Amor con amor se paga


rostro00356.jpgLa palabra amor tiene hoy muchos significados, y eso manifiesta la confusión que reina en la sociedad actual sobre este componente central y esencial de las relaciones humanas. La gente no sabe qué es el amor. Se habla de querer una nieve de vainilla, un IPad, y de querer a la novia como si no se tratara de niveles distintos. “Hacer el amor” es la frase más común para designar las relaciones sexuales, incluyendo aquellas que se practican fuera del matrimonio.

Los pensadores de la antigüedad griega y medieval enseñaron que el amor es desear y poseer cualquier tipo de bien. Es cierto que queremos todo aquello que nos hace bien y odiamos lo que nos daña o destruye. Pero, hay que aclarar que no es lo mismo querer un automóvil que querer a una persona y que la relación entre persona y cosas es muy distinta a la relación que existe entre persona y persona. La relación entre persona y cosas recibe el nombre de relación instrumental porque, en este caso, tratamos las cosas como instrumento o medio para conseguir lo que queremos. Manipulamos las cosas a nuestro antojo y ellas, acaso rechinan, pero no se quejan. Ningún conductor pregunta a su carro, si está dispuesto a funcionar y a realizar un viaje a las dos de la mañana. Existen también las relaciones instrumentales humanas.

Llamamos relación instrumental humana al tipo de trato que tiene lugar cuando el otro me sirve para conseguir un servicio o conseguir algo que quiero. Mi relación con el empleado de la ferretería o con la vendedora de jitomates es instrumental, porque no me interesan sus personas, sino el martillo o los jitomates que quiero conseguir. Esta clase de relaciones son necesarias; de otro modo no funcionarían en la sociedad, por ejemplo, la economía o los servicios. Son, además, las más frecuentes, pero también las más superficiales. Hay quienes confunden el amor con estas relaciones instrumentales y funcionales. Con razón, una esposa, cansada de sentirse en la casa como una lavadora o una escoba, disparó a su marido esta dolorosa queja: “Desde que nos casamos, me has tratado como tu sirvienta y no como tu esposa”. Sin embargo, la relación instrumental humana, por más funcional que esta sea, exige respetar y valorar a las personas. Ninguno tiene derecho a tratar con desprecio o altanería a los empleados que atienden a la clientela en las oficinas o en los comercios. Todos debemos actuar conforme a las normas de urbanidad hechas, precisamente, para que respeten las personas.

La primera persona con la que nos relacionamos, durante toda la vida, somos nosotros mismos. Así nace lo que se conoce comúnmente como “amor propio”. Mucha gente confunde el amor propio con el egoísmo, y es verdad que es uno de sus riesgos más graves. Pero, en primer lugar, el amor propio, no sólo es esencialmente bueno, sino también necesario. Nosotros mismos, como los demás seres humanos, somos personas y por lo tanto, somos dignos de ser amados y merecemos respeto y aprecio. No podemos tratarnos a nosotros mismos como si fuéramos un burro de carga o una máquina. Sería un absurdo decir que amamos a los demás si no nos amamos a nosotros mismos. Jesús dijo: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Por consiguiente, hay que querernos a nosotros mismos. Este amor propio, que actualmente se llama autoestima o valoración de sí mismo, es lo que nos impulsa a la acción y al servicio a los demás. Quien se quiere a sí mismo cuida su salud, evita las drogas, el tabaco y el alcohol, practica deporte, se arregla, lee, estudia, quiere superarse en todos los aspectos. Por el contrario, la persona que no se quiere a sí misma, deja de actuar para bien de ella misma y de los demás: descuida su salud física, psicológica y espiritual. No quiere saber nada ni le interesa nadie.

En el evangelio del domingo sexto del tiempo pascual, Jesús habla de un amor hacia su persona que se manifiesta en el cumplimiento de sus mandamientos: “Si me aman, cumplirán mis mandamientos…El que acepta mis mandamientos y los cumple, ése me ama” (Jn 14, 15-21). Cuando Jesús habla de mandamientos, en plural, se refiere al único mandamiento del amor. Él enseñó a los escribas y a sus discípulos que en el amor a Dios y al prójimo se resume toda la Sagrada Escritura. Hablemos, pues, del amor al prójimo. “Prójimo” significa “próximo” y es, por consiguiente, aquel que acercamos a nosotros, valorándolo como persona y por medio de nuestro servicio. Le hacemos el bien e incluso estamos dispuestos a sacrificarnos para ayudarlo y servirlo. No necesariamente lo convertimos en amigo, pero sí en nuestro hermano en Cristo. Jesús inventó esa hermosa parábola del Buen Samaritano para qué entendiéramos con imágenes, cómo se hace uno prójimo del otro. El amor al prójimo se dirige a toda la humanidad, sin excepción. Cristo nos invita a querer a la gente de todas las naciones, razas, culturas, lenguas y de cualquier condición social, pero sobre todo a los más pobres, débiles, desamparados y necesitados. Amando y sirviendo a estos últimos de la sociedad, lo amamos a Él mismo: “Les aseguro que cuando lo hicieron con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicieron” (Mt 25,40).

Existe todavía un grado de amor humano más elevado, el más alto de todos, y es el que profesamos a los grande amigos de toda la vida. Es el que se vive entre papás, hijos y hermanos y entre un hombre y una mujer. Por este amor uno está dispuesto a dar todo, incluso su vida. Los papás renuncian a sus bienes, descanso, compromisos, salud, etc. para entender a un hijo gravemente enfermo. Esta clase de amor es tremendamente necesitante. Las personas que se quieren así se necesitan mutuamente. Por eso, necesitan estar juntas, estar presentes, para verse, oírse, tocarse, animarse, consolarse. La separación o ausencia, causada por un viaje largo o por la muerte, supone un dolor enorme. Este amor hace que las personas amadas sean insustituibles e irremplazables. La muerte de un papá, de una mamá, de un hermano, de un gran amigo, de un novio o novia, es irreparable. Nadie puede llenar el vacío, el hueco profundo que han dejado. Por eso, su desaparición es una verdadera tragedia, una desgracia que no tiene solución, porque nadie nos amará jamás como ellos nos han amado.

Este alto grado de amor hace que las personas que amamos sean parte de nosotros mismos, parte de nuestra biografía o historia personal. Nuestro modo de ser y nuestra vida dependen, en gran parte, de ellos. Debemos lo que hemos llegado a ser a nuestros papás, hermanos, parientes y amigos cercanos. No de en balde sentimos, cuando se nos van, que una parte de nosotros se ha ido con ellos. Este extraordinario amor nos hace realmente felices. Cuando el matrimonio anda mal o ha fracasado, los hijos buscan ayuda y consuelo en el amor de sus padres. Finalmente, este elevado amor implica el dolor, el sufrimiento. “Quien bien te quiere te hará llorar”, reza un conocido dicho popular. Pero quien ama con esta clase de amor, está dispuesto a sufrir por la persona que ama; incluso lo hace con gusto.

Jesús, el Dios hecho hombre, quiere que le amemos con este último grado de amor humano, pero elevado aún hasta el infinito por la gracia del Espíritu Santo. A Dios, que es el Amor infinito, sólo se le puede amar con un amor infinito. Por eso, el amor de Dios está por encima de todo: de todas las cosas, de todas las personas, de todos los demás amores. Dios nos ha amado primero. Y como amor con amor se paga, quiere que correspondamos a su amor, cumpliendo el mandamiento supremo de Cristo. A quien ame a Cristo y cumpla este mandamiento “lo amará mi Padre, yo también lo amaré y me manifestaré a él”. Dice el Señor.

P. Crispín Ojeda Márquez

  1. #1 by Dr. Felipe de Jesús López Ortega Müller on junio 4, 2011 - 11:20 pm

    Estimado padre Crispín: muchas felicidades, nien merecido, aunque ahora aumentan las responsabilidades, que Dios lo siga bendiciendo y adelante, es el camino que Dios va indicando. Saludos de mi esposa también. Dr. López Ortega

  2. #2 by VICTOR MANUEL ANGEL MALDONADO on junio 10, 2011 - 11:43 pm

    Me es grato enterarme que el Señor lo ha llamado hacia otros caminos.

    !Felicidades!

    Mons. Crispín Ojeda Márquez

    Con carino, admiración y respeto.

    Víctor Manuel Angel Maldonado “EL morro”.

    Saludos desde Tijuana.

(No será publicado)