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“Tres no sé qué”

trini002.jpgEl viejo Haakón cuidaba una cierta ermita. En ella se conservaba un Cristo muy venerado que recibía el significativo nombre de «Cristo de los Favores». Todos acudían a él para pedirle ayuda. Un día también el ermitaño Haakón decidió solicitar un favor y, arrodillado ante la imagen, dijo: -Señor, quiero padecer por ti. Déjame ocupar tu lugar. Quiero reemplazarte en la cruz. Y se quedó quieto, con los ojos puestos en la imagen, esperando su respuesta. De repente -¡oh maravilla!- vio que el crucificado empezaba a mover los labios y le dijo: -Amigo mío, acepto lo que deseas, pero ha de ser con una condición: que, suceda lo que suceda, y veas lo que veas, guardarás siempre silencio. Te lo prometo, Señor.

Y se efectuó el cambio. Nadie se dio cuenta de que era Haakón quien estaba en la cruz, sostenido por los cuatro clavos, y que el Señor Jesús ocupaba el puesto del ermitaño. Los devotos seguían desfilando pidiendo favores, y Haakón, fiel a sus promesa, callaba. Hasta que un día…

Llegó un ricachón y, después de haber orado, dejó allí olvidada su bolsa. Haakón lo vio, pero guardó silencio. Tampoco dijo nada cuando un pobre, que vino dos horas más tarde, se apropió de la bolsa del rico. Y tampoco dijo nada cuando un muchacho se postró ante él, poco después, para pedirle su protección antes de emprender un viaje. Pero no pudo contenerse cuando vio regresar al hombre rico, quien, creyendo que era ese muchacho el que se había apoderado de la bolsa, insistía en denunciarlo a la policía. Se oyó entonces una fuerte voz: -¡Detente!

Ambos miraron hacia arriba y vieron que era la imagen la que había gritado. Haakón aclaró cómo habían ocurrido realmente las cosas. El rico quedó anonadado y salió de la ermita. El joven salió también porque tenía prisa para emprender su viaje. Cuando por fin la ermita quedó sola, Cristo se dirigió a Haakón y le dijo: -Baja de la cruz. No sirves para ocupar mi puesto. No has sabido guardar silencio. Señor, dijo Haakón confundido, ¿cómo iba a permitir esa injusticia? Cristo le contestó: – Tú no sabías que al rico le convenía perder la bolsa, pues llevaba en ella el precio de la virginidad de una mujer. El pobre, en cambio, tenía necesidad de ese dinero e hizo bien en llevárselo. En cuanto al muchacho último, si hubiera quedado retenido no habría llegado a tiempo de embarcar y habría salvado su vida, porque has de saber que en este momento su barco está hundiéndose en alta mar.

Esta leyenda noruega, anónima, nos enseña a no maltratar el misterio de Dios. Según las enseñanzas de los grandes maestros del cristianismo, es necesario tratar de comprender el misterio de Dios hasta donde podamos, pero también es necesario guardar silencio ante el gran misterio divino que supera nuestras capacidades humanas. ¿Quiénes somos nosotros para juzgar los designios y los comportamientos de Dios? El misterio de la Santísima Trinidad es el centro de nuestra fe cristiana. Sin embargo, se trata de de un misterio tan grande que hace estallar nuestros razonamientos humanos. Si ya es demasiado difícil creer que existe Dios, todavía es más difícil creer que es uno y trino. Los ateos, incrédulos, piensan que los cristianos creemos en un absurdo, porque según la lógica y los cálculos es imposible que tres sean uno y uno sea tres a la vez.

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Subió al cielo

ascen.jpgEntre las palabras más desgastadas, por su uso frecuente en todos los idiomas de la tierra, se encuentra el término «cielo». Según el famoso teólogo suizo Hans Küng se trata de la palabra más ensuciada, profanada y desgarrada. Es palabra azul que sirvió durante tantos siglos para indicar nuestra felicidad eterna, ahora se ha reducido a los espacios inmensos que acercan un poco a nuestra visión los telescopios y satélites. En el lenguaje ordinario, la palabra cielo sólo significa sorpresa: ¡Santo cielo!, y en las canciones de amor, con frecuencia expresa romanticismos baratos: «Ese lunar que tienes, cielito lindo, junto a la boca, no se lo des a nadie, cielito lindo, que a mí me toca». Los creyentes cristianos hemos dado rienda suelta a la imaginación, a la fantasía, para hablar del cielo de Dios.

La fiesta de la Ascensión del Señor, que celebramos el domingo 16 de mayo del presente, nos brinda la oportunidad de pensar en esa palabra celestial que forma parte del Credo. El evangelio de la misa dice que Jesús «Se fue apartando de ellos (de sus discípulos) y elevándose al cielo». Con la palabra «apartar», el evangelista san Lucas quiere dar a entender que a partir de la resurrección, Jesús se «separó» de los suyos. Ya no estará presente físicamente, como antes, pero estará presente de modo invisible, a través del Espíritu Santo. El evangelista agrega enseguida un dato más: que Jesús se elevó, subió, al cielo. Así lo afirmamos en el Credo: «Subió a los cielos y está sentado a la derecha del Padre». ¿Qué es ese cielo? Puesto que los evangelistas dicen que Jesús subió, ¿esto significa que el cielo de nuestra fe cristiana se encuentra arriba? ¿Arriba de dónde?

El cielo de nuestra fe cristiana no es un lugar físico. Por consiguiente, no es el cielo de los astronautas, naves espaciales, telescopios y satélites. Tampoco se puede localizar más allá del universo material. Y como no es un lugar material no se puede buscar arriba ni abajo, ni a los lados. En sus años de estudiante en el Seminario, el Padre Gerardo contaba, al respecto, un chiste muy gracioso. Lo transcribo aquí con todo el respeto que nos merecen las cosas santas. En el cielo, Dios Padre sostenía una importante conversación con san Pedro, el portero celestial, pero un grupo numeroso de angelitos -de esos que solo tienen cabecita y vemos en las esculturas o pinturas de la Virgen o de Cristo- no paraban de jugar y de armar alboroto. Dios Padre los invitó al orden: «¡Niños, pónganse en paz, que estamos tratando un asunto importante!». Como los angelitos-cabecita continuaron armando bulla, Dios Padre, les ordenó con fuerte voz: «¡Niños, siéntense, por favor!». Y los angelitos-cabeza contestaron: «¿Y con qué nos sentamos?».

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Primero Dios

obispos003.jpgEl pasado 7 de mayo se publicó una noticia sobre la condena que el Tribunal Supremo de Elecciones (TSE) en Costa Rica hizo a Mons. José Francisco Ulloa, Obispo de Cártago. Mons. Ulloa será obligado «a pagar las costas (Costas procesales, en Derecho procesal, son los gastos en que debe incurrir cada una de las partes involucradas en un juicio), daños y perjuicios causados». El motivo de la condena fueron unas palabras que pronunció en una misa celebrada en septiembre del año pasado, donde dijo: «estamos frente a una campaña política en donde debemos escoger muy bien a quienes nos van a gobernar. Candidatos que niegan a Dios y defienden principios que van contra la vida, contra el matrimonio, contra la familia ya los estamos conociendo. Por lo tanto, debemos ser coherentes con nuestra fe y en conciencia no podemos darles un voto». Según el Tribunal ya antes mencionado y unos integrantes del Movimiento por un Estado Laico, Mons. Ulloa violó el artículo 28 de la Constitución que dice: «no se podrá, sin embargo, hacer en forma alguna propaganda política por clérigos o seglares invocando motivos de religión o valiéndose, como medio, de creencias religiosas». ¡Bien hecho Mons. Ulloa!.

Si los Costarricenses no quieren seguir perdiendo tiempo en estos juicios tendrán que modificar su constitución, porque ni Mons. Ulloa ni ningún otro Obispo o sacerdote dejarán de invitar al los cristianos a ser coherentes con su fe y reflejar en su vida diaria los valores del Reino de los Cielos. En el libro de los Hechos de los Apóstoles hay un acontecimiento que ilumina muy bien esta condena: Pedro y los apóstoles habían sido encarcelados por predicar a Jesús, fueron liberados por un Ángel y regresaron al templo a seguir haciendo lo mismo; sin poder explicarse como es que salieron de la prisión los miembros del sanedrín los mandaron traer y les dijeron: «Les prohibimos severamente enseñar en nombre de ese (Jesús), y sin embargo ustedes han llenado Jerusalén con su doctrina y quieren hacer recaer sobre nosotros la sangre de ese hombre. Pedro y los apóstoles contestaron: –Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres». Constituciones van y constituciones vienen, y para un cristiano responsable es fundamental respetar dichos estatutos hasta donde estos no violen los derechos fundamentales ni impidan vivir coherentemente los contenidos de nuestra fe; cuando esas constituciones van más allá de esos derechos y contenidos, pues entonces los mandamos por un tubo como lo hizo Mons. Ulloa.

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Manipulación mediática

vatican_pope.jpgLas últimas semanas hemos presenciado un afán de linchamiento de altos jerarcas de nuestra Iglesia católica, incluido el Papa Benedicto XVI. A propósito de que algunos sacerdotes incumplieron en su ministerio y cometieron diversas faltas, se ha hecho un escándalo mediático que tiene el propósito de dañar a la Iglesia más que de buscar la justicia.  

Se ignora, antes que todo, que los sacerdotes son seres humanos y que no son perfectos. Son personas que están expuestos al pecado como cualquiera y que también son susceptibles de cometer faltas. Perfecto sólo Dios.

Una de las estrategias mas calladamente diseñadas para intentar demoler la imagen publica de la Iglesia es la de hacer creer a la gente que los abusos sexuales han sido frecuentes entre los sacerdotes y religiosos, y que, además, los obispos y el Papa han actuado indebidamente a favor de los presuntos responsables de esos actos. Estamos, indudablemente, ante una acción concertada de personas enemigas de la Iglesia y de asociaciones expertas en crear conflictos y mediatizar todo para obtener beneficios y sacar raja a costa de dañar a otros. Pregúntese lector: ¿cuándo lee en los medios o escucha y ve información en la televisión acerca de actos generosos que la mayoría de servidores de Cristo hacen a los hermanos de casi todos los pueblos? Eso no se ve en los periódicos, ni se escucha ni se aprecia.

Muchos medios dominan a la perfección las técnicas de manipulación mediática y la propaganda (en México tenemos a la revista Proceso y al periódico La Jornada, por citar sólo dos) y saben que cualquier mentira repetida mil veces puede ser tomada por verdad por muchos mexicanos que no tienen su fe firme y son ignorantes de muchas cosas, incluida por supuesto su religión, y crean argumentos viciados para intentar lavar los cerebros de muchos. Además, los mexicanos nos distinguimos por ser morbosos.

La Iglesia sufre el pecado de algunos de sus hijos, pero no se dejará amedrentar por campañas tan sucias y seguirá predicando el Evangelio con entereza y responsabilidad absoluta. El buen católico ha de estar preparado para rechazar las mentiras de los enemigos de la Iglesia cuyos fines resultan hoy tan claros. Están contra la vida, contra la dignidad humana de la persona, contra el matrimonio, a favor del aborto y en general contra todo lo que no contribuye a tener una vida con valores morales, armoniosa y positiva.

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Jesús deformado

deform.jpgPor la Internet y en algunos canales televisivos como Discovery o history y sobre todo en estos días «santos» tratan, supuestamente de orientar a la gente sobre la vida de Jesús con una serie de ganchos para que nos interesemos en sus artículos y sus programas, estos ganchos, los lanzan con promocionales como por ejemplo ¿Quién es Jesús?, ¿Quién es él?, Esta es la vida oculta de Jesús, etc. Gastando millones de pesos tanto en publicaciones, como en TV. Con reportajes donde pretenden desacreditar de manera científica y convincente no únicamente de la vida de Jesús sino de su palabra que nos dejó en la Biblia.

Desgraciadamente para algunos, esto es más que suficiente para que con poco se pongan a dudar, le den demasiados créditos a los autores de esto y cuando lo pregonan hasta lo dicen muy ufanos, «esto es cierto, lo vi en la televisión en el canal X».

En Internet se mandan un sin fin de correos con una serie de estupideces diciendo quién fue Jesús, según esto con un mensaje muy profundo como por ejemplo «Jesús no tenía ningún estudio, sin embargo, le llamaban maestro» y así una sarta de tonterías, eso sí, todos los mensajes los acompañan con una bonita imagen alusiva a Jesús.

Casi todos estos correos terminan con una invitación: si tú crees en Dios y en Jesús Cristo su hijo… Envíalo a todos en tu lista de amigos. Si no simplemente ignóralo. Si lo ignoras, simplemente recuerda que Jesús dijo «si me niegas ante los hombres, voy a negarte ante mi padre».

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Pero sigue siendo el Rey

jesus0056.jpgJesús entró a Jerusalén, la Ciudad Santa, rodeado de una multitud que lo aclamaba con palmas y ramos en las manos. Muchos pensaron que ese día comenzaría el nuevo reino de Israel, que Jesús destruiría al imperio romano y se convertiría en Rey de reyes. Suponían que comenzaría por expulsar a Pilato y ocupar su palacio. Pero Jesús no cabalgó por las calles de la Ciudad de David hacia el palacio de Pilato ni hacia el palacio de Herodes, sino hacia el Calvario. Con su entrada a Jerusalén, Jesús comenzó el camino de la cruz. «Llegó con tres heridas: la del amor, la de la de muerte, la de la vida», gime el poeta español Miguel Hernández desde la cárcel, poco antes de morir. Así llegó Jesús a Jerusalén aquel día, con la herida del amor más fuerte que la muerte. El poeta de Orihuela murió de tuberculosis en la cárcel de Alicante, a las 5:30 de la madrugada del día 28 de marzo de 1942, víspera del Domingo de Ramos. Providencial coincidencia.

Jesús, que nunca aceptó los aplausos ni se dejó seducir por la fama y el poder, en su última entrada a Jerusalén no sólo aprobó las palmas y las aclamaciones del pueblo, sino que él mismo organizó los preparativos del ingreso triunfal. Ordenó a dos de sus discípulos: «Vayan al caserío que está frente a ustedes. Al entrar, encontrarán atado un burrito que nadie ha montado todavía. Desátenlo y tráiganlo aquí…» (Lc 19,30) ¿Esto significa que Jesús había caído lamentablemente en la tentación del poder y de la vanagloria? De ninguna manera. En su entrada a Jerusalén, Jesús acepta que la multitud lo proclame rey, porque sabe que en los siguientes días, en esa ciudad, será condenado a morir en la cruz. Y entre todas las profecías del Antiguo Testamento que hablaban del Mesías, escogió la de Zacarías porque le pareció más adecuada a su mesianismo que termina en la crucifixión: «Salta de alegría, Sión -había escrito el profeta 520 años antes-, lanza gritos de júbilo, Jerusalén, porque se acerca tu rey, justo y victorioso, humilde y montado en un burro, en un joven borriquillo» (Zac 9,9).

Nadie marcha alegre, como triunfador, hacia el quirófano ni al encuentro con la muerte. John Donne, el genial poeta inglés de los siglos XVI y XVII, decía que nadie duerme en la carreta que lo conduce al patíbulo y que, sin embargo, todos dormimos de la cuna a la sepultura o no estamos del todo despiertos. ¿Qué iba a hacer Jesús ante la sentencia de muerte que dictaron en su contra las autoridades judías y romanas? ¿Desdecirse, huir a un país lejano y así traicionar a su Padre? Iría hasta el final. Nada ni nadie podría detener la obra que el Padre había puesto en sus manos. Aceptará la muerte por la causa del reino de Dios. Abrazará por amor la cruz. Resuelto a encarar este destino trágico inició desde Galilea su marcha hacia Jerusalén, con paso firme y confiado en su Padre. Varias veces, durante el largo camino, anunció a los apóstoles su trágico final y también su resurrección, convencido de que Dios no abandona al justo en la persecución y en la muerte. Por eso podía dormir en la carreta que lo conducía al patíbulo y subir alegre y victorioso a la Ciudad de David que sería su cadalso.

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Ha Resucitado

resucitado_002.jpgEn el relato de la resurrección, san Marcos dice que las mujeres se llenaron de miedo y espanto al ver al joven de blanco y después de haber oído el mensaje del joven, «huyeron del sepulcro, porque las poseía el temblor y el asombro. Y no dijeron nada a nadie, porque tenían mucho miedo». O sea, que no cumplieron el mandato. Huyen, tienen miedo y guardan silencio.  

¿Por qué huyen y tienen miedo las mujeres? Parece como si hubieran visto un espanto. Desde luego, no debemos interpretar esto como falta de fe y desobediencia. Es una reacción humana natural ante el misterio de la resurrección. No era para menos. Nunca, jamás se había dado el caso de que un muerto resucitara.

A Jesús resucitado sólo podemos verlo y experimentarlo por medio de la fe. Santo Tomás de Aquino escribió que los apóstoles vieron a Jesús, después de la resurrección «oculata fide», es decir, con una fe ocular, con unos ojos creyentes. En un primer momento, los apóstoles no reconocían a Jesús, hasta que les fue concedido el don de la fe. Porque creer en Jesús resucitado es un regalo. Es Jesús quien se deja ver, se da a conocer a los suyos. Hay que pedir continuamente este don.

La fe en la resurrección transforma a las personas. Antes de la resurrección y antes de reconocer a Jesús resucitado, los discípulos ofrecen un cuadro negro y lamentable: tristeza, miedo, desilusión, decepción, dudas. Vemos personas llorando, deprimidas, heridas en el alma, encerradas, muertas de miedo. Pero cuando «ven» al Señor el cuadro cambia. Todo es alegría, entusiasmo y esperanza.

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Que le tire la primera piedra

piedras.jpgLas piedras son seres materiales, inanimados y no tienen conciencia, pero guardan la memoria del universo. En su interior está escrita la historia de la tierra. Las piedras son como páginas desprendidas de un libro de historia del mundo que el viento ha esparcido por todas partes. Pero hay saber leerlas. Primero fueron las piedras y después el ser humano. Sin embargo, desde la prehistoria humana, piedra y humanos han sido grandes amigos. Los primeros seres humanos profesaron un gran respeto y admiración a las piedras porque las consideraban resistentes, inmutables e invariables. Las piedras permanecen, los hombres se van.

La primera prehistoria humana, muy larga por cierto, se llamó «Edad de Piedra». Los seres humanos primitivos utilizaron las piedras para hacer fuego y enseguida para fabricar armas y recipientes. Terminó la Edad de Piedra cuando la humanidad descubrió y usó otros materiales para fabricar utensilios. La moderna tecnología ha condenado al olvido a las piedras, pero ellas están ahí, humildes y siempre disponibles. Las ciencias que hoy gozan de prestigio, deben su éxito y desarrollo a las piedras. En épocas remotas, las matemáticas se practicaban con piedras. Los romanos, en su lengua latina, llamaban cálculos a las piedras pequeñas (y esto nos hace recordar los cálculos renales, tan dolorosos) y a la operación de cambiar las piedras para conseguir diferentes resultados, le llamaban calcular. Actualmente llamamos calculadoras a las máquinas que nos ayudan a realizar con rapidez y sin esfuerzo, las operaciones matemáticas.

La Sagrada Escritura llama Roca firme a Dios eterno, inmutable y todopoderoso. El Nuevo Testamento proclama a Cristo piedra desechada por los constructores y convertida ahora en Piedra Angular. Jesús dio el nombre de Pedro, es decir, Piedra, al apóstol Simón y le aseguró que sobre esa roca firme edificaría su Iglesia. En su predicación, Jesús comparó al discípulo firme en su fe, porque escucha el evangelio y lo pone en práctica, con una casa edificada sobre roca. Dijo también que de las piedras, Dios podría sacar hijos de Abrahán. A los fariseos que le pidieron callara a sus discípulos, respondió: «Les aseguro que si éstos callaran, empezarían a gritar las piedras» (Lc 19,40). El evangelio es un libro empedrado. Hay piedras por todas partes. Por ejemplo, la piedra del molino atada al cuello de quien escandalizó a uno de los pequeños (discípulos) de Cristo, y las piedras que iban a quitar la vida a una mujer sorprendida en adulterio. En la misa del último Domingo de Cuaresma, leemos este relato (Jn 8,1-11):

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Eso no es matrimonio

0013.jpgVER
Como reacción en cadena, se están realizando uniones entre personas del mismo sexo en Buenos Aires, en Nueva York y en la capital de nuestro país, presumiendo de estar en la avanzada por la que debería transitar la humanidad. Se les quiere calificar como legítimos matrimonios, para que no se sientan discriminados… Marcelo Ebrard, Jefe de Gobierno del Distrito Federal, defendiéndose de los ataques que algunos de nuestra Iglesia le han hecho, dijo: «Los argumentos que se usan en pleno siglo XXI, es una buena muestra de la persistencia de argumentos que provienen de la baja edad media, o sea de antes de 1400, más o menos».

Se equivoca Marcelo Ebrard. Los argumentos en que nos basamos no provienen de la baja edad media, sino del principio de la humanidad. Revisen todas las culturas desde sus orígenes, y verán que el matrimonio siempre ha sido entre un hombre y una mujer. Si fuera normal lo que han autorizado y exaltado, se daría también en las comunidades indígenas, y no sucede así. Cuando estas cosas pasaron en algunos imperios, éstos se derrumbaron.

JUZGAR
Recordemos algunos fundamentos de nuestra fe sobre el matrimonio, para dar seguridad a los creyentes y que no se dejen bambolear por las modas. Comprendo que para quien no acepta nuestra fe, es un ignorante religioso, o está contaminado por «guías ciegos», esto le resulte como de la baja edad media. Es de más atrás.

En el principio de la humanidad, Dios creó sólo dos sexos, hombre y mujer, distintos y complementarios entre sí (cf Gén 1,27). En base a ellos estableció el matrimonio (cf Gén 1,28). Y se dice claramente: «Dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne» (Gén 2,24). Se habla de padre y madre, de hombre y mujer. Jesús ratifica esta institución natural y secular, acorde con el plan original de Dios para la humanidad (cf Mt 19,4-6).

La Palabra de Dios, que norma criterios y comportamientos de los verdaderos creyentes, afirma: «Se ofuscaron en vanos razonamientos y su insensato corazón se entenebreció: jactándose de sabios se volvieron estúpidos… Sus mujeres invirtieron las relaciones naturales por otras contra la naturaleza; igualmente los hombres, abandonando el uso natural de la mujer, se abrasaron en deseos los unos por los otros, cometiendo la infamia de hombre con hombre, recibiendo en sí mismos el pago merecido de su extravío» (Rom 1,21-22.26-27). ¡No puede estar más claro!

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Familia: Pequeña Iglesia

couple.jpgPRISCILA y AQUILA fueron unos esposo que contribuyeron enormemente al crecimiento de la Iglesia en los primeros años del cristianismo. De estos esposos nos hablan tanto el libro de Hechos de los Apóstoles como las Cartas de San Pablo. Ellos vivían en Roma, pero cuando el emperador Claudio decidió expulsar a los judíos que vivían en la capital del imperio, tuvieron que irse a vivir a Corinto. Trabajaban fabricando tiendas de campaña. San Pablo los conoció allí, en Corinto, al comienzo de los años cincuenta. Ellos lo hospedaron al apóstol en su casa y le dieron trabajo. Priscila y Aquila se habían convertido al cristianismo y bautizado en los años 40, en Roma.

Después de Corinto se fueron a vivir a ÉFESO, en el Asia Menor. Allí se encargaron de la educación cristiana de ALEJANDRO APOLO que conocía la fe a medias (Hech 18,25). En su Primera Carta a los Corintios, Pablo envía saludos de parte de Aquila y Priscila junto con la Iglesia que se reúne en su casa (1Cor 16,19).

Esta pareja de esposos desempeñó un papel muy importante en la vida de la Iglesia primitiva: recibían en su casa al grupo de cristianos del lugar, para escuchar la Palabra de Dios y para celebrar la Eucaristía. A esas reuniones se les llamaba «EKKLESÍA», que en griego quiere decir «reunión», «asamblea», «convivencia». De ahí viene la palabra «Iglesia». COMO PODEMOS VER, LA IGLESIA NACIÓ EN LAS CASAS, EN LAS FAMILIAS DE LOS CREYENTES. Antes del siglo III no había templos ni capillas; así que las CASAS DE LAS FAMILIAS ERAN LOS TEMPLOS.

Cuando regresaron a Roma, Aquila y Priscila siguieron trabajando por la Iglesia. San Pablo, en su Carta a los Romanos, los recuerda y les agradece todo aquello que hicieron para defenderlo (Rom 16, 3-5). ¡GRACIAS A LOS ESPOSOS PRISCILA Y AQUILA Y A SU FAMILIA, EL CRISTIANISMO HA LLEGADO A NOSOTROS!.

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