiguración, en la versión de san Lucas (9,28-36): «En aquel tiempo, Jesús se hizo acompañar de Pedro, Santiago y Juan, y subió a un monte para hacer oración. Mientras oraba, su rostro cambio de aspecto y sus vestiduras se hicieron blancas y relampagueantes. De pronto aparecieron conversando con él dos personajes, rodeados de esplendor: eran Moisés y Elías. Y hablaban de la muerte que le esperaba en Jerusalén». Poco antes, Jesús había hablado a sus apóstoles sobre su muerte en cruz y ellos se llenaron de miedo y de tristeza. Para animarlos, en la montaña de la Transfiguración, les mostró la gloria que tendría después de resucitar. Pero antes, tendrá que pasar por la cruz. De eso habló, en aquella ocasión, con Moisés y Elías, que representan el Antiguo Testamento.

A los apóstoles costó mucho trabajo aceptar que, para quienes aman como Jesús, el triunfo y la gloria no se alcanzan sin haber recorrido antes el camino de la cruz. Pasa lo mismo a nosotros, los actuales discípulos de Cristo. Queremos un cristianismo fácil, un cristianismo sin problemas, cómodo. Como el deportista que quiere la medalla de oro, pero sin hacer ningún esfuerzo, sin entrenamiento, sin ninguna renuncia. Cargar la cruz de Cristo en la cultura actual que pregona el confort y el gozo individualista, parece una tarea imposible e inútil. La gente quiere vivir hoy sin frenos morales, y sin frenos de ninguna clase. Pero eso, según el apóstol Pablo es «vivir como enemigos de la cruz de Cristo» (Fil 3,18).

Jesucristo «se entregó por nosotros» (Ef 5,2), «Se entregó por mí» (Gál 2,20). De este modo, por este gran amor, venció la muerte y todos nuestros males. Si la humanidad recorriera este mismo camino de Cristo se acabarían esas amargas biografías, parecidas a las Cesare Pavese. En el Via crucis del 27 de marzo de 1964, el inolvidable Papa Pablo VI decía que Cristo crucificado llama al dolor a salir de su inutilidad desesperada y a convertirse, unido al suyo, en una fuente positiva de bien. Es verdad. No conseguiremos eliminar el dolor de nuestra vida. Por más que le cerremos el paso, siempre encontrará la manera de entrar en nuestro corazón. Pero unidos a Cristo, podemos aceptarlo y transformarlo. El evangelio de la Transfiguración nos indica dos caminos para permanecer unidos a Cristo: Orar y escuchar la Palabra hecha hombre.

P. Crispín Ojeda Márquez

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