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Nadie es profeta en su tierra

jesus0010.jpgSegún los estudiosos, la democracia nació en la ciudad griega de Atenas del siglo V a.C. Al pie de la letra, la palabra democracia significa poder o gobierno del pueblo. A Abraham Lincoln, decimosexto presidente de los Estados Unidos se le atribuye la famosa definición de este sistema o forma de gobierno: «La democracia es el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo». Esto supone naturalmente que todos los ciudadanos de un pueblo o país sean libres e iguales ante la ley. Hay quienes suponen que la democracia de Atenas es el modelo a seguir. Suponen mal. Porque los griegos atenienses de la antigüedad dejaron fuera de su democracia a los esclavos (ilotas) y a las mujeres; algunos historiadores sostienen que hasta los nobles (eupátridas) fueron excluidos de la jugada.

Una de las cosas positivas de la democracia es la valorización del pueblo, antes ignorado y oprimido. Por pueblo se entiende aquí los grupos pobres y medios de la sociedad. Llegó a decirse que la voz del pueblo es la voz de Dios. De este modo, junto con la democracia nació la llamada demagogia, que Aristóteles, califica en su libro «Política» como una «forma corrupta o degenerada de la democracia». Los demagogos dice el sabio griego de la antigüedad- gobiernan en nombre del pueblo a quien tiranizan, halagan y dirigen en función de sus propios intereses. Hoy, se sigue sacralizando y manipulando la palabra «pueblo». Lo que diga el pueblo eso se ha de hacer. ¿Es cierto esto? ¿Es verdad que lo que dice el pueblo se hace? ¿Es siempre verdad lo que dice el pueblo?

Un pueblo, como las personas que lo integran tienen sus cualidades, su lado positivo y bueno; pero también tiene su lado negativo, sus defectos y errores, a menudo bastante graves. Cualidades y defectos que saltan a la vista de todos y caracterizan para bien o para mal- a poblaciones y naciones enteras. Cuatro décadas atrás Colima tenía fama de ser una ciudad limpia y pacífica; Tepames destacaba por sus matones, Villa de Álvarez por su gente de «codo duro» (tacaños) y Cuauhtémoc y Quesería por sus borrachos. Monterrey es una ciudad admirada por su laboriosidad, pero también por su tacañería. Me consta que, para los europeos actuales, todos los mexicanos somos como ese conocido indígena que duerme todo el día, recargado en un nopal. La mayoría de estas imágenes nacen de prejuicios y del refrán «Cobra fama y échate a dormir».

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Hoy se ha cumplido

palabra.jpgJosé Day , protagonista de la novela «Moira», del escritor francés Julien Green, atormentado por el odio, leyó en su habitación de estudiante universitario todo el capítulo cuatro del evangelio de San Mateo, y enseguida el capítulo cinco hasta el versículo 24. Al llegar allí interrumpió su lectura y miró por la ventana. Una fina llovizna hacía brillar las grandes hojas amarillas y rojas que cubrían la callejuela y los primeros olores del otoño subían hasta el cuarto. En la casa de enfrente un muchacho estudiaba junto a la ventana, como José, pero no alzaba la cabeza de sus papeles. «Ve primero a reconciliarte con tu hermano…», murmuró el joven José. El libro de los evangelios hablaba como una persona que se dirigiera a él, José. El libro tenía una voz que no se parecía a ninguna otra voz que hubiera oído antes, y esa voz decía siempre la palabra que iba derecha al corazón del problema, pero a veces exigía cosas difíciles. En el caso presente se trataba de un acto imposible de llevar a cabo.

«Imposible», dijo, levantándose.

Pero el sentido de su palabra lo avergonzó. No se podía decir que no al libro de los evangelios. El libro estaba sobre la mesa, y repetía la misma cosa, la repetiría siempre, y nada en el mundo podía impedir que eso fuera así; no se le podía imponer silencio. «Ve primero a reconciliarte», decía, no a cualquiera, sino a José en particular, como si Cristo hubiera entrado en su cuarto y se hubiera sentado para hablarle. José Day no quería ceder esta vez ante el libro de los evangelios que le pedía algo imposible. Una sensación de ahogo le hizo llevarse las manos al cuello. Durante algunos minutos permaneció inmóvil en medio de la habitación, los ojos cargados de rencor. No quería ir a pedirle perdón a Mc Allister, porque en el fondo de su corazón lo desdeñaba. Bruscamente salió del cuarto y se dirigió a la habitación de Mc Allister, quien lo recibió con frialdad. José no supo qué decir. Por fin abrió la boca y con voz titubeante dijo: «-He venido a reconciliarme contigo…He venido para pedirte perdón».

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