Pero sigue siendo el Rey


jesus0056.jpgJesús entró a Jerusalén, la Ciudad Santa, rodeado de una multitud que lo aclamaba con palmas y ramos en las manos. Muchos pensaron que ese día comenzaría el nuevo reino de Israel, que Jesús destruiría al imperio romano y se convertiría en Rey de reyes. Suponían que comenzaría por expulsar a Pilato y ocupar su palacio. Pero Jesús no cabalgó por las calles de la Ciudad de David hacia el palacio de Pilato ni hacia el palacio de Herodes, sino hacia el Calvario. Con su entrada a Jerusalén, Jesús comenzó el camino de la cruz. «Llegó con tres heridas: la del amor, la de la de muerte, la de la vida», gime el poeta español Miguel Hernández desde la cárcel, poco antes de morir. Así llegó Jesús a Jerusalén aquel día, con la herida del amor más fuerte que la muerte. El poeta de Orihuela murió de tuberculosis en la cárcel de Alicante, a las 5:30 de la madrugada del día 28 de marzo de 1942, víspera del Domingo de Ramos. Providencial coincidencia.

Jesús, que nunca aceptó los aplausos ni se dejó seducir por la fama y el poder, en su última entrada a Jerusalén no sólo aprobó las palmas y las aclamaciones del pueblo, sino que él mismo organizó los preparativos del ingreso triunfal. Ordenó a dos de sus discípulos: «Vayan al caserío que está frente a ustedes. Al entrar, encontrarán atado un burrito que nadie ha montado todavía. Desátenlo y tráiganlo aquí…» (Lc 19,30) ¿Esto significa que Jesús había caído lamentablemente en la tentación del poder y de la vanagloria? De ninguna manera. En su entrada a Jerusalén, Jesús acepta que la multitud lo proclame rey, porque sabe que en los siguientes días, en esa ciudad, será condenado a morir en la cruz. Y entre todas las profecías del Antiguo Testamento que hablaban del Mesías, escogió la de Zacarías porque le pareció más adecuada a su mesianismo que termina en la crucifixión: «Salta de alegría, Sión -había escrito el profeta 520 años antes-, lanza gritos de júbilo, Jerusalén, porque se acerca tu rey, justo y victorioso, humilde y montado en un burro, en un joven borriquillo» (Zac 9,9).

Nadie marcha alegre, como triunfador, hacia el quirófano ni al encuentro con la muerte. John Donne, el genial poeta inglés de los siglos XVI y XVII, decía que nadie duerme en la carreta que lo conduce al patíbulo y que, sin embargo, todos dormimos de la cuna a la sepultura o no estamos del todo despiertos. ¿Qué iba a hacer Jesús ante la sentencia de muerte que dictaron en su contra las autoridades judías y romanas? ¿Desdecirse, huir a un país lejano y así traicionar a su Padre? Iría hasta el final. Nada ni nadie podría detener la obra que el Padre había puesto en sus manos. Aceptará la muerte por la causa del reino de Dios. Abrazará por amor la cruz. Resuelto a encarar este destino trágico inició desde Galilea su marcha hacia Jerusalén, con paso firme y confiado en su Padre. Varias veces, durante el largo camino, anunció a los apóstoles su trágico final y también su resurrección, convencido de que Dios no abandona al justo en la persecución y en la muerte. Por eso podía dormir en la carreta que lo conducía al patíbulo y subir alegre y victorioso a la Ciudad de David que sería su cadalso.

El domingo de Ramos anuncia que Jesús no marcha hacia el fracaso, sino al éxito. No lo entendieron así los discípulos de aquel tiempo ni lo entendemos los discípulos de ahora. La palabra éxito viene del latín «exitus» que significa salida y también fin o término. Los ingleses adoptaron el término como «exit». El diccionario de la lengua española entiende por éxito la salida o fin de alguna obra con buenos resultados. Por consiguiente, tener éxito es sinónimo de triunfo. ¿Cómo entender, entonces, la muerte violenta de Cristo en la cruz como un triunfo? A menudo el éxito humano se consigue pisoteando a los demás. Con frecuencia, el éxito humano despierta envidias y fomenta la vanidad y el orgullo. El éxito humano sube los humos, pero dura muy poco. El éxito humano consiste en subir, pero para Cristo el verdadero éxito consiste en bajar para poder amar y servir. «Cristo Jesús dice la Carta a los Efesios- a pesar de su condición divina, no hizo alarde de ser igual a Dios; al contrario, se despojó de su grandeza, tomó la condición de esclavo y se hizo semejante a los hombres. Y en su condición de hombre, se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo exaltó y le dio un nombre por encima de todo nombre, para que ante el nombre de Jesús se doble toda rodilla en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua proclame que Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre» (Ef 2,5-11). Jesús subió porque bajó. Fue exaltado, glorificado, porque sirvió y amó hasta el extremo.

Quien ha convertido el éxito humano en el centro de su vida no soporta el mínimo fracaso. Pero el fracaso es inevitable porque somos seres humanos limitados y porque existe el mal. Sin embargo, se puede sacar provecho de él. El fracaso nos baja los humos, nos enseña a ser humildes, nos purifica y nos hace merecedores de un éxito más auténtico. Finalmente, en el fracaso revela quiénes somos en verdad. Mark Rowlands, profesor de Filosofía, en su libro «El filósofo y el lobo» publicada en español el año pasado, escribe: «Lo más importante en tu vida es la persona que eres cuando tu suerte se acaba». En la cruz, Jesús revelará plenamente quién es Él. Despojado de todo y abandonado de todos, mostrará su amor extremo. Por eso, para el evangelista san Juan Jesús comenzó a ser glorificado cuando fue levantado en la cruz. Desde entonces, Jesús sigue siendo el Rey.

P. Crispín Ojeda Márquez

, , , , , , , ,

  1. No hay Comentarios
(No será publicado)