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Como yo los he amado

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¿Cómo sabemos que queremos a alguien? La respuesta más común e inmediata es porque deseamos a una persona. Etty Hillesum fue una extraordinaria mujer holandesa de origen judío fallecida a los 29 años, víctima del nazismo, en el campo de concentración de Auschwitz. Quien más influyó en su crecimiento humano y espiritual fue su amigo Julio Spier, por el cual experimentó al principio un fuerte deseo y atracción sexual. «Lo quería ‘poseer’, escribió en su Diario… Dios, protégeme y dame fuerza, que la lucha será dura…Durante un par de días no fui capaz de otra cosa que de pensar en él, aunque en realidad eso no se puede llamar pensar en alguien; se trataba más bien de una atracción física. Su cuerpo grande y flexible me amenazaba por todas partes…Físicamente nos atraemos sin remedio…» Etty Hillesum pudo ir más allá de su deseo y atracción física y la historia terminó en una amistad profunda. Los griegos de la antigüedad llamaron «eros» al amor de deseo. Este amor erótico se presenta como una locura. El enamorado pierde la cabeza y no sabe controlar las fuerzas extrañas que se apoderan de él.

¿Existen otras respuestas a la pregunta cómo sabemos si amamos a alguien? Lo sabemos decía don José Ortega y Gasset, el filósofo español- cuando nuestra atención se concentra de modo exagerado en una persona y entonces ya no se piensa más que en ella. Otros, piensan que la tristeza o el dolor que se siente por la ausencia de la persona amada es la señal del enamoramiento. Pero hay quienes como el filósofo holandés del siglo XVII Baruch Spinoza- piensan lo contrario: siento que amo a una persona por la alegría que experimento cuando está presente. El amor nos hace felices. Sin embargo, hay otro fruto del amor más grande y profundo que la alegría y es aquel que intentamos expresar con palabras como éstas: «Tú eres quien da sentido a mi vida», «Tú eres la razón de mi existencia, de tal manera que no podría vivir sin ti».

Casi cuatrocientos años antes de Cristo, el pensador griego Aristóteles enseñó que «amar es querer el bien para alguien». Esta idea voltea y supera todas las respuestas que hemos mencionado. Porque, en realidad, esas respuestas buscan el beneficio de quien ama, del amante. Quiero que me ames para calmar mi deseo erótico, para que me hagas feliz y le des sentido a mi vida, para que soluciones mi problema de soledad, etc. Ahora se trata, según Aristóteles, de buscar el beneficio de la persona amada. El cambio es muy importante. En todas las respuestas que indicamos antes, la persona que ama ocupa el centro y por tanto, no sale de sí misma, porque sólo busca su propio bien. La respuesta del sabio griego exige salir de uno mismo para buscar el bien de la persona amada. Quien ama ya no pide regalos para sí mismo, sino que se convierte en regalo para la persona amada. Su único interés es la felicidad del otro; su deseo no es otro que el procurarle todo bien. La tortilla se ha volteado: dando es como se recibe.

Pero faltaba la última palabra sobre el amor, que habría de ser pronunciada y vivida por Jesús de Nazaret, el Dios hecho hombre. Cuando Jesús salió del cenáculo, pocas horas antes de comenzar su Pasión y muerte en cruz, dijo a sus discípulos: «Les doy un mandamiento nuevo: que se amen los unos a los otros, como yo los he amado; y por este amor reconocerán todos que ustedes son mis discípulos» (Jn 13, 34-35). En la misa del quinto domingo de Pascua proclamamos y meditamos este mandamiento del Señor.

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¿Me amas?

jesus0032.jpgJesús resucitado nos acompaña en el camino de la vida. Él es nuestro buen compañero de viaje. La palabra compañero viene del latín popular «cum» (con) y «Panis» (pan). Por tanto, compañero es aquel con quien se comparte el pan. En el evangelio del Tercer Domingo de Pascua (Jn 21,1-19) contemplamos a Jesús resucitado preparando el almuerzo para sus apóstoles que se habían pasado la noche entera pescando sin éxito alguno: «Tan pronto como saltaron a tierra vieron unas brasas y sobre ellas un pescado y pan…Luego les dijo Jesús: Vengan a almorzar… Jesús se acercó, tomó el pan y se lo dio y también el pescado». Cada domingo, en la misa, Jesús repite para nosotros esta acción. Él prepara la mesa y Él mismo se convierte en nuestra comida y bebida. De este modo alimenta y fortalece nuestra fe.

Antes de cocinar, Jesús había ayudado a los suyos, desalentados por el fracaso, a conseguir una pesca milagrosa: «Estaba amaneciendo, cuando Jesús se apareció en la orilla, pero los discípulos no lo recocieron. Jesús les dijo: Muchachos, ¿han pescado algo? Ellos contestaron: No. Entonces él les dijo: Echen la red a la derecha de la barca y encontrarán peces. Así lo hicieron, y luego ya no podían jalar la red por tantos pescados». Jesús resucitado acompaña a sus discípulos en los tramos difíciles, oscuros y dolorosos del camino. Él sabe que en el mundo hay tristezas profundas, enfermedades incurables de personas muy queridas, cáncer y derrames cerebrales que desembocan en la muerte y llenan de luto los hogares. Hay traiciones e infidelidades conyugales. Hay juramentos de matrimonio que se violan, promesas de fidelidad que se olvidan y situaciones de angustia económica por el desempleo o la quiebra del negocio.

En el camino de la vida hay niños que sufren, hay accidentes de trabajo que destrozan familias. Salieron alegres los papás y tres hijos, y en la carretera, en un choque fatal, murieron dos y sobrevivieron tres, pero uno de ellos se debate entre la vida y la muerte… En nada ni en nadie parece encontrar consuelo aquel que ha sido golpeado por estas tragedias que desgarran el alma. Jesús resucitado es el compañero de camino que ayuda y consuela. Mediante su Palabra y la Eucaristía cierra las heridas y nos abre a la esperanza. Ernesto Sabato, extraordinario hombre de ciencia y de las letras, argentino, se vio hundido en un túnel negro y sin salida cuando murió su hijo mayor: «Desde que Jorge Federico ha muerto escribe en «Antes del fin», uno de sus últimos libros- todo se ha derrumbado, y pasados varios días. No logro sobreponerme a esta opresión que me ahoga. Como perdido en un selva oscura y solitaria, busco en vano superar la invencible tristeza…Me veo rodeado por la oscuridad que acaba por agravar las dudas, los desalientos, el descreimiento en un Dios que justifique tanto dolor…». Al final de este breve capítulo, agregó esta nota interesante: «Elvirita (Elvirita González Fraga, gran amiga de él y de su esposa Matilde) me habla de Cristo. Me dejo alentar por su sentido religioso de la vida y del dolor». Elvirita le habló de Cristo. Así fue como Jesús resucitado amaneció en la noche negra de este magnífico escritor.

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Lo mandó a sus campos a cuidar cerdos

padre_mise.jpgEl cerdo no forma parte de la fauna ni de la granja bíblica, puesto que el libro del Levítico lo coloca en la lista negra de los animales impuros (Lev 11,7). Respetuosos de la Ley de Moisés, los judíos no comían ni comen carne de puerco. Moisés Maimónides, filósofo judío del siglo XIII nacido en Córdoba, decía que Dios había prohibido la carne de cerdo como medida de salud pública. Escribió que esta carne «Tiene un efecto malo y perjudicial para el cuerpo», pero no explica el porqué. A mediados del siglo XIX se descubrió que la triquinosis era provocada por comer carne de cerdo mal cocida. En su obra, «vacas, cerdos, guerras y brujas», publicada en 1980, Marvin Harris, controvertido antropólogo estadounidense fallecido en 2001, explica que el Oriente Medio, demasiado árido, no es el lugar adecuado para criar puercos, ya que este animal sólo puede sobrevivir bajo la sombra y junto al agua.

Por lo visto, la mala fama del cerdo tiene una historia milenaria. En casi todas las culturas se le asocia con la suciedad, la gula, la pereza y en general, con toda bajeza moral. Entre los colimenses, después de la «viga», las palabras más ofensivas e hirientes tienen que ver con este inmundo y a la vez apreciado animal. Nadie soporta que le digan que es un puerco, cochino o marrano. Los puercos comen de todo, incluso seres humanos. Un día, San José María de Yermo y Parres sacerdote mexicano elevado a los altares el 21 de mayo de 2000, en la Basílica romana de San Pedro- se encontró con una escena terrible, mientras se dirigía a su templo del Calvario: unos puercos estaban devorando a dos niños recién nacidos. Impactado por esta tremenda escena se sintió llamado por Dios para consagrar toda su vida al servicio de los abandonados. Quién iba a imaginar que unos marranos ocasionarían la santidad de este ejemplar sacerdote.

No nos explicamos, entonces, cómo este animal prohibido e inmundo logró entrar en las páginas de la Biblia y formar parte de los relatos del Evangelio. Eran dos mil aquellos cerdos de Gerasa que por petición expresa del demonio fueron poseídos por una legión de espíritus inmundos y enseguida perecieron ahogados en el fondo del lago (Mc 5,1-20). Gerasa era territorio extranjero y esto explica la existencia de tanto marrano. Los cerdos reaparecen nada menos que en la parábola del Padre Misericordioso y sus dos hijos, el relato más hermoso de todos los que Jesús pronunció. También en esta ocasión, los puercos actúan en el extranjero, en un «país lejano», lejos de la casa paterna. Allá, el hijo menor vivió de manera disoluta. Y «Después de malgastarlo todo, sobrevino en aquella región una gran hambre y él empezó a padecer necesidad. Entonces fue a pedirle trabajo a un habitante de aquel país, el cual lo mandó a sus campos a cuidar cerdos. Tenía ganas de hartarse con las bellotas que comían los cerdos, pero no lo dejaban que se las comiera».

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“Déjala todavia este año”

pacient.jpgNos ha tocado vivir en una época impaciente. La cultura actual se caracteriza por la aceleración y el deseo de acercar el futuro. Por eso, buscamos resultados inmediatos y el éxito rápido y fácil. La prisa caracteriza nuestra actividad personal y social: comida rápida, fotografías al minuto, estudios de bachillerato en seis meses, información al instante por Internet, recuperación de la forma esbelta en un abrir y cerrar de ojos… Y la paciencia, que camina a paso de tortuga, es entre nosotros una virtud ignorada y también sometida de modo constante a la prueba. Todo lugar y todo momento inclinan a la impaciencia. Resulta un acto heroico mantener la paciencia después de dos horas haciendo fila para ser atendido en la ventanilla, encontrarse atrapado de pronto en un embotellamiento de tráfico, ver como un aprovechado te gana el único espacio de estacionamiento que estabas a punto de ocupar. En casa, la esposa está a punto de perder la paciencia y los estribos por los defectos de su incorregible marido y el marido, a su vez, por el modo de ser tan feo de su esposa. Se impacientan los papás por las imprudencias, terquedades y errores de sus hijos, y éstos pierden la paciencia ante sus papás cada vez más distantes y por su autoritarismo.

Perdemos la paciencia con los compañeros de trabajo, con los clientes, pero también con los amigos, con el novio o la novia, con los seres más queridos y, para colmo de males, con Dios mismo porque no atiende de manera inmediata aquello que le pedimos. Nos impacienta el clima, caluroso o frío. Una mosca o un zancudo son capaces de vencer nuestra paciencia.

Al comenzar su pontificado, el Papa Benedicto XVI dijo que «el mundo es redimido por la paciencia de Dios y destruido por la impaciencia de los hombres». Con estas palabras, además de señalar la impaciencia como una de las graves enfermedades que nos aquejan, el Papa nos llamaba a tomar la vida con paciencia, serenidad, sensatez y dominio de sí, porque como lo advierte- la impaciencia es destructiva. Por lo general, la impaciencia acaba con la armonía y la convivencia familiar, destruye amistades, noviazgos, matrimonios, grupos eclesiales y relaciones internacionales, incluso puede destruir a la persona misma. Debemos ser pacientes con nosotros mismos, si queremos progresar como personas y como discípulos de Cristo.

Todos corremos el riesgo de perder la paciencia en el momento menos pensado. Todos hemos sido impacientes muchas veces. El que se sienta libre de impaciencia que tire la primera piedra. Sin embargo, las caídas en la impaciencia no significan derrota. Siempre, desde que Dios amanece hasta la pérdida en el sueño nocturno, debemos luchar para conservar la paciencia. Como virtud que es, la paciencia tiene que ser cultivada. Hay quienes recurren a técnicas de autodominio para ejercitar y mantener esta virtud. La mayoría de mexicanos conocemos aquella que difundieron los medios de comunicación y consiste en contar hasta diez. Ha sido comprobado que muchas personas explotaron de impaciencia al llegar al número 200. Nadie consigue ser una persona paciente sólo ejercitando técnicas ni mucho menos tomando medicamentos. La paciencia se conquista ejercitando otras virtudes y valores afines como la perseverancia, la fortaleza, la humildad, la tolerancia, la responsabilidad, la generosidad, la esperanza… Si, por ejemplo, soy soberbio o no tolero que me contradigan, perderé fácilmente la paciencia.

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El amor duele

transfi.jpgEl desamor, la ausencia o la negación del amor, es la causa de los mayores sufrimientos humanos. Porque la alegría más grande que podemos experimentar los seres humanos en esta vida, es amar y ser amados. El desamor duele y abre heridas que, a veces, permanecen abiertas durante toda la vida. La biografía de Cesare Pavese, escritor italiano (1908-1950) es una amarga historia de desamor. Su padre murió de un tumor cerebral. Estando en su lecho de muerte suplicó a su esposa -mujer de carácter dominante y demasiado autoritaria- que le permitiera ver por última vez a una vecina que había sido su amante. Obviamente, la madre de Cesare se negó.

Cesare Pavese vivió una infancia desdichada bajo la influencia de su madre, a la que amaba y odiaba al mismo tiempo. Durante su adolescencia, Cesare experimentó varios pasiones amorosas que terminaron en fracaso. En una ocasión, cuando tenía quince años, esperó durante horas, bajo el frío y la lluvia, a una bailarina de teatro que, ignorando al joven enamorado, huyó de él, saliendo por la puerta de atrás. De este encuentro frustrado consiguió, para colmo de males, una bronquitis crónica. Años más tarde, a mediados de los años treinta se enamoró de «Ella», «La Señorita», «Tina». Pavese nunca se refirió a ella por su nombre completo. Se sabe que ella era estudiante de matemáticas y compañera del comunista Altiero Spinelli. Cesare se enamoró profundamente de esta mujer, hasta el grado de recibir en su casa las cartas que Altiero le mandaba desde la cárcel.

Durante un registro, la policía encontró en casa de Cesare estas cartas y por esta razón fue llevado a la cárcel y después al destierro, en el pueblito calabrés de Brancaleone. En el exilio, Pavese creía que Tina seguía siendo su amada, pero ignoraba que Tina y Altiero se habían convertido en amantes. Escribía cartas al amor de su vida, diciéndole que estaba en el exilio, con gusto, por su causa. Hacia finales de 1935 Cesare dejó de recibir noticias de Tina. El escritor sufrió horrores e impulsado por la necesidad de ver a su amada, solicitó una gracia, que le fue concedida en 1936. Cesare Pavese regresó muy feliz a Turín, en donde sus amigos le informaron que «Ella», Tina, se había casado con otro. Pavese se desplomó en plena calle. A partir de esta experiencia dolorosa, nació en su corazón un sentimiento de desprecio hacia las mujeres. Sin embargo siguió intentando intimar con varias mujeres, sin éxito alguno. A algunas de ellas les propuso matrimonio, pero todas se negaron. Hizo su última tentativa a la americana Constance Dowting quien también lo rechazó. El 27 de agosto de 1950, alquiló una habitación en el hotel Roma de Turín y se suicidó tomando una sobredosis de somníferos mezclados con veneno. Antes, escribió la siguiente nota: «Perdono a todos y a todos pido perdón. No chismorreen demasiado».

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Deseos para mis hijos

familia010.jpgAlgu ien me hizo la siguiente pregunta: ¿Qué les desearías a tus hijos para un futuro próximo? La respuesta no era fácil, pero en ese mismo momento mi corazón de padre me aconsejó.

Mi primera reacción fue contestar con la razón y no con el corazón. Reacción obvia, ya el cerebro está acostumbrado a responder con cierta lógica.

Puesto que el supuesto razonamiento lógico se equivoca en innumerables ocasiones, ésta no fue la excepción. Ante ese tipo de preguntas, mi intelecto no funcionó, pues no era una pregunta para el cerebro. Pero la respuesta a estas preguntas, aunque parezca ilógica, debe ser la respuesta más lógica.

Lo único que deseo a mis hijos es que amen y sean amados, como los amamos su madre y yo. Porque si tienen esto en la vida, nada les faltará. Y sobre todo que tengan hijos para que sepan que cada uno de ellos es una bendición de Dios Nuestro Señor. Cada día que tenemos la dicha de poder «disfrutarlos» y amarlos, es como ver a Dios en cada uno de ellos, independientemente de su comportamiento o actitudes. Pero si la voluntad de Dios, para un matrimonio, es que no tengan hijos, no deben consideran este hecho como una desgracia. Seguramente Dios mismo les tiene preparada una misión en esta vida, y mi deseo es que tengan la sabiduría para descubrir cuál es esa misión.

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¿Libres?

ave001.jpgDesde que la humanidad existe sobre la faz de la tierra los problemas generacionales acompañan a los hombres. Los jóvenes, cuando son jóvenes, reniegan de los adultos y cuando, a su vez llegan a la edad adulta, les toca renegar de la siguiente generación de jóvenes.

Esto afecta por lo general a las sociedades, en algunos casos de manera negativa y en otros, positivamente. Por lo general, en todo lo que nos acontece tendemos a ver más lo negativo, ya que lo positivo nos beneficia y lo recibimos sin ningún problema.

Cada generación de jóvenes es diferente por el entorno en el que se vive, pero la búsqueda es la misma todas las generaciones juveniles. A los adultos actuales nos tocó vivir, de jóvenes, con libertades muy limitadas. Hoy, los jóvenes tienen más libertades, porque nosotros, los adultos, se las hemos dado, muchas veces con el pretexto de que no sufran por la falta de libertad que sufrimos nosotros. El único inconveniente es que los jóvenes no han sabido aprovechar para su bien este margen amplio de libertad y muchos se han inclinado hacia el libertinaje.

No es fácil, en el seno de la familia, el tratamiento de temas relacionados con los comportamientos y conductas de los jóvenes. Por la diversidad de opiniones y puntos de vista, a veces, estas conversaciones se convierten en batallas campales, y se crea un ambiente muy incómodo. No se llega a ninguna conclusión y mucho menos a un acuerdo.

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Ya no tienen vino

casados.jpgDicen que con los años, los seres humanos van perdiendo el entusiasmo por todo aquello que los llenó de ilusión en su juventud. Que llega el día en que uno se vuelve una persona desalentada, víctima del desengaño y de la rutina, y entonces pierden color y sabor el matrimonio, el trabajo, las diversiones, el futuro…  

Además del tiempo y de la edad, carcomen las ilusiones y la alegría de vivir las pérdidas irrecuperables, las experiencias dolorosas de fracaso en la amistad y el amor y las catástrofes naturales. Es cierto que la edad y las circunstancias adversas oscurecen el gozo de la vida y pueden llegar a borrar la sonrisa de los rostros, pero es también cierto que la alegría depende de nuestra libertad. De nosotros, de nuestra libre elección, depende ser felices o desgraciados. Imagino que muchos lectores negarán esta afirmación. ¿Cómo puede depender la alegría de la libre elección de una persona que ha perdido las dos piernas en un pavoroso accidente? ¿Cómo puede decidir ser alegre cuando me han diagnosticado un cáncer terminal? ¿Tiene sentido para quien siempre ha vivido en la miseria tomar la decisión de ser un tipo alegre?

Y a pesar de todo, la alegría depende de mí y de ti. Las circunstancias pueden eclipsar la alegría, pero yo puedo decidir salir de la oscuridad y recuperar la sonrisa, aún cuando ya nada siga siendo igual. Una mujer soltera, ya fallecida, se pasó el tiempo quejándose de los hechos dolorosos de su existencia no la habían dejado vivir. Y no le faltaban razones para quejarse, pues siendo apenas una niña murió su mamá. Cuando estaba a punto de terminar el duelo, murió su papá y se vio obligada a recomenzar el luto. Enseguida, sumados a problemas económicos y enfermedades, murieron en escala, uno tras otro, diversos familiares y así la mujer llegó a los sesenta años, siempre vestida de luto, y con la impresión de no haber gozado de la vida. Nunca fue a fiestas, no viajó a ninguna parte, no pudo hacer ninguna clase de estudios, no se relacionó con la gente de su edad, ni de otras edades, no se casó. En resumidas cuentas, nunca pudo hacer nada de lo soñaba cuando era joven, y cuando llegó a la madurez, cayó en la cuenta de que era demasiado tarde y el sol se estaba ocultando. A esta mujer le faltó liberarse lo suficiente de las cadenas de las circunstancias trágicas de su existencia, para poder vivir, y vivir en la alegría.

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Contra la creación

0012.jpgEl público ha venido enterándose las últimas semanas de un intenso debate provocado por la aprobación, en el Distrito Federal, de una ley que valida el matrimonio homosexual (así le llaman, matrimonio) y la adopción de menores en lo que es sin duda una aberración mayúscula contra la naturaleza, y que va contra la misma creación.

Esta disposición legal deriva del grana avance que han logrado movimientos homosexuales en Europa y Estados Unidos, donde hay una fuerte presión hacia los gobiernos para que validen esa forma de vivir entre personas del mismo sexo, con derechos y obligaciones mutuos.

Como se sabe, la capital mexicana tiene el dudoso honor de haberse constituido en América Latina como el primer lugar que permite bodas gay. Este hecho avergüenza, no cabe duda, a millones de católicos mexicanos que no están de acuerdo con este despropósito de tan graves implicaciones económicas, jurídicas y morales que aún se desconocen.

Por ello, nuestros dirigentes eclesiales no se han quedado con los brazos cruzados y actualmente critican con firmeza que se autorice la adopción entre homosexuales. Estoy seguro de que si el Señor Marcelo Ebrard mandara hacer una encuesta para saber qué pensamos los mexicanos sobre el tema, se llevaría una sorpresa desagradable y, de paso, conservaría sus lejanas posibilidades de competir dignamente por la presidencia del país en el 2012, porque pienso que los mexicanos le darían la espalda por ser un precandidato tan arrogante y le reprobarían sus argumentos de poder.

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Enaltecer a Dios

Nuestro libro sagrado postula que el mundo fue creado por el amor de Dios, que el objetivo final del universo es mostrar su gloria y que Él es la razón de la existencia de todo. Dios hizo todo para su gloria, sin ella no habría nada. Proverbios 16, 4 apunta que todo lo ha creado Yahvé para su fin y aún al impío para el día aciago.

La gloria de Dios es Dios, es la esencia de la naturaleza, es la demostración de su poder y la atmósfera de su presencia. La gloria de Dios es la expresión de su bondad y todas las demás cualidades intrínsecas y eternas de su persona. La gloria de Dios es también saber perdonar. Dios posee una gloria inherente porque es Dios y esa gloria se ve mejor en Jesucristo quien vino al mundo para dar gloria del Padre y por quien todo fue hecho. A Dios Padre debemos amar, honrar y reflejar su gloria porque lo merece.

Los seres humanos podemos constatar que el universo es perfecto, equilibrado y grandioso. Aun los que no creen en Dios, los ateos, exclaman asombrados que, en efecto, el «arquitecto del universo» lo hizo todo perfectamente.

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