No se inquieten


bebe.jpgNo se puede vivir ni convivir sin confianza. Toda nuestra existencia en esta tierra marcha sobre los rieles de la confianza o de la desconfianza. Cuando subimos a un automóvil, taxi o autobús, ponemos nuestra vida en manos del conductor, confiando en que éste nos llevará a nuestro destino sanos y salvos. Acudimos a un restaurante y ordenamos nuestro platillo preferido, confiando en que los alimentos están en buen estado y se preparan en condiciones higiénicas. Confiamos nuestro poco o mucho dinero a los bancos, nuestra salud a los médicos (o curanderos) y nuestros secretos a los amigos. La solidez y permanencia del matrimonio, del grupo de trabajo, del círculo de amigos, del partido político y de toda organismo social, dependen en gran medida de la confianza que existe entre sus integrantes. Sin la confianza, la relación con los demás se deteriora. El niño recién nacido, para sobrevivir, necesita de la ayuda y del afecto de los demás. Es un ser completamente dependiente. Los cuidados, atenciones y muestras de cariño que recibe de sus papás le ayudan a crecer en la confianza en sí mismo y en los demás. Por eso, los niños que son desatendidos y tratados de manera agresiva y sin afecto, llegarán a ser adultos inseguros, recelosos y violentos. Un perro maltratado, apaleado, se convierte en un animal huidizo y agresivo.

La confianza es ánimo, aliento, vigor y fuerza que nos impulsa a la acción, a realizar con entera confianza aquello que incluso parece imposible conseguir. Para el niño que intenta dar sus primeros pasos, las palabras y la actitud de sus papás, en esa hora, le transmiten confianza y seguridad: “No tengas miedo. Ven, aquí estoy yo”. Y el niño, al ver a su papá o a su mamá con los brazos tendidos hacia él, se lanza a caminar, con la certeza completa de que sus padres lo librarán de una caída dolorosa.

¿Qué es la confianza? Es un sentimiento de seguridad que deriva del creer o confiar en alguien o en algo. Como fuente de seguridad que es, busca apoyarse en lo que parece ser sólido y firme. Si nos colocan una cuerda en el suelo firme y plano y nos piden caminar sobre ella, seguramente lo haremos sin mayor dificultad. Pero, si esa misma cuerda la tienden sobre el abismo de una profunda barranca y nos piden caminar sobre ella, como lo hacen los acróbatas, por supuesto que no aceptaremos esta propuesta. Sin embargo, a la hora de la hora, el cimiento en el que se apoya la confianza se asienta en terreno movedizo, porque ese cimiento es la esperanza. Diccionarios y enciclopedias dicen que la confianza es la “esperanza firme que se tiene en una persona o cosa”, y que la palabra confiar significa “esperar con firmeza y seguridad”. Firme, firmeza. Lo curioso y paradójico es que la esperanza se encuentra siempre en el futuro. Y el futuro, para nosotros, seres mortales, es lo más incierto e inseguro que existe. ¿Quién está absolutamente seguro de que mañana amanecerá vivo? Todos hacemos planes y proyectos y los comenzamos y seguimos confiados, es decir, con la esperanza firme de llevarlos a feliz término. Pero, ¿quién nos asegura que los terminaremos?

Esto significa que la confianza, supone y exige riesgos. Es verdad que debemos ver en dónde ponemos los pies. Es cierto que debemos tener suficiente seguridad en la persona a la que confiaremos nuestra intimidad o nuestras cosas materiales, pero también es cierto que si queremos dar el paso a la confianza, no tenemos otra alternativa que la de correr el riesgo. El banco en el que depositamos nuestro dinero puede quebrar, la compañía de seguros, que en los anuncios parecía tan confiable, puede hacerte una mala jugada. La novia o el novio que se juraron fidelidad inquebrantable, besando la cruz, terminaron poniéndose cuernos. Toda relación de amor y de amistad exige confianza, pero el amor y la confianza exigen correr riesgos. Ninguno duda del amor auténtico que se profesan mutuamente los novios que van entrando al templo para celebrar su matrimonio religioso, al compás de la trilladísima marcha de Mendelssohn. Pero ninguno de los presentes, incluidos los novios mismos, tienen la seguridad de que esa unión durará para siempre. Nunca faltan personas que, viendo a la joven pareja llegar ante el altar, comentan en voz baja: “¿Cómo le irá a resultar el marido a esa pobre muchacha?”.

Total, la confianza es seguridad y riesgo al mismo tiempo. Quien ama y confía, basado en algunas certezas debe lanzarse a la aventura, que no es lo mismo que lanzarse “a lo gorras”. Ustedes entienden. Las personas desconfiadas no quieren correr riesgos, pero lamentablemente viven a diario llenas de temor, miedo, insatisfacción y amargura. Son, además, personas solitarias que no confían ni en su propia sombra. Debemos reconocer que la vida es muy dura. Por lo general, la desconfianza crónica en las personas, es el resultado de fracasos, desilusiones, sufrimientos y duras pruebas vividos en carne propia y que permanecen en carne viva. “No vuelvo a amar”, reza una desilusionada canción popular. No volveré a confiar en nada ni en nadie, concluyen muchos. En la relación de amor y amistad, la confianza es esencial. Por eso, el engaño y la infidelidad son insoportablemente dolorosos y restablecer la confianza es muy difícil porque lo que se ha resquebrajado no es cualquier cosa, sino algo fundamental.

Lo mismo que la confianza, la desconfianza nace y se desarrolla en la infancia. Cuando el niño comienza a relacionarse con compañeros, en el barrio o en la escuela, se da cuenta de algunos niños se distinguen de los demás por ser crueles y agresivos. Así la nace la desconfianza. Esta desconfianza infantil aparecerá en el marido que desconfía sobre el uso que su esposa hace del dinero que le da para el gasto de la casa, o en la esposa que desconfía de toda amistad femenina de su marido. Los ejemplos puedes seguir hasta el infinito. Las situaciones dramáticas, las enfermedades, la pérdida de los seres queridos, las dificultades y fracasos laborales o amorosos, los problemas de los hijos o de los papás, las calumnias, difamaciones, injusticias, traiciones, etc., pueden orillarnos al abismo mortal de la desconfianza.

Quienes tenemos fe en Cristo Señor, tenemos en ella el cimiento inquebrantable de la confianza. Cristo es también nuestra esperanza segura. Con sus palabras y con su vida, Jesús nos enseñó a confiar siempre en Dios nuestro Padre. Tarde o temprano descubrimos que las seguridades en las cuales apoyamos nuestra vida, se derrumban y pulverizan. Y entonces, somos víctimas de la angustia, el temor, la ansiedad o el terror. A menudo, ante los problemas que tenemos, nos apoyamos en nuestras propias fuerzas y recursos humanos. Pero también, con mucha frecuencia, los problemas son más grandes y fuertes que nuestras fuerzas y recursos. Nos sentimos perdidos, hundidos. No debemos olvidar que contamos, en todo momento y circunstancia, con Dios, nuestro Padre Creador y Providente, quien nos ama con fidelidad y que jamás nos abandona.

En la misa del último domingo de febrero de 2011, Jesús nos dice en el evangelio: “No se preocupen por su vida, pensando qué comerán o con qué se vestirán… Mire las aves del cielo, que ni siembran, ni cosechan, ni guardan en graneros y, sin embargo, el Padre celestial las alimenta. ¿Acaso no valen ustedes más que ellas?… No se inquieten, pensando: ¿Qué comeremos o qué beberemos o con qué nos vestiremos?… No se preocupen por el día de mañana…” (Mt 6,24-34). Este fragmento del discurso de las bienaventuranzas no es una invitación a la flojera, ni a la irresponsabilidad, pensando que del cielo nos caerá la torta, sin mover un solo dedo. Ya sabemos que Dios nos ha hecho colaboradores en su obra de la creación y de la salvación. Hay que trabajar para ganar honradamente el pan de cada día y cumplir con nuestros demás deberes y obligaciones, pero sin ansiedades ni angustias, sino confiando en el Padre, nos ama. La fe y la confianza en Dios nos hará recuperar la tranquilidad, vivir en paz y sin perder la alegría interior aún en los peores momentos. Todavía más: nosotros esperamos, con toda seguridad, después de la muerte, una vida eterna y feliz en la Casa del Padre. ¿En quién o en qué hemos puesto nuestra confianza?

P. Crispín Ojeda Márquez

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