Ética y poder


compra.jpgNo es extraño que una gran diversidad de conductas de funcionarios públicos se sitúen por debajo de la ética, es decir al margen de lo que debe ser una conducta intachable en el ejercicio de responsabilidades gubernamentales. Hay quienes anhelan un cargo público porque piensan que les redituará mucho sin saber que los tiempos han cambiado y que, poco a poco, se va imponiendo una cultura de trabajo, de transparencia y rendición de cuentas.

Una sociedad bien ordenada, fecunda y sabia requiere gobernantes investidos de legítima autoridad, que defiendan las instituciones y consagren, en la medida suficiente, su actividad y sus desvelos al provecho abundante del país. Es decir, personas capacitadas, prestigiadas y reconocidas que proyecten confianza entre los gobernados. El voto de los ciudadanos tiene el propósito de tener en los gobiernos a personas rectas, capaces y sencillas que obedezcan los dictados de la sociedad.

En consecuencia, no abonen al bien general aquellos funcionarios que, en el ejercicio de los cargos hacen como que se interesan por la comunidad cuando, en realidad, se interesan más por sí mismos. Hacen mucho mal, en consecuencia, los depredadores que circunstancialmente y aprovechando la benignidad de muchos se instalan en las sedes del poder para satisfacer sus ambiciones personales. Los fraudes y los subterfugios mediante los cuales escapan algunos a la obligación de la ley y a las prescripciones del deber social, deben ser penados por ser incompatibles con las exigencias de la justicia.

La política requiere hombres y mujeres formados en la doctrina de la Iglesia para que sepan cómo conducirse y entreguen buenas cuentas a la gente. Si las personas que ansían el poder se preparan en la fe católica y la practican, habrán de conducirse rectamente. Urge la instauración de una ética pública en el país que proteja los intereses de toso y que los hombres del poder pregonen con el ejemplo de sus actos buenos. La sociedad debe insistir en que haya contrapesos para llegar al punto de que el poder esto es una utopía por ahora- se controle a sí mismo.

Es muy sabido el dicho de servidores públicos acerca de que «tienen la conciencia tranquila, por lo que no tienen de qué avergonzarse». Así dicen casi todos los que son investigados y después sometidos a averiguaciones más profundas que desembocan con su encarcelamiento. Es común que se peque donde está el arca abierta.

Urge una cultura de transparencia y honestidad en todos los ámbitos de la vida social, edificar desde nuestras familias a personas rectas, educar para el bien e infundirles a nuestros hijos el amor por sus semejantes, la honestidad, la generosidad, el respeto y demás valores que los conviertan en buenos padres, en personas responsables y útiles.

Nuestro país padece la mala conducta de malos y malas mexicanos que no cumplimos satisfactoriamente nuestras obligaciones, que no hacemos los esfuerzos necesarios para que, sumados a los de los demás, construyamos una sociedad más unida, equilibrada y fuerte.

Todos los ciudadanos debemos estar atentos a la evolución de los asuntos públicos, al cumplimiento de las obligaciones de quienes gobiernan, pero a la vez debemos estar dispuestos a ejercer la crítica, la voluntad y la cooperación. Hemos de trabajar a conciencia con ánimos renovados para que la presente generación y las que le sucedan encuentren referentes válidos que apunten hacia la consolidación de una actitud distinta a la que nos ha distinguido, hacia una revolución espiritual donde cada ser humano se vea y se sienta hermano del otro.

Carlos Orozco Galeana

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