La paz esté con Ustedes


jesus0093.jpgTodos los seres humanos hemos experimentado continuamente el miedo. Aquel o aquella que nunca ha tenido miedo que arroje la primera piedra. La vida de cada persona es un entretejido de miedos. Miedo a la oscuridad, a caer, al chamuco, a crecer, al fracaso, al éxito, al maestro, al papá. Miedo a perder el trabajo, miedo a realizarlo. Miedo a perder el matrimonio, al amor, a la soledad, a dar testimonio de la fe, a la enfermedad, a la muerte, a Dios mismo, cuando se tiene una imagen deformada de Él…

El miedo es una emoción natural desagradable que, como las monedas, tiene dos caras: una buena y otra mala. Primero, la buena. Debido a que la emoción de miedo surge ante una amenaza, ante un peligro real o imaginario, éste funciona casi siempre como mecanismo de defensa y de supervivencia. En otras palabras, el miedo nos libra del peligro y nos salva la vida. Con razón dice el refrán: «Vale más que digan aquí corrió que aquí quedó». Y es que el miedo no anda en burro. ¿Y la cara negativa? Es la cara enfermiza o patológica del miedo. En este caso, el miedo paraliza, esclaviza, bloquea la mente y la libertad y de este modo impide el desarrollo personal y social. Convertido en enfermedad, el miedo se hace hermano del sufrimiento. Por esta razón, el miedo es el arma más poderosa de los déspotas, autoritarios, dominadores, dictadores y prepotentes. Con esta arma tan destructiva controlan a los demás y les impiden pensar, decidir y actuar por sí mismos. «Si me dejas dice el marido tirano y agresivo- te juro que encuentro donde estés y te mato». Y la esposa, paralizada por el miedo, es incapaz de dar un paso hacia delante para liberarse de ese infierno.

Hay quienes han llamado a nuestra sociedad actual la «sociedad del miedo». ¿Acaso los seres humanos de la Edad de Piedra, no tenían también miedo terrible a los rayos y a los temblores de tierra? Y la gente de la Edad Media, con su pavor a las brujas, al diablo y a la muerte, ¿no era más esclava del miedo que nosotros, la generación del siglo XXI? Tal parece que no. Los miedos de la sociedad actual son diferentes a los temores de épocas pasadas, pero además son increíblemente más numerosos y graves. Ni la Edad de Piedra ni la Edad Media sufrieron el miedo mediático, causado por la radio, la televisión y la prensa. Nosotros, en cambio, tenemos en los medios de comunicación, la fuente principal de nuestros miedos personales y sociales. Cada día que pasa, la televisión, la radio y los periódicos infunden nuevos miedos. Miedo al terrorismo, a la gripa porcina, a la crisis económica, a la misma Iglesia Católica, etc.

El evangelio de la Misa de Pentecostés del presente año, comienza reportando el miedo que se había apoderado del corazón de los discípulos de Jesús: «Al anochecer del día de la resurrección, estando cerradas las puertas de la casa donde se hallaban los discípulos, por miedo a los judíos…» (Jn 20,19). Después de la muerte en cruz del Maestro y Señor, los discípulos se encerraron por miedo a los judíos. El miedo de los discípulos era enfermizo, paralizante. En ese ambiente de terror, Jesús resucitado se presentó en medio de ellos y calmó sus miedos con la paz. Dos veces les dijo: «La paz esté con ustedes». La paz es la actitud contraria al miedo y es un don del Espíritu Santo, que es el Espíritu del Señor Jesús. Ahí mismo, Jesús «les mostró las manos y el costado». Es importante no pasar por alto este detalle. El Señor Jesús mostró a sus discípulos miedosos las señales de la cruz, para que entendieran que la resurrección, el triunfo y la paz son el fruto de la lucha, del esfuerzo y del sufrimiento.

Por consiguiente, fortalecidos por el Espíritu Santo, es necesario hacer frente al miedo, tomarlo por cuernos. Decía san Ignacio de Loyola que el espíritu malo, es decir el demonio, se alimenta del miedo. Para ilustrar esta idea recurre a un hecho común bastante chusco: Si en un pleito matrimonial el marido huye y pierde el ánimo (y se achicopala, dirían los colimenses), entonces la mujer se envalentona y crece su ira, venganza y ferocidad. Por tanto, hay que encarar al miedo. Cristo, su palabra y su Espíritu santo son las armas que los cristianos tenemos para enfrentarlo y vencerlo. «No tengan miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma» (Mt 10, 28). «No teman, ustedes valen más que muchos pajarillos» (Mt 19,31). Un especialista de la Biblia afirma que en la Sagrada Escritura se repiten unas 365 veces frases como éstas: «No tengas miedo». «No temas», «No tengan miedo». No he confirmado la cifra, pero esta información me ha impactado. ¡365 veces! El año tiene 365 días. Quiere decir que cada día del año el Señor nos está animando con su Palabra a superar nuestros miedos. «No tengas miedo», «No teman». Cristo fue libre ante el miedo y quiere que nosotros participemos de su libertad. En Pentecostés, la Iglesia recibió el Espíritu Santo de reconciliación, de paz y de libertad, dones que desbaratan nuestros miedos enfermizos y paralizantes. Necesitamos pedir, suplicar en la oración, estos dones que vienen de lo alto.

San Blas fue un santo obispo de Sebaste, en Armenia. Cuenta la leyenda que era un excelente médico. Estando en prisión por su fe en Cristo, los cristianos llevaban a sus enfermos hasta la ventana del calabozo para pedirle ayuda. Entre ellos había una madre con su hijito, que se había tragado una espina de pescado y estaba a punto de morir ahogado. San Blas lo liberó de la espina. Tal vez por este motivo, el pueblo cristiano lo declaró «protector contra las enfermedades del cuello». Interesante. El cuello es una de las partes más sensibles e importantes del cuerpo humano. Tiene que ver con la alimentación, con la respiración, con el habla Y CON EL MIEDO. Cuando experimentamos un miedo intenso, nuestra garganta se hace nudo y se reseca. Sentimos que nos ahogamos. ¿Qué tal si pedimos, entonces, a San Blas que interceda por nosotros, ante el Padre y el Hijo para que nos envíen al Espíritu Santo para ser liberados del miedo? Los católicos actuales tenemos clavadas en el cuello muchas espinas del miedo que nos están ahogando. Una de esas dolorosas espinas que nos impiden seguir fielmente a Cristo es el miedo a la novedad del Evangelio, miedo al riesgo de cambiar de mentalidad, de comportamiento, de vida, miedo a los problemas, conflictos, rechazos, burlas y sufrimientos que son consecuencia del testimonio y de la misión que se nos ha confiado. «Ven, Dios Espíritu Santo… Fuente de todo consuelo, amable huésped del alma, paz en las horas de duelo. Eres pausa en el trabajo; brisa, en un clima de fuego; consuelo, en medio del llanto…» (Secuencia de la fiesta de Pentecostés).

P. Crispín Ojeda Márquez

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  1. #1 by rafael moreno on abril 12, 2012 - 11:22 pm

    exelente tema, muchas gracias Padre Crispín.

    Bendiciones

    Rafael

(No será publicado)