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La Vaca

vaca.jpgLeí hace tiempo una metáfora, «la de la vaca», que contiene gran sabiduría. Con este nombre se denomina el libro del doctor Camilo Cruz, expositor en seminarios y congresos en materia de superación personal. Esta noción gustó a los asistentes a un curso de capacitación para el desarrollo empresarial y liderazgo, al cual asistí en el año 2006.

Se cuenta que un hombre entrado en años quiso enseñar a un joven acerca del por qué muchas personas permanecen atadas a un presente mediocre sin desarrollar capacidades y confiadas solamente a recursos que tienen a sus alcance, sin visualizar que pueden hacer más por su suerte y no cambian de actitud a pesar de las dificultades.

Caminando por el campo, ambos encontraron una casa muy vieja donde vivían ocho personas, entre ellas los padres y los abuelos. Éstos tenían una vaca que los alimentaba, aunque cada vez la leche disminuía. Entonces, el hombre viejo sacó un cuchillo y mató a la vaca ante el desconcierto de su joven compañero, que protestó por este hecho tan salvaje. Pero el viejo guardó silencio.

Al paso de los años, los dos pasaron por el mismo lugar y observaron en el lugar de la casa derruida una hacienda de concreto y con corrales donde había muchos animales y movimiento de peones incesante. Al preguntarle a los dueños sobre ese progreso, dijeron que ante la muerte de la vaca habían comprado una semilla que sembraron y luego multiplicaron vendiendo después del fruto de la siembra. Al paso del tiempo, se convirtió la hacienda en una gran productora de grano forraje y leche.

La antigua familia que sólo poseía la vaca, al no contar ya con ella, tuvo que sobrevivir, pero lo hizo no por una convicción interna de sus integrantes, sino por un hecho fortuito y desgraciado para ellos. Cuando se vieron en el infortunio, comenzaron a trabajar fuertemente hasta llegar a la situación de prosperidad que tenían ahora. El viejo preguntó al joven, según el relato: ¿crees tú que si esta familia tuviera una vaca, estaría en esta etapa de progreso? Y agregó: la vaca era su única posesión, pero también la cadena que los mantenía atados a una vida mísera. La vaca significaba para ellos la sensación de poseer algo de valor y no estar en la miseria total, cuando en realidad estaban viviendo en medio de ella.

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Pero sigue siendo el Rey

jesus0056.jpgJesús entró a Jerusalén, la Ciudad Santa, rodeado de una multitud que lo aclamaba con palmas y ramos en las manos. Muchos pensaron que ese día comenzaría el nuevo reino de Israel, que Jesús destruiría al imperio romano y se convertiría en Rey de reyes. Suponían que comenzaría por expulsar a Pilato y ocupar su palacio. Pero Jesús no cabalgó por las calles de la Ciudad de David hacia el palacio de Pilato ni hacia el palacio de Herodes, sino hacia el Calvario. Con su entrada a Jerusalén, Jesús comenzó el camino de la cruz. «Llegó con tres heridas: la del amor, la de la de muerte, la de la vida», gime el poeta español Miguel Hernández desde la cárcel, poco antes de morir. Así llegó Jesús a Jerusalén aquel día, con la herida del amor más fuerte que la muerte. El poeta de Orihuela murió de tuberculosis en la cárcel de Alicante, a las 5:30 de la madrugada del día 28 de marzo de 1942, víspera del Domingo de Ramos. Providencial coincidencia.

Jesús, que nunca aceptó los aplausos ni se dejó seducir por la fama y el poder, en su última entrada a Jerusalén no sólo aprobó las palmas y las aclamaciones del pueblo, sino que él mismo organizó los preparativos del ingreso triunfal. Ordenó a dos de sus discípulos: «Vayan al caserío que está frente a ustedes. Al entrar, encontrarán atado un burrito que nadie ha montado todavía. Desátenlo y tráiganlo aquí…» (Lc 19,30) ¿Esto significa que Jesús había caído lamentablemente en la tentación del poder y de la vanagloria? De ninguna manera. En su entrada a Jerusalén, Jesús acepta que la multitud lo proclame rey, porque sabe que en los siguientes días, en esa ciudad, será condenado a morir en la cruz. Y entre todas las profecías del Antiguo Testamento que hablaban del Mesías, escogió la de Zacarías porque le pareció más adecuada a su mesianismo que termina en la crucifixión: «Salta de alegría, Sión -había escrito el profeta 520 años antes-, lanza gritos de júbilo, Jerusalén, porque se acerca tu rey, justo y victorioso, humilde y montado en un burro, en un joven borriquillo» (Zac 9,9).

Nadie marcha alegre, como triunfador, hacia el quirófano ni al encuentro con la muerte. John Donne, el genial poeta inglés de los siglos XVI y XVII, decía que nadie duerme en la carreta que lo conduce al patíbulo y que, sin embargo, todos dormimos de la cuna a la sepultura o no estamos del todo despiertos. ¿Qué iba a hacer Jesús ante la sentencia de muerte que dictaron en su contra las autoridades judías y romanas? ¿Desdecirse, huir a un país lejano y así traicionar a su Padre? Iría hasta el final. Nada ni nadie podría detener la obra que el Padre había puesto en sus manos. Aceptará la muerte por la causa del reino de Dios. Abrazará por amor la cruz. Resuelto a encarar este destino trágico inició desde Galilea su marcha hacia Jerusalén, con paso firme y confiado en su Padre. Varias veces, durante el largo camino, anunció a los apóstoles su trágico final y también su resurrección, convencido de que Dios no abandona al justo en la persecución y en la muerte. Por eso podía dormir en la carreta que lo conducía al patíbulo y subir alegre y victorioso a la Ciudad de David que sería su cadalso.

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No hemos pescado nada

joven0012.jpgNo sé quien ha dicho que la enfermedad mortal de nuestro tiempo no es el sida o el cáncer, sino la obsesión por el éxito. La cultura actual fomenta el éxito material y propone como modelos a seguir a quienes han triunfado en el mundo de las finanzas, del deporte y del espectáculo. Por ello, hemos crecido con la ilusión de que es posible vivir los años de nuestra existencia sin ser golpeados por el fracaso. Se nos ha enseñado -y hemos aprendido bien la lección- a huir del fracaso, a negarlo y a temerle. En esta sociedad de «triunfadores», el fracaso nos margina, nos señala con el dedo acusador, hace que nos rechacen los demás y que nos rechacemos a nosotros mismos. El fracaso laboral, escolar, matrimonial, etc. es la fuente de nuestros mayores sufrimientos.

Tememos y rechazamos el fracaso y, sin embargo, todo el camino de nuestra vida está empedrado de fracasos: el plato quebrado que incompletó la finísima vajilla de Meissen (Alemania) o de Puebla, el examen reprobado, el noviazgo terminado, el matrimonio deshecho, la quiebra del negocio…

Son muchas las causas del fracaso. A veces, los culpables del fallo son las circunstancias y los fenómenos naturales: un terremoto, una grave devaluación, una enfermedad, un accidente. Con frecuencia notable, la causa está del interior de las personas: la imprudencia, el desconocimiento de las propias fuerzas y posibilidades; también la envidia, el egoísmo y el odio.

Hay fracasos que no afectan profundamente nuestra persona. Ninguna persona normal se hunde en la depresión el resto de su vida por no haberse sacado el premio de la rifa del Seminario o porque se le quemó la comida. Pero, hay fracasos que afectan hondamente y que dejan su marca, a veces para siempre, en nuestro ser. Por ejemplo: haber estudiado día y noche para el examen y resultar reprobado. Haberse entregado en cuerpo y alma a la tarea de construir un buen matrimonio y una estupenda familia y luego ver destruido tanto esfuerzo a causa del adulterio del marido o de la esposa. Trabajar con responsabilidad, honestidad e ilusión, para que luego, el jefe te diga que estás despedido, porque no estaban haciendo bien tu trabajo. Habías amado con sinceridad e intensidad a tu novia y ella, sin decir agua va, te ha dejado por otro. Ustedes, lectores, pueden agregar más casos a esta interminable lista de graves derrotas.

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