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“Tres no sé qué”

trini002.jpgEl viejo Haakón cuidaba una cierta ermita. En ella se conservaba un Cristo muy venerado que recibía el significativo nombre de «Cristo de los Favores». Todos acudían a él para pedirle ayuda. Un día también el ermitaño Haakón decidió solicitar un favor y, arrodillado ante la imagen, dijo: -Señor, quiero padecer por ti. Déjame ocupar tu lugar. Quiero reemplazarte en la cruz. Y se quedó quieto, con los ojos puestos en la imagen, esperando su respuesta. De repente -¡oh maravilla!- vio que el crucificado empezaba a mover los labios y le dijo: -Amigo mío, acepto lo que deseas, pero ha de ser con una condición: que, suceda lo que suceda, y veas lo que veas, guardarás siempre silencio. Te lo prometo, Señor.

Y se efectuó el cambio. Nadie se dio cuenta de que era Haakón quien estaba en la cruz, sostenido por los cuatro clavos, y que el Señor Jesús ocupaba el puesto del ermitaño. Los devotos seguían desfilando pidiendo favores, y Haakón, fiel a sus promesa, callaba. Hasta que un día…

Llegó un ricachón y, después de haber orado, dejó allí olvidada su bolsa. Haakón lo vio, pero guardó silencio. Tampoco dijo nada cuando un pobre, que vino dos horas más tarde, se apropió de la bolsa del rico. Y tampoco dijo nada cuando un muchacho se postró ante él, poco después, para pedirle su protección antes de emprender un viaje. Pero no pudo contenerse cuando vio regresar al hombre rico, quien, creyendo que era ese muchacho el que se había apoderado de la bolsa, insistía en denunciarlo a la policía. Se oyó entonces una fuerte voz: -¡Detente!

Ambos miraron hacia arriba y vieron que era la imagen la que había gritado. Haakón aclaró cómo habían ocurrido realmente las cosas. El rico quedó anonadado y salió de la ermita. El joven salió también porque tenía prisa para emprender su viaje. Cuando por fin la ermita quedó sola, Cristo se dirigió a Haakón y le dijo: -Baja de la cruz. No sirves para ocupar mi puesto. No has sabido guardar silencio. Señor, dijo Haakón confundido, ¿cómo iba a permitir esa injusticia? Cristo le contestó: – Tú no sabías que al rico le convenía perder la bolsa, pues llevaba en ella el precio de la virginidad de una mujer. El pobre, en cambio, tenía necesidad de ese dinero e hizo bien en llevárselo. En cuanto al muchacho último, si hubiera quedado retenido no habría llegado a tiempo de embarcar y habría salvado su vida, porque has de saber que en este momento su barco está hundiéndose en alta mar.

Esta leyenda noruega, anónima, nos enseña a no maltratar el misterio de Dios. Según las enseñanzas de los grandes maestros del cristianismo, es necesario tratar de comprender el misterio de Dios hasta donde podamos, pero también es necesario guardar silencio ante el gran misterio divino que supera nuestras capacidades humanas. ¿Quiénes somos nosotros para juzgar los designios y los comportamientos de Dios? El misterio de la Santísima Trinidad es el centro de nuestra fe cristiana. Sin embargo, se trata de de un misterio tan grande que hace estallar nuestros razonamientos humanos. Si ya es demasiado difícil creer que existe Dios, todavía es más difícil creer que es uno y trino. Los ateos, incrédulos, piensan que los cristianos creemos en un absurdo, porque según la lógica y los cálculos es imposible que tres sean uno y uno sea tres a la vez.

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Mi paz les doy

manos0034.jpgActualmente, la paloma de la paz, si no está muerta, se encuentra herida de gravedad en el mundo y en el interior de las personas. No tenemos paz interior ni exterior. Es muy difícil vivir sin paz exterior afirma Raimon Panikkar, el filósofo catalán de 92 años- pero es imposible vivir sin paz interior. Si una paz interior no lleva a la paz exterior, no es ni siquiera paz interior. Pero una paz exterior, acompañada de un interior confuso, lleno de resentimientos, intolerancia, frialdad, odio, venganza y ansiedad, no sirve para nada.

Había un abad en el desierto que tenía un discípulo y varias ermitas. Llegó un monje nuevo y el abad le prestó una ermita. Este nuevo monje era un santo y recibía muchas visitas. Le entró la envidia al abad y mandó a su discípulo para decirle al monje santo y popular que abandonara la ermita. Pero el discípulo fue y le preguntó de parte del abad cómo se encontraba. Le contestó que le dolía el estómago y que agradeciera al abad su interés por él. Volvió el discípulo y le dijo al abad que el monje nuevo le pedía que le dejara dos días más y se iría. Pero no se fue. El abad volvió a enviar a su discípulo para que el monje se fuera inmediatamente. Y si no, iría él con un garrote y lo echaría a palos. Pero el discípulo fue y le preguntó, de parte del abad, si se encontraba mejor de salud. Éste le dijo que diera muchas gracias al abad por su delicadeza y por las oraciones que rezaba por él. El discípulo volvió a su superior y le dijo que el monje le pedía permanecer en la ermita hasta el domingo.

Llegó el domingo y entonces el abad, furioso porque el monje no se iba, tomó un garrote y se dirigió hacia la ermita. El discípulo le dijo: -Déjame ir por delante para que despida a sus visitantes y no se escandalicen. Se adelantó y dijo al monje santo: -Mi abad viene a visitarte. Sal a su encuentro para que le agradezcas el haberte dejado habitar en la ermita. Salió el monje y se tiró a los pies del abad y se los besaba agradecido, pues había sido generoso y había rezado por él. Esto desarmó al abad, lo invitó a comer y le regaló la ermita que le había prestado. Cuando el monje se fue a la que ya era su ermita, el abad preguntó a su discípulo: -Dime la verdad. ¿Le dabas mis recados al monje? Perdóneme, usted, contestó el discípulo, pero no se los daba. Pues ahora dijo el superior-yo seré tu discípulo y tú serás mi abad, ya que estás mucho más cerca de Dios que yo.

El abad reconoció que la envidia que llevaba en su corazón lo condujo al desprecio y a la violencia y comprendió que su discípulo era un hombre pacífico, de paz interior, y por eso mismo sembraba la paz y la reconciliación entre las personas con las cuales se relacionaba.

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Primero Dios

obispos003.jpgEl pasado 7 de mayo se publicó una noticia sobre la condena que el Tribunal Supremo de Elecciones (TSE) en Costa Rica hizo a Mons. José Francisco Ulloa, Obispo de Cártago. Mons. Ulloa será obligado «a pagar las costas (Costas procesales, en Derecho procesal, son los gastos en que debe incurrir cada una de las partes involucradas en un juicio), daños y perjuicios causados». El motivo de la condena fueron unas palabras que pronunció en una misa celebrada en septiembre del año pasado, donde dijo: «estamos frente a una campaña política en donde debemos escoger muy bien a quienes nos van a gobernar. Candidatos que niegan a Dios y defienden principios que van contra la vida, contra el matrimonio, contra la familia ya los estamos conociendo. Por lo tanto, debemos ser coherentes con nuestra fe y en conciencia no podemos darles un voto». Según el Tribunal ya antes mencionado y unos integrantes del Movimiento por un Estado Laico, Mons. Ulloa violó el artículo 28 de la Constitución que dice: «no se podrá, sin embargo, hacer en forma alguna propaganda política por clérigos o seglares invocando motivos de religión o valiéndose, como medio, de creencias religiosas». ¡Bien hecho Mons. Ulloa!.

Si los Costarricenses no quieren seguir perdiendo tiempo en estos juicios tendrán que modificar su constitución, porque ni Mons. Ulloa ni ningún otro Obispo o sacerdote dejarán de invitar al los cristianos a ser coherentes con su fe y reflejar en su vida diaria los valores del Reino de los Cielos. En el libro de los Hechos de los Apóstoles hay un acontecimiento que ilumina muy bien esta condena: Pedro y los apóstoles habían sido encarcelados por predicar a Jesús, fueron liberados por un Ángel y regresaron al templo a seguir haciendo lo mismo; sin poder explicarse como es que salieron de la prisión los miembros del sanedrín los mandaron traer y les dijeron: «Les prohibimos severamente enseñar en nombre de ese (Jesús), y sin embargo ustedes han llenado Jerusalén con su doctrina y quieren hacer recaer sobre nosotros la sangre de ese hombre. Pedro y los apóstoles contestaron: –Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres». Constituciones van y constituciones vienen, y para un cristiano responsable es fundamental respetar dichos estatutos hasta donde estos no violen los derechos fundamentales ni impidan vivir coherentemente los contenidos de nuestra fe; cuando esas constituciones van más allá de esos derechos y contenidos, pues entonces los mandamos por un tubo como lo hizo Mons. Ulloa.

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Como yo los he amado

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¿Cómo sabemos que queremos a alguien? La respuesta más común e inmediata es porque deseamos a una persona. Etty Hillesum fue una extraordinaria mujer holandesa de origen judío fallecida a los 29 años, víctima del nazismo, en el campo de concentración de Auschwitz. Quien más influyó en su crecimiento humano y espiritual fue su amigo Julio Spier, por el cual experimentó al principio un fuerte deseo y atracción sexual. «Lo quería ‘poseer’, escribió en su Diario… Dios, protégeme y dame fuerza, que la lucha será dura…Durante un par de días no fui capaz de otra cosa que de pensar en él, aunque en realidad eso no se puede llamar pensar en alguien; se trataba más bien de una atracción física. Su cuerpo grande y flexible me amenazaba por todas partes…Físicamente nos atraemos sin remedio…» Etty Hillesum pudo ir más allá de su deseo y atracción física y la historia terminó en una amistad profunda. Los griegos de la antigüedad llamaron «eros» al amor de deseo. Este amor erótico se presenta como una locura. El enamorado pierde la cabeza y no sabe controlar las fuerzas extrañas que se apoderan de él.

¿Existen otras respuestas a la pregunta cómo sabemos si amamos a alguien? Lo sabemos decía don José Ortega y Gasset, el filósofo español- cuando nuestra atención se concentra de modo exagerado en una persona y entonces ya no se piensa más que en ella. Otros, piensan que la tristeza o el dolor que se siente por la ausencia de la persona amada es la señal del enamoramiento. Pero hay quienes como el filósofo holandés del siglo XVII Baruch Spinoza- piensan lo contrario: siento que amo a una persona por la alegría que experimento cuando está presente. El amor nos hace felices. Sin embargo, hay otro fruto del amor más grande y profundo que la alegría y es aquel que intentamos expresar con palabras como éstas: «Tú eres quien da sentido a mi vida», «Tú eres la razón de mi existencia, de tal manera que no podría vivir sin ti».

Casi cuatrocientos años antes de Cristo, el pensador griego Aristóteles enseñó que «amar es querer el bien para alguien». Esta idea voltea y supera todas las respuestas que hemos mencionado. Porque, en realidad, esas respuestas buscan el beneficio de quien ama, del amante. Quiero que me ames para calmar mi deseo erótico, para que me hagas feliz y le des sentido a mi vida, para que soluciones mi problema de soledad, etc. Ahora se trata, según Aristóteles, de buscar el beneficio de la persona amada. El cambio es muy importante. En todas las respuestas que indicamos antes, la persona que ama ocupa el centro y por tanto, no sale de sí misma, porque sólo busca su propio bien. La respuesta del sabio griego exige salir de uno mismo para buscar el bien de la persona amada. Quien ama ya no pide regalos para sí mismo, sino que se convierte en regalo para la persona amada. Su único interés es la felicidad del otro; su deseo no es otro que el procurarle todo bien. La tortilla se ha volteado: dando es como se recibe.

Pero faltaba la última palabra sobre el amor, que habría de ser pronunciada y vivida por Jesús de Nazaret, el Dios hecho hombre. Cuando Jesús salió del cenáculo, pocas horas antes de comenzar su Pasión y muerte en cruz, dijo a sus discípulos: «Les doy un mandamiento nuevo: que se amen los unos a los otros, como yo los he amado; y por este amor reconocerán todos que ustedes son mis discípulos» (Jn 13, 34-35). En la misa del quinto domingo de Pascua proclamamos y meditamos este mandamiento del Señor.

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Perdone Usted

asombro.jpgDe acuerdo con la real academia Española, la palabra perdón proviene del prefijo latino per y del verbo latino donare, que significan respectivamente, «pasar, cruzar, adelante» y «donar, donación, regalo, obsequio, dar».

Esta definición está sujeta a la crítica filosófica. En términos simples, el perdón sólo puede ser considerado por quien lo extiende y la persona objeto de ese regalo, en términos de familiaridad o amistad de los individuos implicados. En algunos contextos puede ser dado sin que el agraviado pida alguna compensación o algo a cambio, con o sin respuesta del ofensor, enterado o no de tal acción, como seria el caso de una persona fallecida, o como forma sicoterapeuta en ausencia del agresor. En términos prácticos, podría ser necesario que el agresor ofrezca una disculpa, restitución o aún el pedir ser perdonado, como reconocimiento de su error, para el conocimiento del agraviado el cual pueda perdonar.

Desde que somos niños, este perdón para muchos es de lo más difícil de pedir, y en algunos casos también cuesta mucho trabajo otorgarlo. Esto se complica más conforme vamos creciendo, ya que el agravio puede ser mayor y por consecuencia el pedir o el dar se dificulta cada vez más. Estas negaciones nos acompañan todo el tiempo y hacen que crezcan los resentimientos y nos aleja de las personas con las que pudiéramos tener una convivencia sana, con el solo hecho de pedir u otorgar el perdón.

Esta falta de convivencia agradable es muy notoria entre algunos hermanos, (desde el tiempo de Caín y Abel) ya que es de todos los días y a todas horas el tener que convivir en un mismo espacio con las mismas personas. Pero donde tiene más repercusión, es en los matrimonios, en los casos donde no se da ni se pide el perdón, ya que se van acumulando una serie de resentimientos y por consiguiente los hijos van aprendiendo esto con el ejemplo de los padres.

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Pero sigue siendo el Rey

jesus0056.jpgJesús entró a Jerusalén, la Ciudad Santa, rodeado de una multitud que lo aclamaba con palmas y ramos en las manos. Muchos pensaron que ese día comenzaría el nuevo reino de Israel, que Jesús destruiría al imperio romano y se convertiría en Rey de reyes. Suponían que comenzaría por expulsar a Pilato y ocupar su palacio. Pero Jesús no cabalgó por las calles de la Ciudad de David hacia el palacio de Pilato ni hacia el palacio de Herodes, sino hacia el Calvario. Con su entrada a Jerusalén, Jesús comenzó el camino de la cruz. «Llegó con tres heridas: la del amor, la de la de muerte, la de la vida», gime el poeta español Miguel Hernández desde la cárcel, poco antes de morir. Así llegó Jesús a Jerusalén aquel día, con la herida del amor más fuerte que la muerte. El poeta de Orihuela murió de tuberculosis en la cárcel de Alicante, a las 5:30 de la madrugada del día 28 de marzo de 1942, víspera del Domingo de Ramos. Providencial coincidencia.

Jesús, que nunca aceptó los aplausos ni se dejó seducir por la fama y el poder, en su última entrada a Jerusalén no sólo aprobó las palmas y las aclamaciones del pueblo, sino que él mismo organizó los preparativos del ingreso triunfal. Ordenó a dos de sus discípulos: «Vayan al caserío que está frente a ustedes. Al entrar, encontrarán atado un burrito que nadie ha montado todavía. Desátenlo y tráiganlo aquí…» (Lc 19,30) ¿Esto significa que Jesús había caído lamentablemente en la tentación del poder y de la vanagloria? De ninguna manera. En su entrada a Jerusalén, Jesús acepta que la multitud lo proclame rey, porque sabe que en los siguientes días, en esa ciudad, será condenado a morir en la cruz. Y entre todas las profecías del Antiguo Testamento que hablaban del Mesías, escogió la de Zacarías porque le pareció más adecuada a su mesianismo que termina en la crucifixión: «Salta de alegría, Sión -había escrito el profeta 520 años antes-, lanza gritos de júbilo, Jerusalén, porque se acerca tu rey, justo y victorioso, humilde y montado en un burro, en un joven borriquillo» (Zac 9,9).

Nadie marcha alegre, como triunfador, hacia el quirófano ni al encuentro con la muerte. John Donne, el genial poeta inglés de los siglos XVI y XVII, decía que nadie duerme en la carreta que lo conduce al patíbulo y que, sin embargo, todos dormimos de la cuna a la sepultura o no estamos del todo despiertos. ¿Qué iba a hacer Jesús ante la sentencia de muerte que dictaron en su contra las autoridades judías y romanas? ¿Desdecirse, huir a un país lejano y así traicionar a su Padre? Iría hasta el final. Nada ni nadie podría detener la obra que el Padre había puesto en sus manos. Aceptará la muerte por la causa del reino de Dios. Abrazará por amor la cruz. Resuelto a encarar este destino trágico inició desde Galilea su marcha hacia Jerusalén, con paso firme y confiado en su Padre. Varias veces, durante el largo camino, anunció a los apóstoles su trágico final y también su resurrección, convencido de que Dios no abandona al justo en la persecución y en la muerte. Por eso podía dormir en la carreta que lo conducía al patíbulo y subir alegre y victorioso a la Ciudad de David que sería su cadalso.

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Que le tire la primera piedra

piedras.jpgLas piedras son seres materiales, inanimados y no tienen conciencia, pero guardan la memoria del universo. En su interior está escrita la historia de la tierra. Las piedras son como páginas desprendidas de un libro de historia del mundo que el viento ha esparcido por todas partes. Pero hay saber leerlas. Primero fueron las piedras y después el ser humano. Sin embargo, desde la prehistoria humana, piedra y humanos han sido grandes amigos. Los primeros seres humanos profesaron un gran respeto y admiración a las piedras porque las consideraban resistentes, inmutables e invariables. Las piedras permanecen, los hombres se van.

La primera prehistoria humana, muy larga por cierto, se llamó «Edad de Piedra». Los seres humanos primitivos utilizaron las piedras para hacer fuego y enseguida para fabricar armas y recipientes. Terminó la Edad de Piedra cuando la humanidad descubrió y usó otros materiales para fabricar utensilios. La moderna tecnología ha condenado al olvido a las piedras, pero ellas están ahí, humildes y siempre disponibles. Las ciencias que hoy gozan de prestigio, deben su éxito y desarrollo a las piedras. En épocas remotas, las matemáticas se practicaban con piedras. Los romanos, en su lengua latina, llamaban cálculos a las piedras pequeñas (y esto nos hace recordar los cálculos renales, tan dolorosos) y a la operación de cambiar las piedras para conseguir diferentes resultados, le llamaban calcular. Actualmente llamamos calculadoras a las máquinas que nos ayudan a realizar con rapidez y sin esfuerzo, las operaciones matemáticas.

La Sagrada Escritura llama Roca firme a Dios eterno, inmutable y todopoderoso. El Nuevo Testamento proclama a Cristo piedra desechada por los constructores y convertida ahora en Piedra Angular. Jesús dio el nombre de Pedro, es decir, Piedra, al apóstol Simón y le aseguró que sobre esa roca firme edificaría su Iglesia. En su predicación, Jesús comparó al discípulo firme en su fe, porque escucha el evangelio y lo pone en práctica, con una casa edificada sobre roca. Dijo también que de las piedras, Dios podría sacar hijos de Abrahán. A los fariseos que le pidieron callara a sus discípulos, respondió: «Les aseguro que si éstos callaran, empezarían a gritar las piedras» (Lc 19,40). El evangelio es un libro empedrado. Hay piedras por todas partes. Por ejemplo, la piedra del molino atada al cuello de quien escandalizó a uno de los pequeños (discípulos) de Cristo, y las piedras que iban a quitar la vida a una mujer sorprendida en adulterio. En la misa del último Domingo de Cuaresma, leemos este relato (Jn 8,1-11):

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Lo mandó a sus campos a cuidar cerdos

padre_mise.jpgEl cerdo no forma parte de la fauna ni de la granja bíblica, puesto que el libro del Levítico lo coloca en la lista negra de los animales impuros (Lev 11,7). Respetuosos de la Ley de Moisés, los judíos no comían ni comen carne de puerco. Moisés Maimónides, filósofo judío del siglo XIII nacido en Córdoba, decía que Dios había prohibido la carne de cerdo como medida de salud pública. Escribió que esta carne «Tiene un efecto malo y perjudicial para el cuerpo», pero no explica el porqué. A mediados del siglo XIX se descubrió que la triquinosis era provocada por comer carne de cerdo mal cocida. En su obra, «vacas, cerdos, guerras y brujas», publicada en 1980, Marvin Harris, controvertido antropólogo estadounidense fallecido en 2001, explica que el Oriente Medio, demasiado árido, no es el lugar adecuado para criar puercos, ya que este animal sólo puede sobrevivir bajo la sombra y junto al agua.

Por lo visto, la mala fama del cerdo tiene una historia milenaria. En casi todas las culturas se le asocia con la suciedad, la gula, la pereza y en general, con toda bajeza moral. Entre los colimenses, después de la «viga», las palabras más ofensivas e hirientes tienen que ver con este inmundo y a la vez apreciado animal. Nadie soporta que le digan que es un puerco, cochino o marrano. Los puercos comen de todo, incluso seres humanos. Un día, San José María de Yermo y Parres sacerdote mexicano elevado a los altares el 21 de mayo de 2000, en la Basílica romana de San Pedro- se encontró con una escena terrible, mientras se dirigía a su templo del Calvario: unos puercos estaban devorando a dos niños recién nacidos. Impactado por esta tremenda escena se sintió llamado por Dios para consagrar toda su vida al servicio de los abandonados. Quién iba a imaginar que unos marranos ocasionarían la santidad de este ejemplar sacerdote.

No nos explicamos, entonces, cómo este animal prohibido e inmundo logró entrar en las páginas de la Biblia y formar parte de los relatos del Evangelio. Eran dos mil aquellos cerdos de Gerasa que por petición expresa del demonio fueron poseídos por una legión de espíritus inmundos y enseguida perecieron ahogados en el fondo del lago (Mc 5,1-20). Gerasa era territorio extranjero y esto explica la existencia de tanto marrano. Los cerdos reaparecen nada menos que en la parábola del Padre Misericordioso y sus dos hijos, el relato más hermoso de todos los que Jesús pronunció. También en esta ocasión, los puercos actúan en el extranjero, en un «país lejano», lejos de la casa paterna. Allá, el hijo menor vivió de manera disoluta. Y «Después de malgastarlo todo, sobrevino en aquella región una gran hambre y él empezó a padecer necesidad. Entonces fue a pedirle trabajo a un habitante de aquel país, el cual lo mandó a sus campos a cuidar cerdos. Tenía ganas de hartarse con las bellotas que comían los cerdos, pero no lo dejaban que se las comiera».

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Todavía no es el fin

terrem.jpgEn esta semana se llevó a cabo la toma de posesión del nuevo mandatario en Chile, Sebastián Piñera y circularon en los medios las fotos y vídeos de los asistentes con rostro de miedo, ya que en plena ceremonia se sintieron entro dos o tres replicas más; la más fuerte fue de 6.9 grados. El fenómeno nos sigue impresionando bastante y a raíz de estos acontecimientos naturales (terremotos de Haití y Chile y otros) se han detonado una serie de comentarios, afirmaciones y profecías sobre si el mundo ya se está acabando. Entre los que más se prestan a este tipo de rumores se encuentran algunas sectas protestantes, adivinos, chamanes y estafadores que aprovechándose de la sencillez de la gente les gusta crear expectación y ganar protagonismo. El problema es que también entre los católicos hay quienes se prestan a esto.

La realidad es que vivimos en una tierra en constante movimiento y los terremotos son algo natural por el desplazamiento de las placas tectónicas. La gente adulta recuerda terremotos históricos y al contarlos también le ponen un poco de salsa. Los 10 más terribles terremotos que se tienen registrados desde el 1900, según su magnitud son los siguientes (fuente Univisión): 22 de mayo de 1960 – Chile – Un terremoto que midió 9.5 en la escala Richter sacudió Santiago y Concepción, desatando olas gigantescas y erupciones volcánicas. Unas 5 mil personas murieron y 2 millones quedaron sin hogar. 28 de marzo de 1964 – Alaska – Un terremoto y posterior tsunami mataron a 125 personas y causaron unos 311 millones de dólares en daños materiales. El terremoto, que midió 9.2 se sintió en una amplia área de Alaska y partes occidentales del territorio Yukón y British Columbia, Canadá. 9 de marzo de 1957 – Alaska – Un sismo de 9.1 golpeó las islas Andreanof. En la isla Umnak, el monte Vsevidof hizo erupción después de estar dormido por 200 años, generando un tsunami de 15 metros de alto que llegó hasta Hawai. 26 de diciembre del 2004 – Indonesia – Un terremoto de 9.0 golpeó la costa de la provincia de Aceh en el norte de la isla indonesa de Sumatra y desató un tsunami que mató a miles de personas en Sri Lanka, Tailandia, Indonesia y la India. 4 de noviembre de 1952 – Rusia – Un terremoto de magnitud 9.0 generó un tsunami que golpeó las islas hawaianas. No hubo muertos. 31 de enero de 1906 – Ecuador – Un sismo de 8.8 registrado cerca de la costa de Ecuador y Colombia generó un fuerte tsunami que mató hasta mil personas. Se sintió a lo largo de la costa pacífica de América Central hasta San Francisco y tan lejos como el oeste de Japón. 4 de febrero de 1965 – Alaska – De magnitud 8.7 grados, el terremoto generó un tsunami que se reportó tenía 10.7 metros de alto en la isla Shemya. 15 de agosto de 1950 – Tibet/India – 2 mil casas, templos y mezquitas quedaron destruidas tras un terremoto de 8.6 Richter. La zona más afectada fue la cuenca Brahmaputra en el noreste de India. Al menos 1.500 personas murieron. 3 de febrero de 1923 – Rusia – Kamchatka fue golpeada por un terremoto de magnitud 8.5. 1 de febrero de 1938 – Indonesia – Un terremoto magnitud 8.5 en el mar de Banda generó varios tsunami causando grandes daños en Banda y Kai, islas volcánicas en el este de Indonesia.

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“Déjala todavia este año”

pacient.jpgNos ha tocado vivir en una época impaciente. La cultura actual se caracteriza por la aceleración y el deseo de acercar el futuro. Por eso, buscamos resultados inmediatos y el éxito rápido y fácil. La prisa caracteriza nuestra actividad personal y social: comida rápida, fotografías al minuto, estudios de bachillerato en seis meses, información al instante por Internet, recuperación de la forma esbelta en un abrir y cerrar de ojos… Y la paciencia, que camina a paso de tortuga, es entre nosotros una virtud ignorada y también sometida de modo constante a la prueba. Todo lugar y todo momento inclinan a la impaciencia. Resulta un acto heroico mantener la paciencia después de dos horas haciendo fila para ser atendido en la ventanilla, encontrarse atrapado de pronto en un embotellamiento de tráfico, ver como un aprovechado te gana el único espacio de estacionamiento que estabas a punto de ocupar. En casa, la esposa está a punto de perder la paciencia y los estribos por los defectos de su incorregible marido y el marido, a su vez, por el modo de ser tan feo de su esposa. Se impacientan los papás por las imprudencias, terquedades y errores de sus hijos, y éstos pierden la paciencia ante sus papás cada vez más distantes y por su autoritarismo.

Perdemos la paciencia con los compañeros de trabajo, con los clientes, pero también con los amigos, con el novio o la novia, con los seres más queridos y, para colmo de males, con Dios mismo porque no atiende de manera inmediata aquello que le pedimos. Nos impacienta el clima, caluroso o frío. Una mosca o un zancudo son capaces de vencer nuestra paciencia.

Al comenzar su pontificado, el Papa Benedicto XVI dijo que «el mundo es redimido por la paciencia de Dios y destruido por la impaciencia de los hombres». Con estas palabras, además de señalar la impaciencia como una de las graves enfermedades que nos aquejan, el Papa nos llamaba a tomar la vida con paciencia, serenidad, sensatez y dominio de sí, porque como lo advierte- la impaciencia es destructiva. Por lo general, la impaciencia acaba con la armonía y la convivencia familiar, destruye amistades, noviazgos, matrimonios, grupos eclesiales y relaciones internacionales, incluso puede destruir a la persona misma. Debemos ser pacientes con nosotros mismos, si queremos progresar como personas y como discípulos de Cristo.

Todos corremos el riesgo de perder la paciencia en el momento menos pensado. Todos hemos sido impacientes muchas veces. El que se sienta libre de impaciencia que tire la primera piedra. Sin embargo, las caídas en la impaciencia no significan derrota. Siempre, desde que Dios amanece hasta la pérdida en el sueño nocturno, debemos luchar para conservar la paciencia. Como virtud que es, la paciencia tiene que ser cultivada. Hay quienes recurren a técnicas de autodominio para ejercitar y mantener esta virtud. La mayoría de mexicanos conocemos aquella que difundieron los medios de comunicación y consiste en contar hasta diez. Ha sido comprobado que muchas personas explotaron de impaciencia al llegar al número 200. Nadie consigue ser una persona paciente sólo ejercitando técnicas ni mucho menos tomando medicamentos. La paciencia se conquista ejercitando otras virtudes y valores afines como la perseverancia, la fortaleza, la humildad, la tolerancia, la responsabilidad, la generosidad, la esperanza… Si, por ejemplo, soy soberbio o no tolero que me contradigan, perderé fácilmente la paciencia.

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