Últimamente, y debido a toda la información recibida por los diferentes medios, nos hemos dado cuenta de que nuestra sociedad, y en general en casi todas las naciones, tienen una serie de problemas relacionados con el comportamiento humano y sobre todo el de los más jóvenes. Esto nos ha afectado a todos, unos en gran medida y a otros en menor grado, pero sin temor a equivocarme, a todos.
Si nos ponemos a analizar por qué y cuándo, nos vamos a sorprender de muchas cosas… Por ejemplo, con nuestros hijos de edades de entre los 12 y los 24 años, por lo general tenemos que hablarles muchas veces por la mañana para llevarlos a la escuela o que se vayan a trabajar. Se levantan sin ganas y enojados; claro, quién no?, si no durmieron lo que debían dormir, pues se acuestan muy tarde hablando por teléfono, viendo la televisión o «conectados» al internet.
No se ocupan ni se preocupan por nada de lo relacionado con arreglar algo en el hogar, llámese limpieza de la casa, lavar «su» ropa, arreglar su cuarto, etc. A sus amigos los idolatran y se la pasan poniéndoles «defectos» a sus padres, a los cuales acusan a diario que están fuera de época. Si les hablas de ideologías, espiritualidad, moral y de buenas costumbres simplemente te ignoran, pues consideran que ya lo saben todo. Viven permanentemente ausentes, metidos en el messenger, twitter o Facebook y mandando mensajes con su celular. ¿Todo por pertenecer a qué? Ni ellos mismos lo saben, viven confundidos y sin identidad propia, buscando diariamente reafirmar su popularidad utilizando la tecnología, la cual está minando, sin que ellos se den cuenta, su capacidad para relacionarse personalmente con su entorno.
Todo esto no es otra cosa que el resultado de nuestras buenas intenciones en la educación de nuestros hijos que con el fin de que ellos no sufrieran lo que nosotros sufrimos los educamos de esa forma. Pero qué gran equivocación. Nosotros somos y tenemos lo que tenemos… gracias a los esfuerzos y sacrificios que hicimos en nuestra juventud; de esta manera aprendimos a valorar los esfuerzos de nuestros padres, los que nos enseñaron a no recibir todo por obligación.
Nosotros, sí les hemos suministrado «todo» a nuestros hijos, los hemos sobreprotegido para evitar que sufran y no les pase nada, ocasionando con esto que no sean capaces de asumir alguna responsabilidad y si en alguna ocasión tienen algún fracaso, culpan al incomprensivo mundo que se confabula contra ellos. Recapacitemos y analicemos, no que mundo le vamos a dejar a nuestros hijos, sino que hijos le vamos a dejar al mundo.
Sergio Solís V.

