Pidan y se les dará


jesus_orando.jpgEn una sociedad como la nuestra, dominada por la técnica y por el activismo, resulta muy difícil orar. Hasta en el mismísimo templo, los celulares interrumpen con demasiada frecuencia la oración de la asamblea cristiana. A Dios debió gustarle mucho aquella famosa canción del compositor mexicano José Ángel Espinoza Ferrusquilla que seguramente canta varias veces al día mirando hacia la tierra: «El tiempo que te quede libre, si te es posible, dedícalo a mí… no importa que sean dos minutos». Pero a la gente no le queda tiempo libre para dedicarlo a Dios.

Orar es hablar con Dios, como un hijo habla con su papá y con su mamá, como un amigo habla con su amigo. Esto es posible, según los grandes pensadores cristianos, porque Dios mismo nos ha creado con capacidad para buscarlo, encontrarlo y entrar en comunicación con él. Dios atrae hacia sí a los hombres y mujeres, como el imán atrae al hierro, solía decir san Francisco de Sales. ¿Por qué, entonces, a menudo los seres humanos no sentimos deseos ni gusto por encontrarnos y dialogar con Dios en la oración? Este santo explicaba que cuando un imán no atrae a un hierro es por alguna de las siguientes razones: porque entre ambos se interpone un diamante; porque el hierro está cubierto de grasa o pesa mucho o está a demasiada distancia del imán. «Así le ocurre al hombre, concluía el santo. Cuando no siente el atractivo de Dios es o porque entre ambos se interponen las riquezas (el diamante), o porque está sumido en el mar de la sensualidad (la grasa), o porque se ama demasiado a sí mismo (el peso), o porque los pecados le han alejado de Cristo excesivamente (la distancia)».

Tal vez, uno de los mayores obstáculos para la oración cristiana, en el mundo de hoy, es el modo de pensar utilitarista que encuentra amplia cabida en las mentes actuales. Según esa idea, sólo tiene valor aquello que produce alguna utilidad inmediata. Lo malo es que no sólo aplicamos este criterio a las cosas, sino también a las personas y a la oración. ¿Para qué sirve la oración?, se preguntan no pocos creyentes. ¿Para qué rezar si no siempre Dios nos concede lo que le pedimos? Por tanto, negocio que no deja, dejarlo. Esta dificultad nos obliga a considerar una forma muy común de oración (para muchos, la única) que se llama oración de petición.

Oración es hablar con Dios, pero no necesariamente para pedirle favores. Un hijo no habla con su papá sólo para pedirle dinero. Es natural que pidamos tantas cosas a Dios porque somos seres demasiado necesitados. No es un error pedir a Dios en la oración, siempre y cuando nos fijemos bien en qué cosas pedimos y cómo las pedimos. Una joven estudiante de 17 años decía que siempre pedía a Dios le ayudará a pasar con éxito los exámenes, hasta el día en que adelgazó. «Y eso no se lo debía a Dios aseguraba la chica-, sino a mi fuerza de voluntad para llevar una dieta rigurosa, privarme de pasteles y de nieve y soportar horas de ejercicio físico. De golpe comprendí que con los exámenes pasaba lo mismo. Y poco a poco a poco dejé de rezar. No le encontré sentido». Este testimonio, que expone el P. Luis González-Carvajal Santabárbara en su «Teología para universitarios», parecería dar la razón a quienes piensan que sólo rezan aquellos que tienen miedo de ser responsables porque, quien no necesita bules para nadar, no necesita rezar.

La oración cristiana auténtica no dispensa a nadie de sus responsabilidades y tareas en este mundo. Un joven que sin estudiar piensa pasar los exámenes, sólo porque hizo los martes al santuario del Rancho de Villa, es una persona irresponsable. Pedir a Dios sacarse el premio mayor de la lotería para no trabajar, no es oración sino necedad. Hay que reconocer, sin embargo, que en la mentalidad y actitud de la muchacha que abandonó la oración cuando perdió peso, se nota esa tendencia de hacer a un lado a Dios de la vida humana que caracteriza también a nuestra época. En realidad, esa tendencia la encontramos en todas las épocas de la historia de la humanidad y es promovida, sobre todo, en los ambientes donde se cultivan las ciencias. Personas de esos ambientes afirman que la gente inventa a Dios y lo invoca cuando vive en la ignorancia y en el retraso cultural, y por lo mismo no se pueden valer por sí mismas. Te dicen que el hombre de las cavernas tenía tanto miedo a los rayos que se vio obligado a invocar la protección de los dioses; pero, al inventarse el pararrayos, el hombre dejó de invocar el auxilio de la divinidad, puesto que la ciencia y le técnica le habían proporcionado seguridad. Después, en tiempos más recientes, cuando al menos en los llamados países del primer mundo se disfrutaba del progreso de la ciencia y de la tecnología, se comprobó que la gente seguía creyendo en Dios y practicando la oración. Algunos estudiosos explicaron, entonces, que la humanidad actual ya no tiene miedo a los rayos, pero sigue temiendo a la muerte…

No podemos prescindir de Dios, no podemos hacerlo a un lado. Quien pide a Dios en la oración se reconoce humildemente como criatura, como una persona limitada y necesitada de Dios para realizarse plenamente y para cumplir a fondo sus tareas en este mundo. Jesús mismo invitó a sus discípulos a practicar la oración de petición. Este es el tema del evangelio del domingo 25 de julio de 2010, que leemos en la misa: «Pidan y se les dará; busquen y encontrarán; toquen y se les abrirá. Porque quien pide, recibe; quien busca encuentra, y al que toca se le abre» (Lc 11,9-10). «Señor, enséñanos a orar», suplicaron los discípulos a su Maestro y Jesús les enseñó la oración del Padrenuestro, compuesta con puras peticiones.

En la oración del Padrenuestro encontramos la clave de la oración de petición y de toda clase de oración cristiana. «Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo» (Mt 6,10). Esta petición no se encuentra en el padrenuestro de san Lucas, quien decidió transmitirnos la oración de Jesús en su forma breve. Por consiguiente, la oración es buscar y hacer la voluntad de Dios. Los cristianos no hacemos oración para que Dios haga lo que nosotros queremos, sino para que nosotros hagamos lo que Dios quiere. No hacemos oración para que Dios se adapte a nuestra voluntad, sino para que la nuestra se adapte a la de Dios. En el Huerto de Getsemaní, en medio de su agonía, Jesús oro: «Padre mío, si es posible, que pase de mí este trago; pero que no sea como yo quiero, sino como quieras tú» (Lc 22,42).

En cuanto se refiere a las cosas que pedimos en la oración, debemos pedir favores a Dios confiados siempre en la promesa del Señor Jesús: «Todo lo que pidan en mi nombre, yo lo haré» (Jn 14,13), superando así la crisis y la confusión que a veces causa en nosotros el silencio de Dios, que no siempre nos concede lo que le pedimos. Sólo Dios sabe lo que mejor nos conviene. Una madre angustiada suplicaba a Dios, con gritos desgarradores, que salvara la vida de su hijo pequeño. Dios escuchó la oración de esta mujer y concedió la vida al niño. Pasado el tiempo, la misma madre suplicaba a gritos al Señor que recogiera a ese mismo hijo que se había convertido en un joven perverso. Sobre todo, y para concluir esta reflexión, debemos tener siempre presente que el «Padre celestial dará el Espíritu Santo a quienes se lo pidan». Estemos seguros de que nos será dado el Espíritu Santo que consuela, fortalece, llena de gozo y da la vida verdadera. Espíritu que nos llenará de fuerza para que cumplamos responsablemente con nuestras tareas y obligaciones y que nos regalará todo lo referente a nuestra salvación. En otras palabras, Dios nos concederá siempre lo que más nos conviene.

P. Crispín Ojeda Márquez

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