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Que le tire la primera piedra

piedras.jpgLas piedras son seres materiales, inanimados y no tienen conciencia, pero guardan la memoria del universo. En su interior está escrita la historia de la tierra. Las piedras son como páginas desprendidas de un libro de historia del mundo que el viento ha esparcido por todas partes. Pero hay saber leerlas. Primero fueron las piedras y después el ser humano. Sin embargo, desde la prehistoria humana, piedra y humanos han sido grandes amigos. Los primeros seres humanos profesaron un gran respeto y admiración a las piedras porque las consideraban resistentes, inmutables e invariables. Las piedras permanecen, los hombres se van.

La primera prehistoria humana, muy larga por cierto, se llamó «Edad de Piedra». Los seres humanos primitivos utilizaron las piedras para hacer fuego y enseguida para fabricar armas y recipientes. Terminó la Edad de Piedra cuando la humanidad descubrió y usó otros materiales para fabricar utensilios. La moderna tecnología ha condenado al olvido a las piedras, pero ellas están ahí, humildes y siempre disponibles. Las ciencias que hoy gozan de prestigio, deben su éxito y desarrollo a las piedras. En épocas remotas, las matemáticas se practicaban con piedras. Los romanos, en su lengua latina, llamaban cálculos a las piedras pequeñas (y esto nos hace recordar los cálculos renales, tan dolorosos) y a la operación de cambiar las piedras para conseguir diferentes resultados, le llamaban calcular. Actualmente llamamos calculadoras a las máquinas que nos ayudan a realizar con rapidez y sin esfuerzo, las operaciones matemáticas.

La Sagrada Escritura llama Roca firme a Dios eterno, inmutable y todopoderoso. El Nuevo Testamento proclama a Cristo piedra desechada por los constructores y convertida ahora en Piedra Angular. Jesús dio el nombre de Pedro, es decir, Piedra, al apóstol Simón y le aseguró que sobre esa roca firme edificaría su Iglesia. En su predicación, Jesús comparó al discípulo firme en su fe, porque escucha el evangelio y lo pone en práctica, con una casa edificada sobre roca. Dijo también que de las piedras, Dios podría sacar hijos de Abrahán. A los fariseos que le pidieron callara a sus discípulos, respondió: «Les aseguro que si éstos callaran, empezarían a gritar las piedras» (Lc 19,40). El evangelio es un libro empedrado. Hay piedras por todas partes. Por ejemplo, la piedra del molino atada al cuello de quien escandalizó a uno de los pequeños (discípulos) de Cristo, y las piedras que iban a quitar la vida a una mujer sorprendida en adulterio. En la misa del último Domingo de Cuaresma, leemos este relato (Jn 8,1-11):

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“Déjala todavia este año”

pacient.jpgNos ha tocado vivir en una época impaciente. La cultura actual se caracteriza por la aceleración y el deseo de acercar el futuro. Por eso, buscamos resultados inmediatos y el éxito rápido y fácil. La prisa caracteriza nuestra actividad personal y social: comida rápida, fotografías al minuto, estudios de bachillerato en seis meses, información al instante por Internet, recuperación de la forma esbelta en un abrir y cerrar de ojos… Y la paciencia, que camina a paso de tortuga, es entre nosotros una virtud ignorada y también sometida de modo constante a la prueba. Todo lugar y todo momento inclinan a la impaciencia. Resulta un acto heroico mantener la paciencia después de dos horas haciendo fila para ser atendido en la ventanilla, encontrarse atrapado de pronto en un embotellamiento de tráfico, ver como un aprovechado te gana el único espacio de estacionamiento que estabas a punto de ocupar. En casa, la esposa está a punto de perder la paciencia y los estribos por los defectos de su incorregible marido y el marido, a su vez, por el modo de ser tan feo de su esposa. Se impacientan los papás por las imprudencias, terquedades y errores de sus hijos, y éstos pierden la paciencia ante sus papás cada vez más distantes y por su autoritarismo.

Perdemos la paciencia con los compañeros de trabajo, con los clientes, pero también con los amigos, con el novio o la novia, con los seres más queridos y, para colmo de males, con Dios mismo porque no atiende de manera inmediata aquello que le pedimos. Nos impacienta el clima, caluroso o frío. Una mosca o un zancudo son capaces de vencer nuestra paciencia.

Al comenzar su pontificado, el Papa Benedicto XVI dijo que «el mundo es redimido por la paciencia de Dios y destruido por la impaciencia de los hombres». Con estas palabras, además de señalar la impaciencia como una de las graves enfermedades que nos aquejan, el Papa nos llamaba a tomar la vida con paciencia, serenidad, sensatez y dominio de sí, porque como lo advierte- la impaciencia es destructiva. Por lo general, la impaciencia acaba con la armonía y la convivencia familiar, destruye amistades, noviazgos, matrimonios, grupos eclesiales y relaciones internacionales, incluso puede destruir a la persona misma. Debemos ser pacientes con nosotros mismos, si queremos progresar como personas y como discípulos de Cristo.

Todos corremos el riesgo de perder la paciencia en el momento menos pensado. Todos hemos sido impacientes muchas veces. El que se sienta libre de impaciencia que tire la primera piedra. Sin embargo, las caídas en la impaciencia no significan derrota. Siempre, desde que Dios amanece hasta la pérdida en el sueño nocturno, debemos luchar para conservar la paciencia. Como virtud que es, la paciencia tiene que ser cultivada. Hay quienes recurren a técnicas de autodominio para ejercitar y mantener esta virtud. La mayoría de mexicanos conocemos aquella que difundieron los medios de comunicación y consiste en contar hasta diez. Ha sido comprobado que muchas personas explotaron de impaciencia al llegar al número 200. Nadie consigue ser una persona paciente sólo ejercitando técnicas ni mucho menos tomando medicamentos. La paciencia se conquista ejercitando otras virtudes y valores afines como la perseverancia, la fortaleza, la humildad, la tolerancia, la responsabilidad, la generosidad, la esperanza… Si, por ejemplo, soy soberbio o no tolero que me contradigan, perderé fácilmente la paciencia.

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