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Madre Dolorosa

madre_dolo.jpg«Estabas». Esto es todo lo que el Evangelio nos dice acerca de tu presencia junto al hijo colgado del madero. «Estabas de pie».

Vociferaba el gentío, las autoridades judías reían y blasfemaban. Tú callabas; tú, simplemente, estabas de pie.

Enséñanos, Madre Dolorosa, a guardar silencio, a permanecer fieles, a aceptar la voluntad de Dios.

En ese Viernes Santo estuviste más cerca de Él que en Belén, más cerca de Él que en Nazaret. También tienes que estar cerca de nosotros en ese día..

Madre Dolorosa, tal vez yo voy a morir en una cama, rodeado de mis seres queridos… Pero yo quiero que entonces estés Tú allí, Madre.

Yo voy a morir, tal vez después de una operación, rodeado de sueros, máscaras de oxígeno y cosas de mi vida pasada…Yo quiero que entonces estés tú allí, Madre Dolorosa.

Yo voy a morir tal vez de aquel ataque al corazón que me dará una noche, solo, sin poder encender la luz, ni llamar a nadie, sin poder confesarme…Yo quiero que entonces estés Tú allí, Madre Dolorosa.

Madre de los Dolores, yo no sé ni cuándo ni cómo voy a morir…, pero yo quiero que entonces estés tú allí conmigo.

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¡Santo subito!

El día 2 de abril de 2005 a las 9:30 de la noche estaba respondiendo la llamada de un sacerdote compañero mío que me pedía información sobre un trabajo de la Universidad, cuando se escucharon las campanadas fúnebres de la basílica de San Pedro. Varios sacerdotes fuimos sin prisa a estar un momento en la plaza desde donde se ve la ventana del cuarto del Papa, y nos adentramos en el ambiente de oración que se había formado ahí con los numerosos fieles y turistas que con velas encendidas rezaban el rosario.

El 4 de abril ya por la tarde se hizo la exposición pública del cuerpo de Juan Pablo II y comenzaron a llegar cientos y miles de personas haciendo una cola de unos 10 metros de ancho para llegar hasta la basílica de San Pedro. Un gran amigo y yo nos aventuramos a formarnos en ella como a las 7 de la tarde y a esa hora ya iba bastante larga, abarcando toda la «via della conciliazione» (calle principal para llegar a la Plaza San Pedro) y una calle más paralela; si mis cálculos no me fallan era como caminar dos veces del Templo de la Merced a la Catedral, pero muy lentamente ya que era un río de personas muy grande.

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Nadie conoce el día ni la hora

Un día moriremos. Esta es una certeza de la que ningún ser humano puede dudar. Lo que no sabemos es el día y lo hora. Un periodista de Nueva York, de 65 años de edad, solicitó al famoso escritor húngaro Sándor Márai, que residía en San Diego, California, una entrevista, con la promesa de que la publicaría después de su muerte. El periodista sabía muy bien que el viejo escritor rechazaba las entrevistas y no quería aparecer en la televisión ni en la radio. En su último Diario Sándor Márai escribió que le sorprendió el optimismo y sobre todo la seguridad arrogante que tenía el periodista de morir después de él. No tenemos la vida comprada. Recuerdo que durante mi segunda estancia en Roma, un sacerdote mexicano de mediana edad que visitó la Ciudad Eterna en calidad de turista, aseguraba que al Papa Juan Pablo II le quedaban, en aquel entonces, unos dos meses de vida. Este sacerdote murió ocho días después, en cuanto regresó a México; en cambio, el Papa Juan Pablo II vivió cuatro años más. Como no sabemos ni el día ni la hora, lo mejor que podemos hacer es estar vigilantes y bien preparados, según la enseñanza de Jesús, nuestro Señor.

Pero no es la ignorancia de nuestra fecha de caducidad lo que nos inquieta o angustia, sino el hecho de no saber con pruebas palpables qué hay después de la muerte. Los vivos no tenemos una experiencia directa de la muerte. Se dice que una de las señales que indican que una persona ha muerto es la pérdida de conciencia. El difunto ya no ve, ni oye, ni responde y no se da cuenta de nada. Sin embargo, se puede perder la conciencia varias veces en la vida, sin morir.

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Verdad callada

En el transcurso de la semana se publicó una noticia, de las tantas tristes de nuestra sociedad violenta. El cineasta y fotógrafo francoespañol Christian Poveda fue asesinado en El Salvador.

Poveda visitó el Salvador por primera vez entre el 1980-1992, estaba cubriendo la guerra en esos años como fotógrafo de los acontecimientos. Al parecer la realidad que vivió y vio le llamaron la atención al grado de regresar en el 2005 para llevar una parte, la parte violenta de El Salvador, a las pantallas de cine en un film-documental llamado «La Vida Loca». Dicho film muestra la realidad del control que ejercen las pandillas de la delincuencia que operan en ese país. Estas pandillas, amantes del tráfico de drogas y la extorsión, han catalogado ya a El Salvador como el país mas violento de América Latina donde el promedio es de 11 homicidios diarios.

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Testimonio ejemplar

sombraEn el mensajero de la semana pasada mencioné a la familia de mi cuñado gravemente enfermo. Lamentablemente para nosotros, falleció este viernes pasado a  la una de la mañana.
Quiero dejar un testimonio  de su vida sabiendo de antemano que es imposible y en muy pocas palabras plasmar toda una vida y sobretodo una vida  tan ejemplar.  Su nombre: Jesús Camarena Gutiérrez. Nace hace 67 años en Guadalajara, Jal., por circunstancias familiares se conocen mi hermana y él, debido a que tenemos primos en común.

Su vida, como la de todos los jóvenes, pasó sin pena ni gloria, con muy buena educación y unos excelentes principios y valores morales ya que era de una de las familias antiguas y católicas de Guadalajara. Mi hermana y él inician su noviazgo desde muy temprana edad «sin el permiso supuestamente de mis papas» y duran de novios la friolera de 11 años. Se casan un 20 de julio de 1968 y por lo tanto, cumplirían 41 años de casados este próximo día 20. Su familia (su papá y sus tíos) mueren a consecuencia de la diabetes; él y todos sus hermanos heredan esta terrible enfermedad. Leer el resto de la entrada »

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Estar preparados

viajeLa muerte es un suceso natural que la gran mayoría de nosotros no queremos aceptar como tal. Algunas personas le tienen más temor a la vejez; claro, cuando se pierde la calidad de vida o tienen que depender de terceras personas.
En el libro de Marcelo Rittner «Aprendiendo a decir adiós», leí que para poder entender la vida, debemos comenzar con el entendimiento de que hay un final. O de una manera más directa, para empezar a entender la vida, debo comenzar comprendiendo mi muerte. Porque yo creo que el contemplar mi muerte puede ayudar muchísimo a entender el sentido de mi vida. Saber que la vida es finita, le da el sentido de entendimiento y urgencia a cada día, a cada momento.

En México no tenemos la cultura de la previsión para muchas cosas y sobre todo para este tipo de eventos. No queremos hacer testamento «porque es de mala suerte». No compramos con anticipación los servicios funerarios, por lo mismo y una serie de prejuicios que la misma sociedad nos impone. Leer el resto de la entrada »

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