“Déjala todavia este año”


pacient.jpgNos ha tocado vivir en una época impaciente. La cultura actual se caracteriza por la aceleración y el deseo de acercar el futuro. Por eso, buscamos resultados inmediatos y el éxito rápido y fácil. La prisa caracteriza nuestra actividad personal y social: comida rápida, fotografías al minuto, estudios de bachillerato en seis meses, información al instante por Internet, recuperación de la forma esbelta en un abrir y cerrar de ojos… Y la paciencia, que camina a paso de tortuga, es entre nosotros una virtud ignorada y también sometida de modo constante a la prueba. Todo lugar y todo momento inclinan a la impaciencia. Resulta un acto heroico mantener la paciencia después de dos horas haciendo fila para ser atendido en la ventanilla, encontrarse atrapado de pronto en un embotellamiento de tráfico, ver como un aprovechado te gana el único espacio de estacionamiento que estabas a punto de ocupar. En casa, la esposa está a punto de perder la paciencia y los estribos por los defectos de su incorregible marido y el marido, a su vez, por el modo de ser tan feo de su esposa. Se impacientan los papás por las imprudencias, terquedades y errores de sus hijos, y éstos pierden la paciencia ante sus papás cada vez más distantes y por su autoritarismo.

Perdemos la paciencia con los compañeros de trabajo, con los clientes, pero también con los amigos, con el novio o la novia, con los seres más queridos y, para colmo de males, con Dios mismo porque no atiende de manera inmediata aquello que le pedimos. Nos impacienta el clima, caluroso o frío. Una mosca o un zancudo son capaces de vencer nuestra paciencia.

Al comenzar su pontificado, el Papa Benedicto XVI dijo que «el mundo es redimido por la paciencia de Dios y destruido por la impaciencia de los hombres». Con estas palabras, además de señalar la impaciencia como una de las graves enfermedades que nos aquejan, el Papa nos llamaba a tomar la vida con paciencia, serenidad, sensatez y dominio de sí, porque como lo advierte- la impaciencia es destructiva. Por lo general, la impaciencia acaba con la armonía y la convivencia familiar, destruye amistades, noviazgos, matrimonios, grupos eclesiales y relaciones internacionales, incluso puede destruir a la persona misma. Debemos ser pacientes con nosotros mismos, si queremos progresar como personas y como discípulos de Cristo.

Todos corremos el riesgo de perder la paciencia en el momento menos pensado. Todos hemos sido impacientes muchas veces. El que se sienta libre de impaciencia que tire la primera piedra. Sin embargo, las caídas en la impaciencia no significan derrota. Siempre, desde que Dios amanece hasta la pérdida en el sueño nocturno, debemos luchar para conservar la paciencia. Como virtud que es, la paciencia tiene que ser cultivada. Hay quienes recurren a técnicas de autodominio para ejercitar y mantener esta virtud. La mayoría de mexicanos conocemos aquella que difundieron los medios de comunicación y consiste en contar hasta diez. Ha sido comprobado que muchas personas explotaron de impaciencia al llegar al número 200. Nadie consigue ser una persona paciente sólo ejercitando técnicas ni mucho menos tomando medicamentos. La paciencia se conquista ejercitando otras virtudes y valores afines como la perseverancia, la fortaleza, la humildad, la tolerancia, la responsabilidad, la generosidad, la esperanza… Si, por ejemplo, soy soberbio o no tolero que me contradigan, perderé fácilmente la paciencia.

Pero, sobre todas las virtudes y valores está el amor. Por eso, San Pablo escribió en su primera carta a los cristianos de Corinto: «El amor es paciente» (1Cor 13,4). Por tanto, la paciencia es uno de los rostros más hermosos del amor. Hasta ahora nos habíamos referido a la paciencia como una virtud humana, como una cualidad de nuestras fuerzas psicológicas. Sin embargo, para nosotros, los cristianos católicos, la paciencia es también una virtud sobrenatural, un don de Dios. En el Antiguo Testamento Dios se revelaba ya como un Dios paciente: «El Señor, el Señor, un Dios clemente y compasivo, paciente…» (Ex 43,6). Y el salmista proclama: «El Señor es clemente y compasivo, paciente y rico en amor» (Sal 145,8). Jesús de Nazaret nos ha mostrado, con sus palabras y hechos, la paciencia infinita de su Padre Dios. En la parábola que leemos en la misa del Tercer Domingo de Cuaresma, nos anuncia y ofrece la paciencia de Dios: «Un hombre tenía una higuera plantada en su viñedo; fue a buscar higos y no los encontró. Dijo entonces al viñador: ‘Mira, durante tres años seguidos he venido a buscar higos en esta higuera y no los he encontrado. Córtala. ¿Para qué ocupa la tierra inútilmente?’ El viñador le contestó: ‘Señor, déjala todavía este año; voy a aflojar la tierra alrededor y a echarle abono, para ver si da fruto. Si no, el año que viene la cortaré’ «(Lc 13,1-9).

El gran Paciente es Dios. Por consiguiente, la virtud cristiana de la paciencia nos hace semejantes a Dios paciente. Cada vez que con la ayuda del Espíritu Santo somos pacientes, nos elevamos hacia la estatura de Dios. No tiene sentido preguntarnos por los límites de la paciencia: ¿La paciencia tiene un límite? No lo tiene el amor. Tampoco lo tiene la paciencia.

Aunque paciencia viene de la palabra latina «patire», que significa padecer, no debemos confundirla con una actitud pasiva, como si ésta fuera resignación estéril. Tampoco es lo que llamamos «aguante», hacer concha. Por el contario, la paciencia es tremendamente creativa y constructiva. Como hemos dicho antes, la paciencia ayuda a conseguir otras virtudes y valores esenciales, hace madurar a las personas, construye relaciones armoniosas con los demás, ayuda a soportar y sobrellevar con serenidad los sufrimientos y desgracias de la vida. La paciencia lleva al éxito a los deportistas, trabajadores, estudiantes e investigadores científicos y a los cristianos que desean conseguir la santidad. Hoy, es muy difícil ser paciente, pero nosotros contamos con una ayuda superior para el dominio personal, que es la gracia, el amor de Dios Paciente. Pedir en la oración la virtud de la paciencia y ejercitarla cada día, podría ser una magnífica tarea para este tiempo de Cuaresma en marcha. Antes de poner punto final, les ofrezco la siguiente historia ilustrativa:

En una aldea de pescadores, una muchacha soltera dio un mal paso y tuvo un hijo y, tras ser vapuleada, al fin reveló quién era el papá de la criatura: el maestro Zen, que se hallaba meditando todo el día en el templo situado en las afueras del pueblo.

Un mes después del nacimiento del niño, los padres de la muchacha y un numeroso grupo de vecinos se dirigieron al templo, interrumpieron bruscamente la meditación del Maestro, censuraron su hipocresía, lo insultaron, y le dijeron que como él era el padre de la criatura, tenía que hacerse cargo de su mantenimiento y educación. El Maestro respondió únicamente: «Muy bien, muy bien…»

Cuando se marcharon, el Maestro recogió del suelo al niño y llegó a un acuerdo económico con una mujer de la aldea para que se ocupara de recién nacido, lo vistiera y lo alimentara.

La reputación del Maestro quedó por los suelos. Ya no se le acercaba nadie a recibir sus enseñanzas. Nadie creía en su mensaje, porque según la opinión popular enseñaba una cosa y hacía todo lo contrario.

Transcurrido un año, la muchacha que había tenido el niño ya no pudo aguantar más los remordimientos y acabó confesando que había mentido. El padre de la criatura era un joven que vivía en la casa de al lado.

Los papás de la muchacha y todos los habitantes de la aldea quedaron avergonzados. Entonces acudieron al Maestro, a pedirle perdón y a solicitar que les devolviera el niño. Así lo hizo el Maestro. Y todo lo que dijo fue: «Muy bien, muy bien…»

P. Crispín Ojeda Márquez

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