Se fueron a predicar


silent_houseLos padres de familia católicos actuales se quejan de no ser capaces de transmitir a sus hijos la fe cristiana. Les preocupa el que sus hijos adolescentes y jóvenes con estudios medios o superiores, se muestren indiferentes e incluso contrarios a la religión que les inculcaron de pequeños.

La Iglesia universal actual, extendida por toda la tierra, se queja también de una seria crisis en la transmisión de la fe y en la tarea de evangelización. Toda sociedad laica considera a la Iglesia y al cristianismo como cosas del pasado ya superadas o que hay que superar. ¿A qué se debe esta crisis actual en la transmisión de la fe? Mencionaremos, a continuación, tres respuestas comunes a esta pregunta.

Primera. La situación actual obstaculiza la transmisión de la fe. Y en seguida se habla del influjo de los medios de comunicación social, sobre todo de la televisión y el Internet, de la cultura laica, de la indiferencia ante los valores espirituales y morales, de la influencia de algunas corrientes políticas, etc. Pero, conviene recordar a quienes piensan de este modo que, a lo largo de más de veinte siglos, el cristianismo ha crecido y florecido, precisamente en épocas y en ambientes todavía más difíciles que los nuestros.

Segunda. El gran obstáculo para la transmisión de la fe es el evangelio mismo que aparece como demasiado duro y exigente e imposible de llevar a la práctica para una sociedad postmoderna que nada quiere saber de compromisos duraderos y radicales. A esta sociedad actual le parece un absurdo, por ejemplo, el matrimonio cristiano para toda la vida y la fidelidad conyugal. Quienes están conformes con esta segunda respuesta, ignoran que lo que andan buscando nuestros jóvenes de hoy son compromisos arriesgados y serios. Muchos de ellos y así lo confirma la prensa- se están comprometiendo con causas exigentes, no religiosas, hasta el grado de dar su vida por ellas. Este hecho nos debe llevar a una seria reflexión. Tal vez estamos ofreciendo a nuestros jóvenes un cristianismo demasiado «Light», demasiado blandito y fácilón que a nadie atrae.

Tercera. El mayor obstáculo para la trasmisión de la fe actualmente es el materialismo y el llamado «positivismo» que sólo admite como verdadero lo que se puede conocer por medio de la ciencia. Se dice que en una sociedad basada en el dinero, en el confort, y para quien no existe más que este mundo material, resulta imposible aceptar toda espiritualidad y religión. Sin embargo, mucha gente de esa sociedad materialista, anda buscando lo espiritual en doctrinas, movimientos y prácticas extrañas de tipo esotérico y espiritista. Hay quienes, vestidos de blanco, en fechas determinadas, escalan las pirámides prehispánicas, para atraer sobre sí la energía cósmica positiva. Todo eso revela hambre de lo espiritual que el ser humano busca donde se puede.

No pretendemos negar que existan dificultades en la transmisión de la fe cristiana. Lo que sí queremos afirmar es que la dificultad mayor, la causa principal del porqué los jóvenes no quieren aceptar la fe cristiana no se encuentra fuera, sino en el interior de los mismos creyentes. Esto nos va a doler. El problema real es que no somos cristianos de verdad. Por eso no contagiamos ni entusiasmamos a nadie con el evangelio. Somos como la sal que ha perdido su sabor o como una lámpara apagada. Es cierto que la fe cristiana encuentra hoy muchos obstáculos externos para crecer y desarrollarse. Esos obstáculos seguirán existiendo hasta el final de los tiempos. Lo que importa es que los discípulos de Cristo vivamos el evangelio con fidelidad y alegría en medio los ambientes más difíciles y adversos. Ser como «una flor en el pantano». ¿Recuerdan esa novela de la antigua XERL que así se llamaba? El testimonio de vida, el ejemplo, es el mejor medio para transmitir la fe.

Sólo así, reconoceremos que transmitir la fe no es trasmitir una cosa en herencia, sino invitar a los demás a encontrarse con la persona de Cristo resucitado que cambia la vida y compromete en la tarea de construir un mundo nuevo, según la voluntad de Dios Padre.

El evangelio de la misa del domingo 12 de Julio de 2009, nos recuerda que todos los bautizados hemos sido llamados y enviados por Cristo a «transmitir» a todos nuestra experiencia personal de fe:
«En aquel tiempo, llamó Jesús a los Doce, los envió de dos en dos y les dio poder sobre los espíritus inmundos. Les mandó que no llevaran nada para el camino: ni pan, ni mochila, ni dinero en el cinto, sino únicamente un bastón, sandalias y una sola túnica. Y les dijo: Cuando entren en una casa, quédense en ella hasta que se vayan de ese lugar. Si en alguna parte no los reciben ni los escuchan, al abandonar ese lugar sacúdanse el polvo de los pies, como una advertencia para ellos. Los discípulos se fueron a predicar el arrepentimiento. Expulsaban a los demonios, ungían con aceite a los enfermos y los curaban» (Mc 6,7-13).

Hay que subrayar las tres primeras acciones de Jesús: «llamó», «envió» y «dio poder». Porque la misión es ante todo iniciativa del Señor. Es Él quien llama y envía y fortalece con su poder a los elegidos y enviados. Jesús envía a los suyos a predicar el cambio de vida y a solidarizarse con los que sufren. Les dio además unas instrucciones: ir con un compañero (compañero, viene del latín «cum, Panis»: aquel con quien se comparte el pan), porque la misión es una tarea comunitaria, en equipo; no llevar equipaje, porque los discípulos en misión tienen que depender sólo de Dios, confiar en Él, y porque para anunciar el evangelio y que este sea creíble- es necesario vivir con sencillez y sin apego a las cosas materiales.

«Si en alguna parte no los reciben ni los escuchan». ¿Y qué hacer cuando nadie nos hace caso y nos rechaza? ¿Qué deben hacer los pastores de la Iglesia, los catequistas y los padres de familia y todo cristiano católico ante la negativa de quienes reciben su mensaje? Sacudirse el polvo de los pies y seguir caminando, sin dar cabida al desaliento.

Una vez llegó un profeta a una ciudad con el fin de convertir a sus habitantes. Al principio la gente le escuchaba cuando hablaba, pero poco a poco se fueron apartando, hasta que no hubo nadie que escuchara las palabras del profeta.

Cierto día, un viajante le dijo al profeta: «Por qué sigues predicando? ¿No ves que tu misión es imposible y que nadie te hace caso?» Y el profeta le respondió: «Al principio tenía la esperanza de poder cambiarlos. Pero si ahora sigo gritando es únicamente para que no me cambien ellos a mí».

P. Crispín Ojeda Márquez

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