Mi paz les doy


manos0034.jpgActualmente, la paloma de la paz, si no está muerta, se encuentra herida de gravedad en el mundo y en el interior de las personas. No tenemos paz interior ni exterior. Es muy difícil vivir sin paz exterior afirma Raimon Panikkar, el filósofo catalán de 92 años- pero es imposible vivir sin paz interior. Si una paz interior no lleva a la paz exterior, no es ni siquiera paz interior. Pero una paz exterior, acompañada de un interior confuso, lleno de resentimientos, intolerancia, frialdad, odio, venganza y ansiedad, no sirve para nada.

Había un abad en el desierto que tenía un discípulo y varias ermitas. Llegó un monje nuevo y el abad le prestó una ermita. Este nuevo monje era un santo y recibía muchas visitas. Le entró la envidia al abad y mandó a su discípulo para decirle al monje santo y popular que abandonara la ermita. Pero el discípulo fue y le preguntó de parte del abad cómo se encontraba. Le contestó que le dolía el estómago y que agradeciera al abad su interés por él. Volvió el discípulo y le dijo al abad que el monje nuevo le pedía que le dejara dos días más y se iría. Pero no se fue. El abad volvió a enviar a su discípulo para que el monje se fuera inmediatamente. Y si no, iría él con un garrote y lo echaría a palos. Pero el discípulo fue y le preguntó, de parte del abad, si se encontraba mejor de salud. Éste le dijo que diera muchas gracias al abad por su delicadeza y por las oraciones que rezaba por él. El discípulo volvió a su superior y le dijo que el monje le pedía permanecer en la ermita hasta el domingo.

Llegó el domingo y entonces el abad, furioso porque el monje no se iba, tomó un garrote y se dirigió hacia la ermita. El discípulo le dijo: -Déjame ir por delante para que despida a sus visitantes y no se escandalicen. Se adelantó y dijo al monje santo: -Mi abad viene a visitarte. Sal a su encuentro para que le agradezcas el haberte dejado habitar en la ermita. Salió el monje y se tiró a los pies del abad y se los besaba agradecido, pues había sido generoso y había rezado por él. Esto desarmó al abad, lo invitó a comer y le regaló la ermita que le había prestado. Cuando el monje se fue a la que ya era su ermita, el abad preguntó a su discípulo: -Dime la verdad. ¿Le dabas mis recados al monje? Perdóneme, usted, contestó el discípulo, pero no se los daba. Pues ahora dijo el superior-yo seré tu discípulo y tú serás mi abad, ya que estás mucho más cerca de Dios que yo.

El abad reconoció que la envidia que llevaba en su corazón lo condujo al desprecio y a la violencia y comprendió que su discípulo era un hombre pacífico, de paz interior, y por eso mismo sembraba la paz y la reconciliación entre las personas con las cuales se relacionaba.

En el evangelio de la misa del domingo sexto de Pascua, Cristo, nuestro Pastor Resucitado, dice: «La paz les dejo, mi paz les doy. No se la doy como la da el mundo. No pierdan la paz ni se acobarden» (Jn 14,23-29). Es importante que, en la primera frase del Señor, subrayemos dos palabras: «Mi» (paz) y (les) «doy». La primera palabra nos enseña que la paz que Jesús ofrece es su paz. Por consiguiente, se trata de la paz de Dios. La segunda palabra anuncia que la paz es un don, un regalo que se recibe. La paz verdadera no es fruto de la voluntad, del querer humano, sino un fruto del Espíritu Santo. Por eso, buscar la paz es una contradicción. Muchas guerras se han realizado a lo largo de la historia con el fin de establecer la paz o con el propósito de imponerla. «La paz les doy», dice Cristo. A nosotros corresponde recibir este regalo y enseguida, regalarlo a los demás.

Dios ha prometido la paz a los hombres amados por el Él, ya desde esta tierra. Así lo anunciaron los ángeles a los pastores de Belén, el día en que nació la Navidad. Dios no nos promete hacernos felices plenamente en esta tierra. En este mundo probamos la dicha sólo en pequeños sorbos. En Lourdes, dijo la Virgen a Bernardette: «No prometo hacerte feliz mientras vivas». En este mundo nada es eterno y por eso, todo se acaba. Sólo en Dios viviremos para siempre. Sin embargo, Dios nos ha dado su paz en la tierra. Una paz que es efecto de la gracia. Por eso, la gracia de Dios en nosotros, la fe y la esperanza dan como resultado la paz. Y esta paz lleva al equilibrio emocional, a la salud mental. Muchas cosas hay en el mundo que perturban y estremecen a hombres y mujeres, pero los discípulos de Cristo llevan dentro el don de la paz. Cuando el mar es azotado por un huracán se alborota la superficie. Hay olas alas y fuertes remolinos. Pero en el fondo del mar reina la paz y la tranquilidad. Así es el cristiano azotado por las tribulaciones de esta vida.

Contamos, en esta vida, con la paz de Cristo, y nada ni nadie podrá arrebatarnos esta paz. Ni siquiera Dios mismo nos pedirá renunciar a su paz. En esta vida perdemos muchas cosas: cosas, dinero, éxito, trabajo, seres queridos, memoria, vista, propiedades, amistades, salud, vida, etc., pero jamás perderemos la paz de Cristo. En medio de tantas pérdidas, conservaremos la paz, y la paz será nuestra fortaleza. ¿Qué sentido tiene la vida cuando se goza de todo menos de la paz?

Los grandes enemigos de la paz interior que viene de Dios, en la sociedad actual, son la superficialidad y la aceleración (la prisa). Vivimos por encimita, sin pensar a fondo, creyendo que la ciencia y la técnica tienen la explicación completa de los misterios de la vida. La ciencia y la técnica modernas han conseguido acelerar todo: las máquinas, los transportes, la vida humana. Todo mundo anda a la carrera, con estrés, con ansiedad. No hay tiempo para meditar, para contemplar, para orar, para la familia. La aceleración ha roto los ritmos de la naturaleza. Por ejemplo, se sacan dos cosechas al año y no se permite dormir a los pollos de granja, para que puedan dedicarse a comer y así conseguir su rápido crecimiento. La información también ha sido víctima de la aceleración en el actual mundo global. Nos llenamos de angustia por no poder leer cinco millones de libros y por no poder navegar en ese inmenso mar informativo que se llama Internet. Jesús tiene razón cuando dice que su paz no es la paz que da el mundo. Como la paz de Cristo es un don, un regalo, necesitamos pedirla constantemente en la oración.

P. Crispín Ojeda Márquez

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