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“Tres no sé qué”

trini002.jpgEl viejo Haakón cuidaba una cierta ermita. En ella se conservaba un Cristo muy venerado que recibía el significativo nombre de «Cristo de los Favores». Todos acudían a él para pedirle ayuda. Un día también el ermitaño Haakón decidió solicitar un favor y, arrodillado ante la imagen, dijo: -Señor, quiero padecer por ti. Déjame ocupar tu lugar. Quiero reemplazarte en la cruz. Y se quedó quieto, con los ojos puestos en la imagen, esperando su respuesta. De repente -¡oh maravilla!- vio que el crucificado empezaba a mover los labios y le dijo: -Amigo mío, acepto lo que deseas, pero ha de ser con una condición: que, suceda lo que suceda, y veas lo que veas, guardarás siempre silencio. Te lo prometo, Señor.

Y se efectuó el cambio. Nadie se dio cuenta de que era Haakón quien estaba en la cruz, sostenido por los cuatro clavos, y que el Señor Jesús ocupaba el puesto del ermitaño. Los devotos seguían desfilando pidiendo favores, y Haakón, fiel a sus promesa, callaba. Hasta que un día…

Llegó un ricachón y, después de haber orado, dejó allí olvidada su bolsa. Haakón lo vio, pero guardó silencio. Tampoco dijo nada cuando un pobre, que vino dos horas más tarde, se apropió de la bolsa del rico. Y tampoco dijo nada cuando un muchacho se postró ante él, poco después, para pedirle su protección antes de emprender un viaje. Pero no pudo contenerse cuando vio regresar al hombre rico, quien, creyendo que era ese muchacho el que se había apoderado de la bolsa, insistía en denunciarlo a la policía. Se oyó entonces una fuerte voz: -¡Detente!

Ambos miraron hacia arriba y vieron que era la imagen la que había gritado. Haakón aclaró cómo habían ocurrido realmente las cosas. El rico quedó anonadado y salió de la ermita. El joven salió también porque tenía prisa para emprender su viaje. Cuando por fin la ermita quedó sola, Cristo se dirigió a Haakón y le dijo: -Baja de la cruz. No sirves para ocupar mi puesto. No has sabido guardar silencio. Señor, dijo Haakón confundido, ¿cómo iba a permitir esa injusticia? Cristo le contestó: – Tú no sabías que al rico le convenía perder la bolsa, pues llevaba en ella el precio de la virginidad de una mujer. El pobre, en cambio, tenía necesidad de ese dinero e hizo bien en llevárselo. En cuanto al muchacho último, si hubiera quedado retenido no habría llegado a tiempo de embarcar y habría salvado su vida, porque has de saber que en este momento su barco está hundiéndose en alta mar.

Esta leyenda noruega, anónima, nos enseña a no maltratar el misterio de Dios. Según las enseñanzas de los grandes maestros del cristianismo, es necesario tratar de comprender el misterio de Dios hasta donde podamos, pero también es necesario guardar silencio ante el gran misterio divino que supera nuestras capacidades humanas. ¿Quiénes somos nosotros para juzgar los designios y los comportamientos de Dios? El misterio de la Santísima Trinidad es el centro de nuestra fe cristiana. Sin embargo, se trata de de un misterio tan grande que hace estallar nuestros razonamientos humanos. Si ya es demasiado difícil creer que existe Dios, todavía es más difícil creer que es uno y trino. Los ateos, incrédulos, piensan que los cristianos creemos en un absurdo, porque según la lógica y los cálculos es imposible que tres sean uno y uno sea tres a la vez.

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La paz esté con Ustedes

jesus0093.jpgTodos los seres humanos hemos experimentado continuamente el miedo. Aquel o aquella que nunca ha tenido miedo que arroje la primera piedra. La vida de cada persona es un entretejido de miedos. Miedo a la oscuridad, a caer, al chamuco, a crecer, al fracaso, al éxito, al maestro, al papá. Miedo a perder el trabajo, miedo a realizarlo. Miedo a perder el matrimonio, al amor, a la soledad, a dar testimonio de la fe, a la enfermedad, a la muerte, a Dios mismo, cuando se tiene una imagen deformada de Él…

El miedo es una emoción natural desagradable que, como las monedas, tiene dos caras: una buena y otra mala. Primero, la buena. Debido a que la emoción de miedo surge ante una amenaza, ante un peligro real o imaginario, éste funciona casi siempre como mecanismo de defensa y de supervivencia. En otras palabras, el miedo nos libra del peligro y nos salva la vida. Con razón dice el refrán: «Vale más que digan aquí corrió que aquí quedó». Y es que el miedo no anda en burro. ¿Y la cara negativa? Es la cara enfermiza o patológica del miedo. En este caso, el miedo paraliza, esclaviza, bloquea la mente y la libertad y de este modo impide el desarrollo personal y social. Convertido en enfermedad, el miedo se hace hermano del sufrimiento. Por esta razón, el miedo es el arma más poderosa de los déspotas, autoritarios, dominadores, dictadores y prepotentes. Con esta arma tan destructiva controlan a los demás y les impiden pensar, decidir y actuar por sí mismos. «Si me dejas dice el marido tirano y agresivo- te juro que encuentro donde estés y te mato». Y la esposa, paralizada por el miedo, es incapaz de dar un paso hacia delante para liberarse de ese infierno.

Hay quienes han llamado a nuestra sociedad actual la «sociedad del miedo». ¿Acaso los seres humanos de la Edad de Piedra, no tenían también miedo terrible a los rayos y a los temblores de tierra? Y la gente de la Edad Media, con su pavor a las brujas, al diablo y a la muerte, ¿no era más esclava del miedo que nosotros, la generación del siglo XXI? Tal parece que no. Los miedos de la sociedad actual son diferentes a los temores de épocas pasadas, pero además son increíblemente más numerosos y graves. Ni la Edad de Piedra ni la Edad Media sufrieron el miedo mediático, causado por la radio, la televisión y la prensa. Nosotros, en cambio, tenemos en los medios de comunicación, la fuente principal de nuestros miedos personales y sociales. Cada día que pasa, la televisión, la radio y los periódicos infunden nuevos miedos. Miedo al terrorismo, a la gripa porcina, a la crisis económica, a la misma Iglesia Católica, etc.

El evangelio de la Misa de Pentecostés del presente año, comienza reportando el miedo que se había apoderado del corazón de los discípulos de Jesús: «Al anochecer del día de la resurrección, estando cerradas las puertas de la casa donde se hallaban los discípulos, por miedo a los judíos…» (Jn 20,19). Después de la muerte en cruz del Maestro y Señor, los discípulos se encerraron por miedo a los judíos. El miedo de los discípulos era enfermizo, paralizante. En ese ambiente de terror, Jesús resucitado se presentó en medio de ellos y calmó sus miedos con la paz. Dos veces les dijo: «La paz esté con ustedes». La paz es la actitud contraria al miedo y es un don del Espíritu Santo, que es el Espíritu del Señor Jesús. Ahí mismo, Jesús «les mostró las manos y el costado». Es importante no pasar por alto este detalle. El Señor Jesús mostró a sus discípulos miedosos las señales de la cruz, para que entendieran que la resurrección, el triunfo y la paz son el fruto de la lucha, del esfuerzo y del sufrimiento.

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Mi paz les doy

manos0034.jpgActualmente, la paloma de la paz, si no está muerta, se encuentra herida de gravedad en el mundo y en el interior de las personas. No tenemos paz interior ni exterior. Es muy difícil vivir sin paz exterior afirma Raimon Panikkar, el filósofo catalán de 92 años- pero es imposible vivir sin paz interior. Si una paz interior no lleva a la paz exterior, no es ni siquiera paz interior. Pero una paz exterior, acompañada de un interior confuso, lleno de resentimientos, intolerancia, frialdad, odio, venganza y ansiedad, no sirve para nada.

Había un abad en el desierto que tenía un discípulo y varias ermitas. Llegó un monje nuevo y el abad le prestó una ermita. Este nuevo monje era un santo y recibía muchas visitas. Le entró la envidia al abad y mandó a su discípulo para decirle al monje santo y popular que abandonara la ermita. Pero el discípulo fue y le preguntó de parte del abad cómo se encontraba. Le contestó que le dolía el estómago y que agradeciera al abad su interés por él. Volvió el discípulo y le dijo al abad que el monje nuevo le pedía que le dejara dos días más y se iría. Pero no se fue. El abad volvió a enviar a su discípulo para que el monje se fuera inmediatamente. Y si no, iría él con un garrote y lo echaría a palos. Pero el discípulo fue y le preguntó, de parte del abad, si se encontraba mejor de salud. Éste le dijo que diera muchas gracias al abad por su delicadeza y por las oraciones que rezaba por él. El discípulo volvió a su superior y le dijo que el monje le pedía permanecer en la ermita hasta el domingo.

Llegó el domingo y entonces el abad, furioso porque el monje no se iba, tomó un garrote y se dirigió hacia la ermita. El discípulo le dijo: -Déjame ir por delante para que despida a sus visitantes y no se escandalicen. Se adelantó y dijo al monje santo: -Mi abad viene a visitarte. Sal a su encuentro para que le agradezcas el haberte dejado habitar en la ermita. Salió el monje y se tiró a los pies del abad y se los besaba agradecido, pues había sido generoso y había rezado por él. Esto desarmó al abad, lo invitó a comer y le regaló la ermita que le había prestado. Cuando el monje se fue a la que ya era su ermita, el abad preguntó a su discípulo: -Dime la verdad. ¿Le dabas mis recados al monje? Perdóneme, usted, contestó el discípulo, pero no se los daba. Pues ahora dijo el superior-yo seré tu discípulo y tú serás mi abad, ya que estás mucho más cerca de Dios que yo.

El abad reconoció que la envidia que llevaba en su corazón lo condujo al desprecio y a la violencia y comprendió que su discípulo era un hombre pacífico, de paz interior, y por eso mismo sembraba la paz y la reconciliación entre las personas con las cuales se relacionaba.

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Como yo los he amado

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¿Cómo sabemos que queremos a alguien? La respuesta más común e inmediata es porque deseamos a una persona. Etty Hillesum fue una extraordinaria mujer holandesa de origen judío fallecida a los 29 años, víctima del nazismo, en el campo de concentración de Auschwitz. Quien más influyó en su crecimiento humano y espiritual fue su amigo Julio Spier, por el cual experimentó al principio un fuerte deseo y atracción sexual. «Lo quería ‘poseer’, escribió en su Diario… Dios, protégeme y dame fuerza, que la lucha será dura…Durante un par de días no fui capaz de otra cosa que de pensar en él, aunque en realidad eso no se puede llamar pensar en alguien; se trataba más bien de una atracción física. Su cuerpo grande y flexible me amenazaba por todas partes…Físicamente nos atraemos sin remedio…» Etty Hillesum pudo ir más allá de su deseo y atracción física y la historia terminó en una amistad profunda. Los griegos de la antigüedad llamaron «eros» al amor de deseo. Este amor erótico se presenta como una locura. El enamorado pierde la cabeza y no sabe controlar las fuerzas extrañas que se apoderan de él.

¿Existen otras respuestas a la pregunta cómo sabemos si amamos a alguien? Lo sabemos decía don José Ortega y Gasset, el filósofo español- cuando nuestra atención se concentra de modo exagerado en una persona y entonces ya no se piensa más que en ella. Otros, piensan que la tristeza o el dolor que se siente por la ausencia de la persona amada es la señal del enamoramiento. Pero hay quienes como el filósofo holandés del siglo XVII Baruch Spinoza- piensan lo contrario: siento que amo a una persona por la alegría que experimento cuando está presente. El amor nos hace felices. Sin embargo, hay otro fruto del amor más grande y profundo que la alegría y es aquel que intentamos expresar con palabras como éstas: «Tú eres quien da sentido a mi vida», «Tú eres la razón de mi existencia, de tal manera que no podría vivir sin ti».

Casi cuatrocientos años antes de Cristo, el pensador griego Aristóteles enseñó que «amar es querer el bien para alguien». Esta idea voltea y supera todas las respuestas que hemos mencionado. Porque, en realidad, esas respuestas buscan el beneficio de quien ama, del amante. Quiero que me ames para calmar mi deseo erótico, para que me hagas feliz y le des sentido a mi vida, para que soluciones mi problema de soledad, etc. Ahora se trata, según Aristóteles, de buscar el beneficio de la persona amada. El cambio es muy importante. En todas las respuestas que indicamos antes, la persona que ama ocupa el centro y por tanto, no sale de sí misma, porque sólo busca su propio bien. La respuesta del sabio griego exige salir de uno mismo para buscar el bien de la persona amada. Quien ama ya no pide regalos para sí mismo, sino que se convierte en regalo para la persona amada. Su único interés es la felicidad del otro; su deseo no es otro que el procurarle todo bien. La tortilla se ha volteado: dando es como se recibe.

Pero faltaba la última palabra sobre el amor, que habría de ser pronunciada y vivida por Jesús de Nazaret, el Dios hecho hombre. Cuando Jesús salió del cenáculo, pocas horas antes de comenzar su Pasión y muerte en cruz, dijo a sus discípulos: «Les doy un mandamiento nuevo: que se amen los unos a los otros, como yo los he amado; y por este amor reconocerán todos que ustedes son mis discípulos» (Jn 13, 34-35). En la misa del quinto domingo de Pascua proclamamos y meditamos este mandamiento del Señor.

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¿Me amas?

jesus0032.jpgJesús resucitado nos acompaña en el camino de la vida. Él es nuestro buen compañero de viaje. La palabra compañero viene del latín popular «cum» (con) y «Panis» (pan). Por tanto, compañero es aquel con quien se comparte el pan. En el evangelio del Tercer Domingo de Pascua (Jn 21,1-19) contemplamos a Jesús resucitado preparando el almuerzo para sus apóstoles que se habían pasado la noche entera pescando sin éxito alguno: «Tan pronto como saltaron a tierra vieron unas brasas y sobre ellas un pescado y pan…Luego les dijo Jesús: Vengan a almorzar… Jesús se acercó, tomó el pan y se lo dio y también el pescado». Cada domingo, en la misa, Jesús repite para nosotros esta acción. Él prepara la mesa y Él mismo se convierte en nuestra comida y bebida. De este modo alimenta y fortalece nuestra fe.

Antes de cocinar, Jesús había ayudado a los suyos, desalentados por el fracaso, a conseguir una pesca milagrosa: «Estaba amaneciendo, cuando Jesús se apareció en la orilla, pero los discípulos no lo recocieron. Jesús les dijo: Muchachos, ¿han pescado algo? Ellos contestaron: No. Entonces él les dijo: Echen la red a la derecha de la barca y encontrarán peces. Así lo hicieron, y luego ya no podían jalar la red por tantos pescados». Jesús resucitado acompaña a sus discípulos en los tramos difíciles, oscuros y dolorosos del camino. Él sabe que en el mundo hay tristezas profundas, enfermedades incurables de personas muy queridas, cáncer y derrames cerebrales que desembocan en la muerte y llenan de luto los hogares. Hay traiciones e infidelidades conyugales. Hay juramentos de matrimonio que se violan, promesas de fidelidad que se olvidan y situaciones de angustia económica por el desempleo o la quiebra del negocio.

En el camino de la vida hay niños que sufren, hay accidentes de trabajo que destrozan familias. Salieron alegres los papás y tres hijos, y en la carretera, en un choque fatal, murieron dos y sobrevivieron tres, pero uno de ellos se debate entre la vida y la muerte… En nada ni en nadie parece encontrar consuelo aquel que ha sido golpeado por estas tragedias que desgarran el alma. Jesús resucitado es el compañero de camino que ayuda y consuela. Mediante su Palabra y la Eucaristía cierra las heridas y nos abre a la esperanza. Ernesto Sabato, extraordinario hombre de ciencia y de las letras, argentino, se vio hundido en un túnel negro y sin salida cuando murió su hijo mayor: «Desde que Jorge Federico ha muerto escribe en «Antes del fin», uno de sus últimos libros- todo se ha derrumbado, y pasados varios días. No logro sobreponerme a esta opresión que me ahoga. Como perdido en un selva oscura y solitaria, busco en vano superar la invencible tristeza…Me veo rodeado por la oscuridad que acaba por agravar las dudas, los desalientos, el descreimiento en un Dios que justifique tanto dolor…». Al final de este breve capítulo, agregó esta nota interesante: «Elvirita (Elvirita González Fraga, gran amiga de él y de su esposa Matilde) me habla de Cristo. Me dejo alentar por su sentido religioso de la vida y del dolor». Elvirita le habló de Cristo. Así fue como Jesús resucitado amaneció en la noche negra de este magnífico escritor.

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Jesús deformado

deform.jpgPor la Internet y en algunos canales televisivos como Discovery o history y sobre todo en estos días «santos» tratan, supuestamente de orientar a la gente sobre la vida de Jesús con una serie de ganchos para que nos interesemos en sus artículos y sus programas, estos ganchos, los lanzan con promocionales como por ejemplo ¿Quién es Jesús?, ¿Quién es él?, Esta es la vida oculta de Jesús, etc. Gastando millones de pesos tanto en publicaciones, como en TV. Con reportajes donde pretenden desacreditar de manera científica y convincente no únicamente de la vida de Jesús sino de su palabra que nos dejó en la Biblia.

Desgraciadamente para algunos, esto es más que suficiente para que con poco se pongan a dudar, le den demasiados créditos a los autores de esto y cuando lo pregonan hasta lo dicen muy ufanos, «esto es cierto, lo vi en la televisión en el canal X».

En Internet se mandan un sin fin de correos con una serie de estupideces diciendo quién fue Jesús, según esto con un mensaje muy profundo como por ejemplo «Jesús no tenía ningún estudio, sin embargo, le llamaban maestro» y así una sarta de tonterías, eso sí, todos los mensajes los acompañan con una bonita imagen alusiva a Jesús.

Casi todos estos correos terminan con una invitación: si tú crees en Dios y en Jesús Cristo su hijo… Envíalo a todos en tu lista de amigos. Si no simplemente ignóralo. Si lo ignoras, simplemente recuerda que Jesús dijo «si me niegas ante los hombres, voy a negarte ante mi padre».

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Pero sigue siendo el Rey

jesus0056.jpgJesús entró a Jerusalén, la Ciudad Santa, rodeado de una multitud que lo aclamaba con palmas y ramos en las manos. Muchos pensaron que ese día comenzaría el nuevo reino de Israel, que Jesús destruiría al imperio romano y se convertiría en Rey de reyes. Suponían que comenzaría por expulsar a Pilato y ocupar su palacio. Pero Jesús no cabalgó por las calles de la Ciudad de David hacia el palacio de Pilato ni hacia el palacio de Herodes, sino hacia el Calvario. Con su entrada a Jerusalén, Jesús comenzó el camino de la cruz. «Llegó con tres heridas: la del amor, la de la de muerte, la de la vida», gime el poeta español Miguel Hernández desde la cárcel, poco antes de morir. Así llegó Jesús a Jerusalén aquel día, con la herida del amor más fuerte que la muerte. El poeta de Orihuela murió de tuberculosis en la cárcel de Alicante, a las 5:30 de la madrugada del día 28 de marzo de 1942, víspera del Domingo de Ramos. Providencial coincidencia.

Jesús, que nunca aceptó los aplausos ni se dejó seducir por la fama y el poder, en su última entrada a Jerusalén no sólo aprobó las palmas y las aclamaciones del pueblo, sino que él mismo organizó los preparativos del ingreso triunfal. Ordenó a dos de sus discípulos: «Vayan al caserío que está frente a ustedes. Al entrar, encontrarán atado un burrito que nadie ha montado todavía. Desátenlo y tráiganlo aquí…» (Lc 19,30) ¿Esto significa que Jesús había caído lamentablemente en la tentación del poder y de la vanagloria? De ninguna manera. En su entrada a Jerusalén, Jesús acepta que la multitud lo proclame rey, porque sabe que en los siguientes días, en esa ciudad, será condenado a morir en la cruz. Y entre todas las profecías del Antiguo Testamento que hablaban del Mesías, escogió la de Zacarías porque le pareció más adecuada a su mesianismo que termina en la crucifixión: «Salta de alegría, Sión -había escrito el profeta 520 años antes-, lanza gritos de júbilo, Jerusalén, porque se acerca tu rey, justo y victorioso, humilde y montado en un burro, en un joven borriquillo» (Zac 9,9).

Nadie marcha alegre, como triunfador, hacia el quirófano ni al encuentro con la muerte. John Donne, el genial poeta inglés de los siglos XVI y XVII, decía que nadie duerme en la carreta que lo conduce al patíbulo y que, sin embargo, todos dormimos de la cuna a la sepultura o no estamos del todo despiertos. ¿Qué iba a hacer Jesús ante la sentencia de muerte que dictaron en su contra las autoridades judías y romanas? ¿Desdecirse, huir a un país lejano y así traicionar a su Padre? Iría hasta el final. Nada ni nadie podría detener la obra que el Padre había puesto en sus manos. Aceptará la muerte por la causa del reino de Dios. Abrazará por amor la cruz. Resuelto a encarar este destino trágico inició desde Galilea su marcha hacia Jerusalén, con paso firme y confiado en su Padre. Varias veces, durante el largo camino, anunció a los apóstoles su trágico final y también su resurrección, convencido de que Dios no abandona al justo en la persecución y en la muerte. Por eso podía dormir en la carreta que lo conducía al patíbulo y subir alegre y victorioso a la Ciudad de David que sería su cadalso.

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Ha Resucitado

resucitado_002.jpgEn el relato de la resurrección, san Marcos dice que las mujeres se llenaron de miedo y espanto al ver al joven de blanco y después de haber oído el mensaje del joven, «huyeron del sepulcro, porque las poseía el temblor y el asombro. Y no dijeron nada a nadie, porque tenían mucho miedo». O sea, que no cumplieron el mandato. Huyen, tienen miedo y guardan silencio.  

¿Por qué huyen y tienen miedo las mujeres? Parece como si hubieran visto un espanto. Desde luego, no debemos interpretar esto como falta de fe y desobediencia. Es una reacción humana natural ante el misterio de la resurrección. No era para menos. Nunca, jamás se había dado el caso de que un muerto resucitara.

A Jesús resucitado sólo podemos verlo y experimentarlo por medio de la fe. Santo Tomás de Aquino escribió que los apóstoles vieron a Jesús, después de la resurrección «oculata fide», es decir, con una fe ocular, con unos ojos creyentes. En un primer momento, los apóstoles no reconocían a Jesús, hasta que les fue concedido el don de la fe. Porque creer en Jesús resucitado es un regalo. Es Jesús quien se deja ver, se da a conocer a los suyos. Hay que pedir continuamente este don.

La fe en la resurrección transforma a las personas. Antes de la resurrección y antes de reconocer a Jesús resucitado, los discípulos ofrecen un cuadro negro y lamentable: tristeza, miedo, desilusión, decepción, dudas. Vemos personas llorando, deprimidas, heridas en el alma, encerradas, muertas de miedo. Pero cuando «ven» al Señor el cuadro cambia. Todo es alegría, entusiasmo y esperanza.

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Madre Dolorosa

madre_dolo.jpg«Estabas». Esto es todo lo que el Evangelio nos dice acerca de tu presencia junto al hijo colgado del madero. «Estabas de pie».

Vociferaba el gentío, las autoridades judías reían y blasfemaban. Tú callabas; tú, simplemente, estabas de pie.

Enséñanos, Madre Dolorosa, a guardar silencio, a permanecer fieles, a aceptar la voluntad de Dios.

En ese Viernes Santo estuviste más cerca de Él que en Belén, más cerca de Él que en Nazaret. También tienes que estar cerca de nosotros en ese día..

Madre Dolorosa, tal vez yo voy a morir en una cama, rodeado de mis seres queridos… Pero yo quiero que entonces estés Tú allí, Madre.

Yo voy a morir, tal vez después de una operación, rodeado de sueros, máscaras de oxígeno y cosas de mi vida pasada…Yo quiero que entonces estés tú allí, Madre Dolorosa.

Yo voy a morir tal vez de aquel ataque al corazón que me dará una noche, solo, sin poder encender la luz, ni llamar a nadie, sin poder confesarme…Yo quiero que entonces estés Tú allí, Madre Dolorosa.

Madre de los Dolores, yo no sé ni cuándo ni cómo voy a morir…, pero yo quiero que entonces estés tú allí conmigo.

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Nuestros Jóvenes

jov.jpgLa Pascua Judía que celebramos año con año en esta Parroquia se vistió de gala, porque la vivieron puros jóvenes. A dos matrimonios -ya no tan jóvenes- nos dieron la oportunidad de participar en la organización y durante la ceremonia estuvimos «sirviendo» y de espectadores. Esta cena es todo un rito con todas las de la ley. Inicia a las 8.30 p.m., se reciben a todos los comensales y se les asigna su lugar. Todo ha sido acomodado con anticipación: mesas, manteles, vajilla, copas, luces, y el candelero de los siete brazos sin encender, ya que con el encendido de las velas comienza el rito. Cuando han ingresado todos, se cierran las puertas y ya nadie puede entrar ni salir.

Cuando el Padre Crispín anuncio que este año la cena de la Pascua Judía seria única y exclusivamente para jóvenes, se hicieron todo tipo de comentarios, que no iba a haber participación, que los jóvenes estaban muy apáticos, que casi nunca se les veía en la parroquia y mucho menos se creía que participarían en este tipo de eventos, etc.

Pues, para sorpresa de muchos, la participación fue nutrida se invitó a cuarenta jóvenes y únicamente faltaron 3 personas, había muy Jóvenes y otros no tanto, pero jóvenes al fin y al cabo, asistieron más o menos el 50% de damas y el otro 50% de caballeros. Lo sorprendente fue que todos, excepto uno, pusieron toda la atención del mundo y «vivieron» esta cena como verdaderos adultos. Sus comentarios después de la cena, realmente fueron muy maduros y se notó que sí les gusto esa experiencia que muchos adultos no la han vivido y posiblemente ni podrán, ya que en pocos lugares de la republica Mexicana se realiza y, con el temor de estar equivocado, en esta Parroquia es el único lugar en la diócesis donde se lleva a cabo esta cena.

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