Fueron los griegos antiguos quienes dividieron el trabajo humano en intelectual y manual. Según esta clasificación, en este mundo unas personas se dedican a pensar y otras, la mayoría, a realizar trabajos prácticos. Platón, el filósofo griego de la antigüedad determinó que el trabajo de mayor honor y altura, era el trabajo mental, mientras que el trabajo manual era secundario y estaba destinado a la plebe. En la Edad Media se le llamó trabajo servil, es decir, realizado por sirvientes o esclavos.
Debido a una falsa interpretación del libro del Génesis, surgió una idea equivocada del trabajo que todavía prevalece en las sociedades cristianas actuales. Algunos pensadores cristianos creyeron que las palabras de Dios Creador dirigidas al primer hombre caído en la culpa original: «Ganarás el pan con el sudor de tu frente» (Gén 3,19), convertía al trabajo en una maldición. Pero esta manera de entender el texto bíblico es falsa por incompleta. Porque, según la Sagrada Escritura, el trabajo no es una maldición, sino una bendición. Llevado a cabo, según los planes divinos, dignifica y desarrolla al ser humano. Los burros trabajan, y muy duro, pero a pesar de ello, siguen siendo los mismos burros de siempre. En cambio, con su trabajo el ser humano ha logrado los increíbles progresos que tanto admiramos y disfrutamos.
Por desgracia, en nuestra época han aparecido nuevas ideas equivocadas sobre el trabajo. Según el pensamiento llamado liberalismo y nuevo liberalismo capitalista, el trabajo vale por la ganancia financiera, según el mercado. El capitalista usa el trabajo para enriquecerse, el pobre trabaja porque está obligado, ya que si no se moriría de hambre. Pero ni el primero ni el segundo se interesan demasiado por lo que hacen y a menudo ni siquiera se preguntan si es moral o inmoral. Existe también otra mentalidad que convierte el trabajo en el valor principal de la vida. Patrones y obreros se sacrifican por ellos mismos y por los demás para que se produzca más y mejor. De este modo, los trabajadores terminan convertidos en una especie de máquinas vivientes y en esclavos de su oficio, sin tiempo para sí mismos, para su familia y para el descanso.
Existen muchos problemas en el mundo laboral: desempleo, bajos salarios, niños que trabajan, explotación, discriminación e inseguridad laboral, activismo, estrés, irresponsabilidad, injusticia, etc. Pero, casi nunca se habla del más grave de todos los problemas laborales que es la falta de sentido del trabajo. ¿Por qué trabajamos? ¿Para qué trabajamos? ¿Vale la pena pasarse la vida trabajando, sin tiempo para otra cosa? Al final de cuentas, nadie sabe para quien trabaja. Sin un sentido que valga la pena, el trabajador no trabaja a gusto y experimenta esta actividad como una carga insoportable. Hay quienes trabajan cantando y hay quienes trabajan echando vigas, sapos y culebras. El sentido auténtico del trabajo no puede ser la producción de bienes materiales, ni la acumulación desmedida de ganancias, sino el desarrollo personal. El trabajo tiene sentido cuando permite que las personas cultiven su inteligencia y libertad y desarrollen sus demás capacidades y habilidades. San Juan Crisóstomo, Padre de la Iglesia que vivió en el siglo IV y principios del siglo V d.C., se preguntaba si Adán trabajaba en ese paraíso donde todo abundaba. Y respondió que sí trabajaba para desarrollar su personalidad.
Pero el sentido más elevado del trabajo está en el amor. Este es el mensaje del cristianismo. Por eso, el trabajo adquiere su sentido pleno cuando se hace para amar y servir a los demás. Por ejemplo, ¿qué sentido (qué chiste, decimos en Colima) tiene el trabajo matado de un marido y padre de familia que se embolsa para sí mismo casi todo lo que gana y da muy poco o nada para el sostenimiento de sus hijos? ¿Qué sentido tiene el trabajo de un empleado que trata mal a los clientes o se aprovecha abusivamente de ellos? Trabajar para los demás es una forma de amar y de servir. Y dando es como uno recibe.
En la misa del domingo 18 de julio de 2010, leemos un texto de San Lucas que nos relata la visita de Jesús a la casa de Marta y María y cómo se comportaron estas dos hermanas con su huésped y amigo (Lc 10,38-42). María «se sentó a los pies de Jesús y se puso a escuchar su palabra». Estar sentado era la postura que adoptaban los discípulos para escuchar las enseñanzas de los rabinos o maestros. Pero en la sociedad judía, demasiado machista, las mujeres no podían ser admitidas como alumnas a las clases de los rabinos. Por eso, en este relato resulta escandaloso que una mujer se siente a escuchar las palabras del Maestro Jesús y que, para colmo de males, se le proponga como modelo de discípulo. María estaba tan atenta, concentrada y contenta en esa escucha que hasta se olvido de sus quehaceres domésticos, causando la impaciencia de su hermana Marta.
Marta había sido la primera en recibir a Jesús en su casa: «Y una mujer, llamada Marta, lo recibió en la casa». Y a partir de ese momento se entregó por completo a preparar la comida y la habitación para el huésped ilustre. El trabajo era demasiado para una sola persona. Así que Marta explotó: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola para servir? Dile que me ayude». Tres veces se menciona en este breve evangelio la palabra «Señor». Así llamaron a Jesús resucitado sus discípulos. Con este detalle San Lucas nos invita a escuchar a Jesús resucitado (es el mismo Jesús terreno) que sigue actuando y hablando en su Iglesia.
Jesús respondió: «Marta, Marta, muchas cosas te preocupan y te inquietan, siendo así que una sola es necesaria». María escogió la mejor parte y nadie se la quitará». Jesús no reprocha, ni descalifica, ni rechaza el servicio que Marta está haciendo. No condena el trabajo. Lo que Jesús reprueba es el activismo vacío. Ese activismo que estresa, que dispersa y distrae a las personas y las llena de ansiedad, angustia y agitación interior. Tensiones interiores que disparan sin control la presión arterial y hacen estallar los nervios y el corazón. Tranquila, Marta.
El Señor distingue entre escucha de la palabra de Dios y el servicio, entre oración y trabajo. Son dos cosas diferentes que no se pueden confundir. Orar es orar y trabajar es trabajar. Pero una cosa es distinguir y otra, separar. Jesús distingue entre la escucha de la palabra de Dios y el servicio, pero no separa estas dos acciones; al contrario, quiere que los cristianos las unamos siempre. Debemos unir oración y trabajo, fe y vida, contemplación y acción; o mejor todavía, ser contemplativos en la acción.
Ahora bien, aunque las dos acciones deben ir juntas, la más importante es la primera, es decir, la escucha de la palabra de Dios, la oración. Hemos dicho en renglones anteriores que el sentido más alto del trabajo es el amor. Para nosotros, los cristianos, éste no es cualquier amor, sino el amor de Cristo, el amor de Dios que llevamos dentro y tenemos que mostrar con hechos concretos, con nuestro trabajo servicial. Y esto no es nada fácil. Esta semana me enteré que las personas que hacen y reparten los alimentos en nuestro comedor parroquial para los más necesitados estaban recibiendo ofensas y humillaciones de parte de dos beneficiarios. Uno de ellos, las insultó, quejándose de la comida recibida que terminó arrojando a la calle. ¡Qué difícil es no perder los estribos y mandar al diablo el trabajo servicial, en casos como éste! Se necesita estar lleno por dentro del amor de Dios. Pero ese amor se nos concede únicamente en la oración, en la escucha de la Palabra de Dios y en los sacramentos, sobre todo en la Eucaristía. En el encuentro con Dios, recibimos su amor divino para poderlo dar, enseguida, a nuestros hermanos.
P. Crispín Ojeda Márquez

