¿Me amas?


jesus0032.jpgJesús resucitado nos acompaña en el camino de la vida. Él es nuestro buen compañero de viaje. La palabra compañero viene del latín popular «cum» (con) y «Panis» (pan). Por tanto, compañero es aquel con quien se comparte el pan. En el evangelio del Tercer Domingo de Pascua (Jn 21,1-19) contemplamos a Jesús resucitado preparando el almuerzo para sus apóstoles que se habían pasado la noche entera pescando sin éxito alguno: «Tan pronto como saltaron a tierra vieron unas brasas y sobre ellas un pescado y pan…Luego les dijo Jesús: Vengan a almorzar… Jesús se acercó, tomó el pan y se lo dio y también el pescado». Cada domingo, en la misa, Jesús repite para nosotros esta acción. Él prepara la mesa y Él mismo se convierte en nuestra comida y bebida. De este modo alimenta y fortalece nuestra fe.

Antes de cocinar, Jesús había ayudado a los suyos, desalentados por el fracaso, a conseguir una pesca milagrosa: «Estaba amaneciendo, cuando Jesús se apareció en la orilla, pero los discípulos no lo recocieron. Jesús les dijo: Muchachos, ¿han pescado algo? Ellos contestaron: No. Entonces él les dijo: Echen la red a la derecha de la barca y encontrarán peces. Así lo hicieron, y luego ya no podían jalar la red por tantos pescados». Jesús resucitado acompaña a sus discípulos en los tramos difíciles, oscuros y dolorosos del camino. Él sabe que en el mundo hay tristezas profundas, enfermedades incurables de personas muy queridas, cáncer y derrames cerebrales que desembocan en la muerte y llenan de luto los hogares. Hay traiciones e infidelidades conyugales. Hay juramentos de matrimonio que se violan, promesas de fidelidad que se olvidan y situaciones de angustia económica por el desempleo o la quiebra del negocio.

En el camino de la vida hay niños que sufren, hay accidentes de trabajo que destrozan familias. Salieron alegres los papás y tres hijos, y en la carretera, en un choque fatal, murieron dos y sobrevivieron tres, pero uno de ellos se debate entre la vida y la muerte… En nada ni en nadie parece encontrar consuelo aquel que ha sido golpeado por estas tragedias que desgarran el alma. Jesús resucitado es el compañero de camino que ayuda y consuela. Mediante su Palabra y la Eucaristía cierra las heridas y nos abre a la esperanza. Ernesto Sabato, extraordinario hombre de ciencia y de las letras, argentino, se vio hundido en un túnel negro y sin salida cuando murió su hijo mayor: «Desde que Jorge Federico ha muerto escribe en «Antes del fin», uno de sus últimos libros- todo se ha derrumbado, y pasados varios días. No logro sobreponerme a esta opresión que me ahoga. Como perdido en un selva oscura y solitaria, busco en vano superar la invencible tristeza…Me veo rodeado por la oscuridad que acaba por agravar las dudas, los desalientos, el descreimiento en un Dios que justifique tanto dolor…». Al final de este breve capítulo, agregó esta nota interesante: «Elvirita (Elvirita González Fraga, gran amiga de él y de su esposa Matilde) me habla de Cristo. Me dejo alentar por su sentido religioso de la vida y del dolor». Elvirita le habló de Cristo. Así fue como Jesús resucitado amaneció en la noche negra de este magnífico escritor.

Después del almuerzo Jesús sometió a Pedro a un tremendo interrogatorio. Tres veces le preguntó si lo amaba. «Simón, Hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?». Santo Tomás de Aquino, filósofo y teólogo del siglo XIII, hablaba de dos clases de amor: el amor de concupiscencia y el amor de amistad. El primero dice- es cuando uno ama algo (aliquid), es decir, cuando una persona ama una cosa, algún bien material o espiritual, pero también a una persona a la que manipula y se usa como cosa. El amor de amistad, en cambio, es cuando se alguien ama a alguien (aliquem), es decir, cuando una persona ama a otra persona. La fe cristiana es, ante todo, una relación de profunda amistad con Cristo. Las preguntas que Jesús hizo a Pedro en aquella ocasión, son también para nosotros, los cristianos católicos actuales: «¿Me amas? ¿Me quieres?»

¿Por qué tenemos que amar a Jesucristo? Por que él mismo nos lo pide. Porque él nos ha amado primero. Porque Él es digno de amor. Porque quien lo ama es amado por el Padre. Porque quien lo ama lo conoce. Porque sólo amándolo se puede entender su Palabra y cumplir sus mandamientos. Los pensadores cristianos antiguos enseñaron que querer a una persona (papás, hijos, amigos, etc.) significa buscar el bien del amado, desearle y procurarle cosas buenas. Pero, en el caso de Jesús Resucitado, ¿qué podemos desearle y darle que no tenga ya? El gran bien que podemos hacer a Jesús, amándolo, es cumplir la voluntad del Padre, vivir el evangelio. Nuestra amistad con Cristo necesita cultivarse. ¿De qué manera? De la manera como cultivamos la amistad con las demás personas. Primero, conocemos a la persona; después la tratamos con frecuencia y finalmente, mostramos el afecto que le tenemos con hechos concretos. A Jesús lo conocemos, leyendo y meditando el evangelio; lo tratamos frecuentemente, haciendo oración y participando en la Eucaristía y le mostramos nuestra amistad con nuestros actos de amor y de servicio a los demás. Conocer, tratar y servir. Tres pasos que nos introducen en el corazón de Cristo.

P. Crispín Ojeda Márquez

, , , , , ,

  1. No hay Comentarios
(No será publicado)