Lo mandó a sus campos a cuidar cerdos


padre_mise.jpgEl cerdo no forma parte de la fauna ni de la granja bíblica, puesto que el libro del Levítico lo coloca en la lista negra de los animales impuros (Lev 11,7). Respetuosos de la Ley de Moisés, los judíos no comían ni comen carne de puerco. Moisés Maimónides, filósofo judío del siglo XIII nacido en Córdoba, decía que Dios había prohibido la carne de cerdo como medida de salud pública. Escribió que esta carne «Tiene un efecto malo y perjudicial para el cuerpo», pero no explica el porqué. A mediados del siglo XIX se descubrió que la triquinosis era provocada por comer carne de cerdo mal cocida. En su obra, «vacas, cerdos, guerras y brujas», publicada en 1980, Marvin Harris, controvertido antropólogo estadounidense fallecido en 2001, explica que el Oriente Medio, demasiado árido, no es el lugar adecuado para criar puercos, ya que este animal sólo puede sobrevivir bajo la sombra y junto al agua.

Por lo visto, la mala fama del cerdo tiene una historia milenaria. En casi todas las culturas se le asocia con la suciedad, la gula, la pereza y en general, con toda bajeza moral. Entre los colimenses, después de la «viga», las palabras más ofensivas e hirientes tienen que ver con este inmundo y a la vez apreciado animal. Nadie soporta que le digan que es un puerco, cochino o marrano. Los puercos comen de todo, incluso seres humanos. Un día, San José María de Yermo y Parres sacerdote mexicano elevado a los altares el 21 de mayo de 2000, en la Basílica romana de San Pedro- se encontró con una escena terrible, mientras se dirigía a su templo del Calvario: unos puercos estaban devorando a dos niños recién nacidos. Impactado por esta tremenda escena se sintió llamado por Dios para consagrar toda su vida al servicio de los abandonados. Quién iba a imaginar que unos marranos ocasionarían la santidad de este ejemplar sacerdote.

No nos explicamos, entonces, cómo este animal prohibido e inmundo logró entrar en las páginas de la Biblia y formar parte de los relatos del Evangelio. Eran dos mil aquellos cerdos de Gerasa que por petición expresa del demonio fueron poseídos por una legión de espíritus inmundos y enseguida perecieron ahogados en el fondo del lago (Mc 5,1-20). Gerasa era territorio extranjero y esto explica la existencia de tanto marrano. Los cerdos reaparecen nada menos que en la parábola del Padre Misericordioso y sus dos hijos, el relato más hermoso de todos los que Jesús pronunció. También en esta ocasión, los puercos actúan en el extranjero, en un «país lejano», lejos de la casa paterna. Allá, el hijo menor vivió de manera disoluta. Y «Después de malgastarlo todo, sobrevino en aquella región una gran hambre y él empezó a padecer necesidad. Entonces fue a pedirle trabajo a un habitante de aquel país, el cual lo mandó a sus campos a cuidar cerdos. Tenía ganas de hartarse con las bellotas que comían los cerdos, pero no lo dejaban que se las comiera».

Si recordamos que, para los judíos, los cerdos simbolizan la impureza, entenderemos mejor este lamentable cuadro. Para el hijo menor, cuidar puercos fue una inmensa y vergonzosa humillación. Después de haber estado en las alturas, cayó hasta lo más bajo. Tarde o temprano uno descubre que la verdadera felicidad no se encuentra en la vida egoísta y de pecado. Se busca la felicidad en el alcohol y la dicha anhelada termina en cirrosis hepática. Se busca la felicidad en el dinero que supuestamente todo lo puede, pero una crisis económica, un incendio, un terremoto o la muerte que llega, reducen a polvo los bienes acumulados. Se busca la felicidad en el placer sin control alguno y los gozos sensuales terminan en aburrimiento y soledad. El mal, que comienza alentando nuestro orgullo y soberbia, termina causándonos la peor humillación. Los puercos de nuestra inolvidable parábola la estaban pasando mejor que el muchacho. Esos marranos comían en abundancia, dormían a sus anchas y se daban el lujo de ser servidos, atendidos y cuidados por un joven de buena familia, pero caído en la desgracia a causa de su libertinaje. ¿Puede haber una humillación mayor?

Invito a los lectores de El Mensajero a fijar su atención en el hambre del hijo menor y la saciedad de los puercos. Dice Jesús que era tal el hambre que experimentaba el joven que «Tenía ganas de hartarse con las bellotas que comían los cerdos». Era una comida sucia, repugnante e insípida. Pero el hambre es canija, el hambre duele. Ya no le importaba la clase de comida que fuera. Ya no le importaba saborear y paladear algún alimento, sino llenar su estómago vacío. Esa comida de cerdos llenaría su vientre. Pero, ¿qué comida podría llenar su corazón, su espíritu? Aquella comida que había en los chiqueros era para puercos, pero no para un hijo muy amado por su padre. Jesús agrega una nota que oscurece todavía más el cuadro: «Pero no lo dejaban que se las comiera». Estamos seguros que los puercos si hubieran compartido su comida con el joven hambriento. Porque, al fin y al cabo, el puerco es un animal noble que se da por completo, y por eso es el animal más útil. Del puerco aprovechamos todo: patas, orejas, cola, los órganos internos, la grasa, la piel. No queda nada del pobre marrano. Por consiguiente, fueron los seres humanos, comenzando por el dueño de los chiqueros, quienes impedían que el joven dispusiera siquiera de un puñado de algarrobas o bellotas. ¿En dónde estaban los amigos de parranda que se aprovecharon estupendamente de sus bienes? En su miseria, el joven fue abandonado por todos.

Fue entonces cuando pensó en la casa de su padre, en la comida abundante y deliciosa que allí se disfruta. Bien dicen que el que hambre tiene en tortillas piensa. En la casa de su padre vivía con comodidad, gozaba de seguridad y de la buena vida. Él creyó que lejos de su padre y de su casa sería todavía más feliz. ¡Qué equivocado estaba!

Dijeron los papás a una hija caída en desgracia: «Hija, te lo habíamos advertido varias veces. Tratamos de convencerte de que no casaras con ese hombre vicioso y desobligado. En esta casa tenías lo necesario. Tenías ya una profesión y un buen trabajo. Con nosotros vivías feliz, en paz. Pero no quisiste entender, y ahora todo lo has perdido… Sin embargo, nos tienes a nosotros y esta siempre será tu casa». Dicen algunos comentaristas de la Biblia que el hijo menor regresó a la casa paterna, no porque estaba arrepentido sino porque tenía hambre. Esos comentaristas son más duros que el hijo mayor. En realidad, Dios se vale de muchos medios, aún de los más trágicos y dolorosos, para que iniciemos el regreso hacia Él. En este artículo he intentado contrastar la oscura escena del triste final del hijo menor para que resalte esplendorosamente el amor misericordioso del Padre.

Sabemos, por el mismo relato de Jesús, que el Padre esperaba todos los días el regreso del hijo rebelde y libertino. Da la impresión de que por telepatía hizo llegar hasta la mente de su hijo hambriento la idea del retorno. Hijo, ven, regresa. Los cristianos católicos sabemos que esa telepatía es la acción del Espíritu Santo, quien en la hora de la humillación y de la miseria causada por el pecado, nos hace sentir el amor del Padre y nos invita a volver a la casa. El Espíritu Santo nos ayuda a realizar esos dos primeros movimientos que nos conducen a los brazos del Padre: levantarse e ir. «Me levantaré, volveré a mi padre y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti…»

P. Crispín Ojeda Márquez

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  1. #1 by J.JESUS OJEDA MARQUEZ on marzo 15, 2010 - 10:20 am

    Muy buena reflexión, ojalá y todos los padres e hijos actuaramos de esta manera, los padres sabiendo guiar y perdonar los errores de los hijos y los hijos reconocer el sacrificio y el amor de un padre.
    FELICIDADES CRISPIN, que Dios te siga iluminando para que puedas seguir mandandonos estos mensajes de reflexión y conversión.

  2. #2 by Luis Cruz on marzo 17, 2010 - 8:03 am

    Me parece interesante lo que escribe, primer artículo que leo y me gustó, seguiré leyendo los próximos boletines.

    Gracias padre Crispín y felicidades

(No será publicado)