Subió al cielo


ascen.jpgEntre las palabras más desgastadas, por su uso frecuente en todos los idiomas de la tierra, se encuentra el término «cielo». Según el famoso teólogo suizo Hans Küng se trata de la palabra más ensuciada, profanada y desgarrada. Es palabra azul que sirvió durante tantos siglos para indicar nuestra felicidad eterna, ahora se ha reducido a los espacios inmensos que acercan un poco a nuestra visión los telescopios y satélites. En el lenguaje ordinario, la palabra cielo sólo significa sorpresa: ¡Santo cielo!, y en las canciones de amor, con frecuencia expresa romanticismos baratos: «Ese lunar que tienes, cielito lindo, junto a la boca, no se lo des a nadie, cielito lindo, que a mí me toca». Los creyentes cristianos hemos dado rienda suelta a la imaginación, a la fantasía, para hablar del cielo de Dios.

La fiesta de la Ascensión del Señor, que celebramos el domingo 16 de mayo del presente, nos brinda la oportunidad de pensar en esa palabra celestial que forma parte del Credo. El evangelio de la misa dice que Jesús «Se fue apartando de ellos (de sus discípulos) y elevándose al cielo». Con la palabra «apartar», el evangelista san Lucas quiere dar a entender que a partir de la resurrección, Jesús se «separó» de los suyos. Ya no estará presente físicamente, como antes, pero estará presente de modo invisible, a través del Espíritu Santo. El evangelista agrega enseguida un dato más: que Jesús se elevó, subió, al cielo. Así lo afirmamos en el Credo: «Subió a los cielos y está sentado a la derecha del Padre». ¿Qué es ese cielo? Puesto que los evangelistas dicen que Jesús subió, ¿esto significa que el cielo de nuestra fe cristiana se encuentra arriba? ¿Arriba de dónde?

El cielo de nuestra fe cristiana no es un lugar físico. Por consiguiente, no es el cielo de los astronautas, naves espaciales, telescopios y satélites. Tampoco se puede localizar más allá del universo material. Y como no es un lugar material no se puede buscar arriba ni abajo, ni a los lados. En sus años de estudiante en el Seminario, el Padre Gerardo contaba, al respecto, un chiste muy gracioso. Lo transcribo aquí con todo el respeto que nos merecen las cosas santas. En el cielo, Dios Padre sostenía una importante conversación con san Pedro, el portero celestial, pero un grupo numeroso de angelitos -de esos que solo tienen cabecita y vemos en las esculturas o pinturas de la Virgen o de Cristo- no paraban de jugar y de armar alboroto. Dios Padre los invitó al orden: «¡Niños, pónganse en paz, que estamos tratando un asunto importante!». Como los angelitos-cabecita continuaron armando bulla, Dios Padre, les ordenó con fuerte voz: «¡Niños, siéntense, por favor!». Y los angelitos-cabeza contestaron: «¿Y con qué nos sentamos?».

En efecto, como sólo tenían cabecita, esos angelitos no podían sentarse. La verdad es que, tratándose del cielo, nadie puede hablar se sentarse, acostarse o permanecer de pie. Porque el cielo no es un lugar, sino un modo de ser y de existir. El cielo es Dios, y en Dios no hay espacio, ni tiempo, ni desgaste alguno, ni sufrimiento, ni muerte. Ahora entendemos mejor lo que significa que Jesús se elevó al cielo. Es una forma de decir que Jesús resucitado participa plenamente de la región de Dios, de su poder y señorío. Jesús regresa a la casa del Padre de donde había venido para hacerse hombre. Pero no regresa igual. Vino como Dios y regresa como Dios hecho hombre, con un cuerpo glorificado, transformado, por la resurrección.

Como nosotros sólo tenemos experiencia y conocimiento de este mundo en el que ahora vivimos, no podemos ni siquiera imaginar cómo es la vida en el cielo de Dios. Jesús no explicó esto en su predicación y cuando tenía que tocar este asunto, lo hizo usando imágenes y comparaciones tomadas de la realidad de este mundo, que no debemos entender al pie de la letra. Sin embargo, Jesús nos enseñó lo más importante o esencial sobre la vida en el cielo. Allá serán como ángeles del Señor, dijo Jesús en una ocasión. Cuando resuciten de entre los muertos ni ellos ni ellas se casarán (leer Mc 12,18-27). Con estas palabras, Jesús enseña que la otra vida, en el cielo, es completamente distinta a la vida en la tierra. La vida en el cielo no es la continuación de la vida terrestre. Por eso, ya no se necesitará el matrimonio. Todo será felicidad y felicidad completa. ¿Pero en qué consistirá esa felicidad completa? ¿En el cielo habrá queso, enchiladas, albercas…?, se preguntan con razón quienes disfrutan aquí de esas cosas?

Ciertamente será una dicha, en cierto modo a nuestra medida, a nuestra manera de ser como personas humanas. En otras palabras, vamos a disfrutar esa felicidad completa como humanos ya resucitados. Por esta razón no es nada descabellada la resurrección de los cuerpos.

El Nuevo Testamento nos dice que en el cielo todo será descanso. «Dichosos, desde ahora los que mueran en el Señor. El Espíritu dice: podrán descansar de sus trabajos» (Apoc 14, 13). Después de tantas fatigas, sufrimientos y pruebas de la vida en este mundo, por fin descansaremos. Pero, este descanso eterno no debe ser entendido como no hacer nada. Si usted pasa un mes de flojo, sin hacer absolutamente nada, acabará siendo víctima de un terrible aburrimiento. En el cielo disfrutaremos de un descanso activo, de la alegría plena de Dios. Ya desde este mundo podemos constatar, si lo queremos, que Dios nunca cansa ni aburre.

Hemos dicho que la felicidad del cielo será una dicha, en parte a nuestra medida humana. Y en esta tierra, todos sabemos por experiencia que la felicidad brota de la relación de amor con los demás. Son felices en este mundo, los esposos que, a pesar de los problemas y dificultades, se quieren y permanecen unidos. Los hijos son felices y se sienten a gusto en un hogar donde hay amor y armonía. Uno es feliz en esta tierra si cuenta con amigos. Por tanto, en el cielo seremos felices porque viviremos en comunión perfecta de amor con Dios y con nuestros seres queridos y con los demás bieaventurados. Flavio Magno Aurelio Cassiodoro, pensador cristiano que nació alrededor del año 485 d.C, en su libro sobre el alma humana, describe estupendamente el cielo de nuestra fe cristiana. Dice que el cielo será: «Ciudad celeste, residencia segura, patria de toda consolación; pueblo sin murmuraciones, ciudadanos tranquilos…Todo allí es dulzura, suavidad, tranquilidad». Me encanta eso de que el cielo será un «pueblo sin murmuraciones». Eso quiere decir que en el cielo no habrá chismes, ni críticas destructivas, ni argüendes, ni difamaciones, ni ese afán de echar tierra al otro. Verdaderamente será el cielo.

Podremos llegar a este cielo de Dios, gracias a Cristo, que lo ha abierto para todos. Él ha ido a prepararnos un lugar. Porque quiere que donde Él esté estemos también nosotros. Palabra del Señor. Ya sabemos cuál es el camino para llegar a ese cielo de nuestra fe cristiana.

P. Crispín Ojeda Márquez

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  1. #1 by Tere on mayo 25, 2010 - 5:15 pm

    Gracias por sus artículos, todos son muy buenos, cada semana los espero.

    Dios los bendiga

(No será publicado)