Sembrador y Semilla


sembrador0034.jpgEn la tumba de uno de los antiguos faraones de Egipto fue hallado un puñado de granos de trigo. Alguien tomó aquellos granos, los plantó y los regó. Y, para general asombro, lo granos cobraron vida y germinaron después de cinco mil años. Lo mismo sucede -según la parábola del sembrador que leemos el domingo 10 de julio de 2011- con la semilla eterna de la Palabra de Dios que, cuando es sembrada en un corazón fértil y disponible, germina y produce mucho fruto.

Dios muestra en esta parábola una mentalidad de abundancia. Se revela como un Dios espléndido. La creación entera revela su esplendidez. Basta pensar en el número incontable de planetas, estrellas y galaxias que pueblan el universo, en la variedad increíble de vegetales y de animales que habitan nuestra tierra. La Biblia comienza y termina anunciando a un Dios que ofrece a manos llenas sus dones. A Adán y Eva les dio el Paraíso terrenal y a Abrahám le prometió una descendencia “tan numerosa como las estrellas del cielo y como las arenas de las orillas del mar” (Gén 22,17). La última página del Apocalipsis, que es el último libro de la Biblia, termina describiendo la abundancia del nuevo paraíso: “Y me mostró un río de agua de vida, clara como el cristal que salía del trono de Dios y del Cordero…Había un árbol de vida que daba doce cosechas, una cada mes, cuyas hojas servían de medicina a las naciones” (Apoc 22, 1-2). Nuestro Dios no es tacaño, sino copioso, abundante.

Cada vez que nos explican la parábola del sembrador, se nos exhorta a no ser como uno de esos malos terrenos que echan a perder la semilla sembrada en ellos. Este es, ciertamente, uno de los temas principales de la parábola; pero el tema central es este Dios abundante que siembra grandes cantidades de semilla, aún en lugares inadecuados para la agricultura, como la carretera o un terreno pedregoso. Es necesario preguntarnos, con frecuencia, si somos o no tierra buena, pero teniendo siempre en cuenta que lo importante no es lo que hacemos o podamos hacer, sino el amor poderoso de Dios. Él es el Sembrador y también la Semilla, una semilla, pequeña e insignificante a los ojos humanos, pero extraordinariamente fecunda.

Según el evangelista san Marcos, esta parábola es la más importante de todas las demás y es, además, la clave para comprender todo el evangelio. Cuando los Doce apóstoles le pidieron a Jesús que les explicara la historia del sembrador, él les dijo: “¿No entienden esta parábola? ¿Cómo van a comprender entonces todas las demás?” (Mc 4,13). Para comprender mejor esta parábola, sugiero que intentemos dar respuesta a la siguiente pregunta: ¿Por qué, en la mayoría de los casos que describe Jesús, la semilla sembrada fracasó y no produjo ninguna cosecha? Basados en la explicación que ofrece Jesús mismo, diríamos que la causa del fracaso se debe a que la semilla no alcanzó a echar raíces profundas en la tierra. Primero, los pájaros se comieron la semilla del camino, impidiendo incluso su germinación; después, la semilla sembrada en terreno pedregoso, logró germinar y crecer un poco, pero cuando calentó con fuerza el sol, las plantitas “se marchitaron y como no tenían raíces, se secaron”. Pongamos atención en esa frase: “como no tenían raíces”. Finalmente, las semillas sembradas entre espinos, lograron germinar, crecer y por consiguiente, echar un poco de raíces, pero los espinos se convirtieron en su tumba.

La conclusión es clara, y Jesús la indica en la explicación del terreno pedregoso; en concreto, a través de la palabra inconstancia: “Lo sembrado en terreno pedregoso significa al que oye la palabra y la acepta inmediatamente con alegría; pero, como es inconstante, no la deja echar raíces, y apenas viene una tribulación o una persecución por causa de la palabra, sucumbe”. La semilla de la Palabra de Dios fracasa debido a la inconstancia de la persona que la recibe. Ahora, tenemos que hacernos una segunda pregunta: ¿Qué significa esta inconstancia? Significa falta de perseverancia y de fidelidad. A ninguna persona le es fácil mantenerse fiel a sus compromisos, sobre todo cuando se multiplican o ahondan las dificultades y las pruebas. Es muy fácil comenzar una obra, un trabajo, un proyecto, pero es demasiado difícil llevarlos a buen término. Como siempre, la sabiduría popular expresa estupendamente esta realidad humana en sus refranes: “Tuvo entrada de caballo bueno y parada de burro”, “fue pura llamarada de petate”.

Una pregunta más: ¿A qué se debe la inconstancia? ¿Por qué los discípulos de Jesús no somos perseverantes y fieles? ¿Por qué nos rajamos o aventamos la toalla cuando aparecen las dificultades? Porque no meditamos ni hacemos oración. Por falta de meditación y de oración no permitimos que la Palabra de Dios eche raíces profundas en nuestro corazón. Dice el evangelio de san Lucas que María guardaba la Palabra de Dios en su corazón y la meditaba. Mediante la meditación y oración, la Palabra de Dios se grababa cada día más el interior inmaculado de la Virgen Madre. Por el contrario, a nosotros la Palabra del Señor nos entra por un oído y nos sale inmediatamente por el otro. Podríamos decir que tenemos el evangelio en nuestro interior prendido con alfileres.

El gran problema de nuestra cultura actual es que no favorece la reflexión ni la oración. Vivimos dispersos, llenos de ruidos, de imágenes. Giovanni Sartori, notable politólogo y filósofo italiano, denunció en un libro publicado en 1997 y que tituló “homo videns”, que los medios de comunicación, sobre todo la televisión, estaban regresando al ser humano a su estado primitivo animal, aquel estado primitivo en el que todavía el ser humano no estaba dotado de razón, cuando no era capaz de comprender el mundo que lo rodeaba por medio de conceptos o ideas, sino solo por medio de imágenes, como lo han venido haciendo hasta el día de hoy los animales. En palabras sencillas: un animal percibe con sus sentidos la imagen del agua que calma su sed, pero no es capaz de entender que el agua tiene la composición de H20. El perro que ladra a la luna, jamás sabrá que esa bola que ilumina nuestras noches es el satélite de la tierra. La gente que piensa, que reflexiona, no se deja engañar. Por eso es peligrosa. Y por eso las sociedades autoritarias y dominantes procuran que la gente no piense, que se mantenga entretenida en cosas superficiales. Bien saben que pensar es peligroso para sus intereses de dominio.

Sin la reflexión y sin el silencio que la hace posible, no existirían los avances científicos ni las grandes obras de arte. De la oración y del silencio surgen los santos, y en la oración y el silencio la Palabra de Dios germina, crece y echa raíces hondas en el corazón del cristiano. En la oración silenciosa y perseverante debemos repasar y saborear el mensaje de Jesús, para que se grave en nuestro interior. Así, podemos recordarlo cada día y llevarlo a la práctica. Enemigo de la reflexión y de la oración es la distracción que nos dispersa y divide por dentro. Blaise Pascal, el matemático, físico y filósofo francés del siglo XVII, afirmó que hasta una mosca puede distraer a un científico concentrado en sus cavilaciones y, por consiguiente, borrar una idea genial o impedir la solución de un problema. Hoy, miles de moscas distractoras, llamadas televisión, celular, internet, diversiones, publicidad, preocupaciones, etc., impiden o interrumpen nuestra atención y concentración espiritual. Esta avalancha de distracciones sofoca la Palabra de Cristo que recibimos en la misa dominical, en la catequesis del grupo parroquial o a través de la lectura personal del evangelio. Dijo Jesús: “Lo sembrado entre espinos representa a aquel que oye la palabra, pero las preocupaciones de la vida y la seducción de las riquezas la sofocan y queda sin fruto”.

P. Crispín Ojeda Márquez

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