Las mujeres


mujerAunque no con la profundidad o extensión que merece el tema, los medios de comunicación exponen ocasionalmente las diversas situaciones que afectan a las mujeres y las formas como se abren paso junto con los hombres a lo largo de la vida. Se insiste, por ejemplo, que millones de ellas son víctimas en el mundo de la explotación laboral, de discriminación y de todo tipo de violencia al interior y fuera de sus familias, y de agresiones que terminan en homicidios.
En otras partes, las mujeres se han abierto paso con grandes dificultades y cada vez es más grande el número de las que se desempeñan exitosamente en los ámbitos políticos, en el deporte, la academia, las ciencias, las artes y el mercado laboral. Y hasta pilotean aviones y viajan al espacio; nada es imposible para ellas. Justificadamente crece la percepción de que las mujeres son tan aptas como los hombres o incluso superiores a ellos en determinadas actividades.
Pero con todo lo que ellas aportan a las sociedades, se les regatean méritos, padecen desigualdad frente al género masculino y persisten prácticas machistas segregacionistas y por tanto, ofensivas. Urge remediar la visión distorsionada de que la mujer cuenta poco o nada, que es una muñeca de aparador y buena solamente para procrear hijos. Debemos reconocerles la gran contribución y valía que tienen como personas que comparten responsabilidades con sus esposos o compañeros de destino.
Las mujeres, al frente de tareas específicas en los hogares, son un elemento valioso en la educación de los hijos y la solidez de las uniones matrimoniales. Sin su presencia comprometida, las familias difícilmente prosperan y transitan a un plano de felicidad. Lo más grande que puede tener un hombre, aparte de la vida, es una esposa comprometida en todo, a la que no se le dificulte nada, que sea capaz de superarse para ser ejemplo de la progenie, que asuma responsabilidades concretas y luche junto a su cónyuge para enfrentar los obstáculos de la vida; una mujer que de testimonio de carácter, inteligencia e interés en la formación cristiana de los hijos, que se conduzca con integridad y esté al pendiente de la evolución de sus hijos como personas. De esas mujeres, afortunadamente, tengo una yo como compañera.
Los gobiernos deben intervenir con determinación para combatir toda situación discriminatoria que pretenda reducirlas a la categoría de sub personas. Ellas tienen todo el derecho para vivir en igualdad de oportunidades y ser tratadas por los varones y en todos los espacios como debe ser: con absoluto respeto a su alta dignidad.
Deben cesar las ofensas, las discriminaciones y la violencia contra ellas. El Estado debe tomarse muy en serio esta transformación tan necesaria de la cultura machista a una cultura que destaque la complementariedad de géneros. Difundir ampliamente que hombres y mujeres se necesitan y que unos y otras tienen responsabilidades que deben compartir.
Siempre he pensado que las mujeres valen muchísimo porque son transmisoras de la vida de Dios, depositarias de esta dignidad que permite la evolución y la felicidad del género humano y porque comparten junto a los hombres el decoro de ser hijos de Dios; diferentes, sí, pero complementarios.
Hagamos lo que esté a nuestro alcance para que se les respeten sus derechos y su persona, apoyando toda acción legislativa o iniciativa social que mejore su estima. Debe exigirse castigo contra cualquier delito contra ellas y más si las faltas son desde las mismas instituciones públicas.
Promovamos la dignidad de la mujer, respetémoslas y reconozcámosles su alta valía. Esto es necesario para acabar con odios y violencias, con desuniones y retrocesos. Las mujeres valen mucho, ni más ni menos que los hombres.

Carlos Orozco Galeana

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