Te llevo tatuado


pastor.jpgHabía una vez un maestro que presumía de ser bastante perspicaz y ducho para descubrir las tácticas más ingeniosas y las artimañas inimaginables utilizadas por sus alumnos para copiar en los exámenes. Padecía de torticolis debido a su costumbre de girar la cabeza violentamente hacia atrás mientras caminaba hacia delante al lado de las hileras de pupitres, donde los estudiantes luchaban para superar con éxito la prueba. Cualquier sonido que no fuera el de los lapiceros deslizándose en el papel despertaba en su interior una infinidad de sospechas. Esta actitud de desconfianza y de sospecha lo había llevado a descubrir “acordeones” hasta en los lugares más insólitos. Con él, ese micropapelito metido bajo la uña o el extensible del reloj ya no funcionaba desde hacía mucho tiempo.

Uno de esos días de examen, mientras efectuaba sus minuciosas vigilancias y aplicaba sus estratagemas en las filas de adelante, vio con el rabillo del ojo que una joven, en los asientos de atrás, miraba a hurtadillas la palma de su mano derecha. “¿Será posible semejante insensatez?”, se preguntó. “A esta muchacha debería reprobarla no tanto por copiona cuanto por su falta de ingenio. Esa táctica para copiar ni aun en mis tiempos funcionaba ya”. El maestro río por dentro y fingió no haber visto nada. Pero hete aquí que la chica vio la palma de su mano por segunda vez, y luego una tercera, y eso era ya francamente demasiado. El maestro corrió entonces hacia ella y le ordenó que se pusiera de pie y le mostrara sus manos. “Veamos qué es lo que hay aquí”, dijo observando una y otra detenidamente. En la izquierda no había nada y, en la derecha, solamente una palabra; mejor dicho, un nombre: ROBERTO. Justo, en lo más duro del curso, en pleno examen, la jovencita pensaba en Roberto, su novio. ¿Dónde estaba él mientras ella buscaba la respuesta acertada?

Conocer y llamar por su nombre a una persona es un signo de amor y de amistad. En la vida diaria, llamar a una persona por su nombre indica familiaridad y suele ser un paso decisivo en el camino de la amistad. A un amigo lo llamamos por su nombre. Cuando llega el amor el nombre de la persona amada estremece porque dice mucho al enamorado. “Porque te quiero a ti…tu nombre me sabe a hierba de la nace en el valle”, canta Joan Manuel Serrat. Por lo general, en el trato y en la comunicación con las personas consideradas allegadas en menor o mayor grado, olvidar el nombre del interlocutor puede significar no sólo descortesía, sino también una grave ofensa. “Olvidó mi nombre. Sé quién eres, pero no recuerdo cómo te llamas. ¡Y yo creía que me estimaba!, se quejaba una persona después de haberse encontrado con un compañero de trabajo, a quien había dejado de ver en dos los últimos dos años y con quien había comenzado a trabar amistad.

Retenemos en la memoria, en donde están hondamente marcados, los nombres de las personas que amamos y nos esforzamos –no siempre con éxito- por borrar de nuestros recuerdos los nombres de quienes nos han hecho un gran mal. Sigmund Freud, creador del psicoanálisis, investigó el porqué olvidamos los nombres propios. Hemos borrado de nuestra lista muchos nombres de personas. Permanecen los nombres amados, los que recordamos con gusto. También permanecen, por desgracia los nombres odiados, los cuales recordamos con disgusto.

En Israel, el pueblo de la Biblia, el nombre era sumamente importante. En el caso de Adán en el paraíso, según el relato del Génesis (2,19-20) poner el nombre a las cosas significaba conocerlas a fondo y, además, poseerlas. Pero, la propiedad de las cosas es diferente a la propiedad de las personas. Con mis cosas puedo hacer lo que quiera. Mis cosas pueden ser manipuladas, usadas y aun destruidas. Puedo manchar, arrugar, vender, prestar o romper mi camisa porque es mía. Las personas se poseen pero de otra manera. La esposa llama “mi viejo” a su marido y éste llama a su esposa “mi vieja”; ambos llaman a su prole “mis hijos”. Se habla del amor y la amistad en términos de propiedad: “mi amigo (a)”, “mi novio (a)”, “mi compadre, mi comadre”… me pertenecen las personas que amo y estimo, pero no puedo manipularlas ni usarlas como si fueran cosas.

Para los judíos, conocer el nombre de una persona, significaba conocerla realmente y poseerla. Por eso, en sus exorcismos, Jesús preguntaba al demonio: “¿Cómo te llamas?” (Mc 5,9; Lc 8,30). En la cultura de Israel, el nombre expresaba también la tarea o misión a realizar en la vida. Cuando se le imponía el nombre a alguien se quería indicar lo que habría de ser y hacer en el futuro. Leemos en la Biblia que Dios cambia el nombre de aquel a quien encarga una misión. Ya no te llamarás Jacob, sino Israel. Ya no te llamarás Simón, sino Pedro. La misión cambia la vida de las personas. Uno ya no es el mismo. Y por eso, cambia también el nombre. Por consiguiente, desconocer el nombre de una persona era, para los judíos, desconocerla en absoluto. Tachar un nombre, significaba eliminar una vida y cambiarlo suponía alterar el destino del individuo.

Ser testigos del olvido de nuestro nombre es motivo de malestar y de tristeza. Pensamos que no significamos ni valemos gran cosa para quienes no han grabado nuestro nombre en su lista personal. En cambio, cuando escuchamos nuestro nombre nos sentimos importantes, valorados, apreciados y, según el caso, amados. Cuando alguien nos llama por nuestro nombre, con afecto, nos saca del anonimato; dejamos de ser uno más en el montón. En el libro “Ensayo sobre la ceguera”, tal vez la mejor novela del escritor portugués José Saramago, llama la atención el hecho de que los personajes carezcan de nombre. Un detalle que señala y denuncia, tal vez, la despersonalización de la sociedad actual, donde la gente es considerada y tratada como cosa y en lugar de nombre se le impone una cifra o una clave.

Cada año, el Cuarto Domingo de Pascua viene a nuestro encuentro Cristo Resucitado, revestido con la imagen del Buen Pastor. En el Evangelio de la misa leemos los primeros renglones del discurso del Buen Pastor que nos ha transmitido el evangelista san Juan. En este breve texto. Jesús se declara la “Puerta” del redil y el “Pastor” de las ovejas. Puerta de acceso a la salvación y el guía que conduce a la verdadera vida. Pero, queremos subrayar aquí, con especial insistencia la siguiente frase: “Él llama a cada una por su nombre”. El buen Pastor llama a las ovejas por su nombre. Porque las conoce y porque las ama. A cada una en particular, como si fuera la única. Conviene que quienes se sienten incómodos con la imagen del Buen Pastor y su rebaño porque les sugiere manipulación o borregada inconsciente que se deja arrastrar, lean con atención la frase y el texto completo. Cada discípulo es propiedad del Buen Pastor en el sentido que hemos expuesto arriba.

El Buen Pastor no manipula ni esclaviza. Al final del texto, declara: “Yo soy la puerta; quien entre por mí se salvará, podrá entrar y salir…” El seguidor de Cristo no pierde su libertad, “podrá entrar y salir”. Al contrario, siguiendo a Jesús encontrará la libertad verdadera. Aun hay más. Las páginas de los evangelios nos presentan a Jesús buscando y conviviendo con los pobres, los enfermos, los pecadores públicos, las prostitutas y otras gentes de mala fama. A toda esa gente maltrecha, caída; a esa chusma carente de valor para los que cuentan, a esa gentuza de bajos fondos, Jesús, el Buen Pastor, la hizo sentirse importante y valiosa ante Dios. Llama por su nombre a cada una de estas personas perdidas y olvidadas.

No he olvidado a la muchacha estudiante del relato inicial de este artículo. Su maestro creía que había convertido su mano en un “acordeón” para copiar en el examen. Pero la chica sólo llevaba en la palma de su mano derecha el nombre de su amado Roberto. En la horas de la prueba, aquel nombre le daba ánimo, fuerza y alegría. En el capítulo 49 del Profeta Isaías hay un hermoso texto en el que Dios responde a su pueblo que se ha quejado de que lo tiene abandonado. “¿Acaso olvida una madre –dice Dios-a su niño de pecho, y deja de querer al hijo de sus entrañas? Pues aunque ella se olvide, yo no te olvidaré”. Y continúa con estas insólitas palabras: “Fíjate: te llevo tatuada en la palma de mis manos” (Is 49, 14-16). Extraordinario. Dice “tatuado” y no sólo “escrito”. Hay que tener en cuenta, además, que grabar un tatuaje exige padecer dolor y que el grabado es para siempre.

Cristo, el Buen Pastor ha encarnado y realizado, en su persona y obra, estas palabras de su Padre. El Buen Pastor lleva tatuado nuestro nombre en la palma de su mano derecha.

P. Crispín Ojeda Márquez

  1. #1 by ENRIQUE on abril 9, 2013 - 2:00 pm

    linda reflexion

(No será publicado)