Plan de vida


joven0032.jpgHay diferencias que hacen a la escuela privada mejor que la pública, según evaluaciones frecuentes que miden la calidad de sus servicios; entre ellas, por ejemplo, el rigor académico que se exige en la primera, la participación responsable de los padres de familia, la formación en los jóvenes de una conciencia hacia la superación individual y el liderazgo, el cuidado del medio ambiente y el interés por conocimientos artísticos, el de la enseñanza de uno o más idiomas además del español, y en fin, vinculado todo ello a una preparación que sirve para elaborar un plan de vida profesional para cada alumno. Y en la segunda, como es normal en el sector público, cada joven se va abriendo paso como puede, sin la asesoría ni la calidad que sí encuentra en el otro espacio escolar.

Pero el motivo de este comentario es destacar que es positivo por parte de los jóvenes saber y decidir qué quieren ser y hacer en la vida. Saberlo, se dice, es casi llegar ya a la mitad del camino. Es importante que sepan qué es el trabajo cotidiano en la escuela, el esforzarse al tope o dar el extra, el cumplir con las responsabilidades inherentes a su desempeño en el hogar o en cualquier actividad, la puerta que los hará convertirse en personas plenas, en ciudadanos en goce de sus derechos y en el cumplimiento de sus deberes.

Actualmente, hay en Latinoamérica 22 millones de jóvenes que no estudian ni trabajan y optan en un porcentaje alto por las adicciones, la violencia, la frustración y los suicidios, lo que implica problemas de salud personal, familiar y colectiva. Muchos de estos jóvenes desconcertados no serán cosa buena si los gobiernos de los Estados no le dedican la atención requerida y las familias no se involucran en forma responsable. Sin un plan de vida de y para esos jóvenes, influenciado en cierto modo desde el Estado, las sociedades viven desconcertadas y en el desorden.

Hay una faceta que es complementaria en esa atención estatal y/o escolar que no debe descuidarse en ese conjunto de roles: el plan de vida espiritual. Como creyentes católicos responsables, podemos inducir a nuestros hijos a que sean personas espirituales apegadas a Dios, condición esta última que los llevará a ser personas íntegras, completas, con personalidad definida, practicantes de valores como la verdad, padres responsables, justo lo que la sociedad necesita.

Debemos hablarles en casa mucho de Jesús, que conozcan su doctrina y la vivan. No habrá familias consolidadas en el amor y en la unidad si confiamos nada más en lo que nosotros les comunicamos. Jesús es el aliado perfecto en nuestros hogares, sólo que no lo convocamos y menos lo seguimos, porque ignoramos el mensaje concreto que tiene para cada uno, para cada familia, la cual es la solución para desarrollar personalidades maduras, capaces de enfrentarse al dolor y al esfuerzo, y para ser solidarios.

Participemos con mucho respeto desde nuestras familias en el plan de vida de los hijos e hijas. Como padres y madres venzamos el egoísmo y el desentendimiento que nos aleja de ellos y de sus proyectos. Eduquémoslos para que sean capaces de diseñar por sí mismos un plan de vida que debe ser material, con la vista puesta en la realización profesional, sí, pero también uno de proyección espiritual hacia el Señor y su Iglesia que tanto requiere la cooperación de todos los laicos.

Carlos Orozco Galeana

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