El síndrome de Emaus


depre00393.jpgPeter Pan luchaba con el capitán Garfio junto a la Laguna de las Sirenas. Cuando ya casi lo había vencido, se dio cuenta de que el capitán estaba en peligro, a punto de caer en una sima. Y le ayudó a subir, para poder continuar luego la lucha en igualdad de condiciones. Fue entonces cuando el malvado Garfio, abusando del favor concedido, aprovechando esa breve impunidad, clavó inesperadamente su arma en el pecho de Peter Pan. Y el pequeño héroe quedó inmovilizado, no tanto por el dolor como por la sorpresa, estupefacto ante algo que no podía concebir: la traición, la deslealtad. Digamos la palabra exacta: Peter Pan quedó desilusionado, desencantado, al chocar con la realidad de la maldad humana. Algunos pensarán, y no sin razón, que Peter Pan, como todos los niños, vivía fuera de la realidad, en un mundo de fantasías, y que era justo y necesario que comenzara a comprender que el león no es como lo pintan, que el Niño Dios no trae directamente los juguetes o que su papá no es Iron Man.

La desilusión es un sentimiento negativo y profundo que experimentan las personas, de todas las edades, cuando éstas descubren que las cosas no son como las habían pensado o imaginado, que algo no resultó como lo esperaban. “Yo tuve un amor y me traicionó, dejándome en el alma una desilusión…”, cantaba lastimosamente Víctor Iturbe. Son demasiado dolorosas y peligrosas las desilusiones de los jóvenes, pero la desilusión de la tercera edad no se queda tan atrás. Quien ha vivido muchos años corre el riesgo de concluir que “nada nuevo hay bajo el sol”. La malas noticias le impresionan menos y sus alegrías se estrechan. Unos ancianos se sienten satisfechos de su vida, pero muchos experimentan desencanto y desilusión por lo que han vivido.

La desilusión es desengaño, que significa literalmente liberarse del engaño, pero también es pérdida de esperanza, porque mata toda ilusión, corta las alas y arroja la moral al suelo y esto la convierte en un peligro mortal. Bien saben los futbolistas profesionales que mete más goles el optimismo que su pie. La desilusión paraliza y cierra el futuro. En el Domingo Tercero de Pascua leemos en la misa el relato del encuentro de Jesús Resucitado con los dos discípulos de Emaús (Lc 24,13-35). Uno de ellos se llamaba Cleofás (masculino de Cleopatra) y el otro quién sabe. Podría ser uno de nosotros. Iban de regreso a casa, con el alma en los pies, desilusionados de Jesús. La pregunta que el Señor les hizo nos ofrece información sobre el estado de ánimo de aquellos discípulos: “¿De qué cosas vienen hablando, tan llenos de tristeza?”. El texto griego dice, al pie de la letra, que se pararon con aire entristecido.

Cleofás (algunos especialistas creen que era tío de Jesús) dijo al “Forastero”: “¿Eres tú el único forastero que no sabe lo que ha sucedido estos días en Jerusalén? Él les preguntó: ¿Qué cosa? Ellos le respondieron: Lo de Jesús el Nazareno, que era un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo. Cómo los sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron…” Y a continuación señala la causa de su desilusión: “Nosotros esperábamos que él sería el libertador de Israel, y sin embargo, han pasado ya tres días desde que estas cosas sucedieron”. Nosotros esperábamos. Las cosas no habían respondido a sus expectativas. Nos había llenado de ilusiones el corazón; creíamos que con Él las cosas cambiarían, confiamos en lo que nos prometía, pero lo mataron y todo se vino abajo.

Junto con la desolación espiritual, los discípulos de Emaús sufrieron una depresión psicológica, trastorno muy común en la sociedad actual. El significado de la palabra “depresión” tiene que ver con todo lo que suene a “bajada”. La depresión geográfica es una bajada o colimensemente hablando, una sumida en el suelo. Depresión económica es una baja en la economía y la depresión atmosférica es una bajada de la presión de la atmósfera que puede causar un huracán o ciclón. La depresión psicológica es una bajada, un bajón, en el estado de ánimo de las personas. Se trata de un trastorno emocional que afecta todos los demás aspectos de la persona: el cuerpo, la mente, la voluntad, la fe. La gente deprimida se siente físicamente agotada, sin deseos de trabajar ni de divertirse, piensa negativamente y llora de tristeza. La depresión afecta la forma en que uno siente, piensa, come, duerme y actúa. Puede ser pasajera o crónica. En este último caso es ya una enfermedad y puede conducir, incluso, al suicidio.

La desolación espiritual en la vida cristiana es otra cosa. La depresión desestabiliza y descompone a la persona. La desolación puede destantear a a la gente, pero no llega a destruirla. Dios la permite para que los creyentes fortalezcan su fe y su voluntad, para que puedan sacar de ella un bien. En el camino de la vida cristiana, Dios nos ayuda no sólo con las consolaciones (momentos de alegría, paz, satisfacción), sino también con las desolaciones, que nos brindan la oportunidad de probar nuestro amor y nuestra fidelidad. La Beata Teresa de Calcuta soportó una dolorosa desolación durante cincuenta y dos años. Impresionante. Cristo Resucitado ayudó a los discípulos de Emaús a superar la desolación espiritual y la depresión anímica que cargaban encima. Así, fortalecieron su fe para “ver” al Señor Resucitado y recuperaron las ilusiones y la esperanza que habían perdido.

En nuestro camino de fe, los cristianos de todos los tiempos corremos el riesgo de ser afectados por el “síndrome de Emaús”. Nunca faltan motivos para caer en el desaliento y la desolación. “Nosotros esperábamos que…” Ahora mismo habrá muchas personas repitiendo esta cantaleta: “Yo esperaba que mi marido esto y lo otro, pero…”. “Yo esperaba que mi esposa…Yo esperaba que mis hijos… y mira en qué acabaron… Yo esperaba que Dios, que la Iglesia…y sin embargo…” Ahí están, además, las enfermedades, la muerte de los seres queridos, los fracasos en el trabajo, en el estudio, en los negocios, la ingratitud, los problemas sociales… El síndrome de Emaús nos impulsará, entonces, a huir, a salir de Jerusalén, a abandonar nuestros compromisos contraídos. Y en verdad que, a veces, es necesario salir de su propia casa o ciudad, o dejar el trabajo para sobrevivir. Porque, cuando uno está dentro de un cuarto de puertas y ventanas cerradas, en donde hay un gas venenoso, tiene que salir de ahí si quiere salvar su vida. Pero, en la mayoría de los casos, no hay que escapar, sino permanecer, para afrontar la situación, para tomar el toro por los cuernos.

San Lucas escribió su evangelio para una generación de cristianos que ya no había visto a Jesús en carne y hueso, como lo habían visto los creyentes de la primera generación. Y escribió el relato de Emaús para que ellos –y también nosotros- “veamos” a Jesús Resucitado, que nos acompaña en el camino de la vida y que se nos “aparece” cuando leemos e interpretamos las Sagradas Escrituras, cuando celebramos la Eucaristía y cuando permanecemos unidos a la comunidad de la Iglesia. Cuando se escribió este relato, la Iglesia había comenzado a sufrir humillaciones y persecución a causa de Cristo. En la misma Iglesia habían comenzado a surgir problemas internos de división, deserción e infidelidad al mensaje de Cristo y, por consiguiente, muchos cristianos sufrían desilusión y desolaciones. San Lucas quiso enseñarles –y enseñarnos a los cristianos actuales- que Cristo Resucitado está presente en esas horas difíciles y amargas para devolvernos la esperanza y la alegría.

Dicen que a la edad de 51 años, Jaime Cooke era ya millonario, pero que un año después había perdido toda su fortuna. Con todo, su trabajo y sus ánimos le permitieron rehacer de nuevo toda su fortuna. Le preguntaron cómo se las había arreglado para rehacerse con tanta rapidez y sin dar lugar al desaliento. Contestó: “El secreto de mi éxito en la vida, consiste en que siempre procuré mirar el lado luminoso de las cosas”. Para nosotros, los cristianos, el lado luminoso de las cosas es Cristo. Él dijo: “Quien me sigue no andará en las tinieblas”.

P. Crispín Ojeda Márquez

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