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La carta del Señor Obispo

mons_jl.jpgNuestro obispo diocesano, José Luis Amezcua Melgoza, en una carta publicada en el Diario Milenio el pasado 30 de abril, manifestó su consternación por las noticias relativas al abuso sexual de niños y adolescentes por parte de miembros de la Iglesia, ante lo cual ofreció todo el apoyo de la Diócesis a efecto de que aquellas personas que eventualmente pudieran sufrir alguna conducta criminal por parte de clérigos, sena escuchados, porque quien desde su ministerio ofende a la Iglesia con esos actos, «viola y traiciona no sólo el voto de santidad del sacramento del Orden sino la confianza depositada por todos, por los jóvenes inocentes, sus padres y la sociedad». La Iglesia no puede tolerar actos gravísimos contra inocentes, dijo el Obispo Amezcua Melgoza.

Las palabras del máximo ministro diocesano son rotundas: debemos afrontar con humildad y sabiduría los retos de hoy, con base en la fe y en el perdón. Sí, debemos pedir a Dios que ilumine a todos los sacerdotes para que sean fieles a su vocación y eviten ser cooptados por el maligno; para que cada día sean menos los actos que denigran a la Iglesia y la ponen en el banquillo de los acusados, como si su naturaleza fuera de otro mundo y ajena a la realidad social.

No es un dato menos importante que la Diócesis se comprometa, «con determinación y coraje», a no permitir actos impropios que tengan por víctimas a niños o jóvenes en las distintas parroquias. Y también, cómo no, que el Señor Obispo tome el toro por los cuernos y de forma correcta manifieste su pena por actos que si bien son graves, en cuanto dañan la dignidad de las personas, no son privativos de algunos mandos de la Iglesia.

Un cristiano convencido y que es asistente asiduo a las misas dominicales en este templo, me comentó que ante la desinformación que en todo el país en relación a la implicación de sacerdotes en actos ilícitos, conviene que la posición de la jerarquía eclesial sobre este asunto quede claro para evitar confusiones y que use los medios de información para decirle a los feligreses cuál es su postura sobre temas tan delicados.

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El amor duele

transfi.jpgEl desamor, la ausencia o la negación del amor, es la causa de los mayores sufrimientos humanos. Porque la alegría más grande que podemos experimentar los seres humanos en esta vida, es amar y ser amados. El desamor duele y abre heridas que, a veces, permanecen abiertas durante toda la vida. La biografía de Cesare Pavese, escritor italiano (1908-1950) es una amarga historia de desamor. Su padre murió de un tumor cerebral. Estando en su lecho de muerte suplicó a su esposa -mujer de carácter dominante y demasiado autoritaria- que le permitiera ver por última vez a una vecina que había sido su amante. Obviamente, la madre de Cesare se negó.

Cesare Pavese vivió una infancia desdichada bajo la influencia de su madre, a la que amaba y odiaba al mismo tiempo. Durante su adolescencia, Cesare experimentó varios pasiones amorosas que terminaron en fracaso. En una ocasión, cuando tenía quince años, esperó durante horas, bajo el frío y la lluvia, a una bailarina de teatro que, ignorando al joven enamorado, huyó de él, saliendo por la puerta de atrás. De este encuentro frustrado consiguió, para colmo de males, una bronquitis crónica. Años más tarde, a mediados de los años treinta se enamoró de «Ella», «La Señorita», «Tina». Pavese nunca se refirió a ella por su nombre completo. Se sabe que ella era estudiante de matemáticas y compañera del comunista Altiero Spinelli. Cesare se enamoró profundamente de esta mujer, hasta el grado de recibir en su casa las cartas que Altiero le mandaba desde la cárcel.

Durante un registro, la policía encontró en casa de Cesare estas cartas y por esta razón fue llevado a la cárcel y después al destierro, en el pueblito calabrés de Brancaleone. En el exilio, Pavese creía que Tina seguía siendo su amada, pero ignoraba que Tina y Altiero se habían convertido en amantes. Escribía cartas al amor de su vida, diciéndole que estaba en el exilio, con gusto, por su causa. Hacia finales de 1935 Cesare dejó de recibir noticias de Tina. El escritor sufrió horrores e impulsado por la necesidad de ver a su amada, solicitó una gracia, que le fue concedida en 1936. Cesare Pavese regresó muy feliz a Turín, en donde sus amigos le informaron que «Ella», Tina, se había casado con otro. Pavese se desplomó en plena calle. A partir de esta experiencia dolorosa, nació en su corazón un sentimiento de desprecio hacia las mujeres. Sin embargo siguió intentando intimar con varias mujeres, sin éxito alguno. A algunas de ellas les propuso matrimonio, pero todas se negaron. Hizo su última tentativa a la americana Constance Dowting quien también lo rechazó. El 27 de agosto de 1950, alquiló una habitación en el hotel Roma de Turín y se suicidó tomando una sobredosis de somníferos mezclados con veneno. Antes, escribió la siguiente nota: «Perdono a todos y a todos pido perdón. No chismorreen demasiado».

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Jesucristo en Haití

haiti003.jpgEstoy seguro que nuestro Señor Jesucristo está hoy muy acongojado por lo sucedido con el noble pueblo haitiano, tras ser devastado por un temblor de gran magnitud que ha sumido en la desolación y prácticamente en la miseria, a unas 3 millones de personas y matado a unas cien mil, al decir de los cables noticiosos.

Tamaña catástrofe no es, como podrían pensar algunos de los que sufren este cataclismo, un castigo de Dios sino consecuencia de las condiciones geográficas de ese pueblo hermano. Haití, explotado económicamente y dominado por una dinastía de gobernantes que han sido vanos en el ejercicio del poder para sacarlo de la miseria, y que es también muy pobre, está asentado en un lugar propicio para recibir huracanes y terremotos como el que ha sufrido, pues se ubica en una zona inmersa en una compleja red de placas tectónicas y fallas geológicas que resultan del movimiento de la placa del Caribe y la gigantesca de Norteamérica, que la convierten en un sitio de máxima vulnerabilidad en materia de actividad sísmica, debido al deslizamiento de una placa denominada Falla de Enriquillo.

Además, el sismo ocurrió a pocos kilómetros de la superficie de la capital del país a unos ocho kilómetros- lo cual, según los científicos multiplicas las posibilidades de movimientos de esa magnitud. Con esta información mínima por delante acerca de las causas básicas por las que ocurrió el desastre, agrego que las informaciones de prensa me llenaron de tristeza. Muchas gentes, según testigos, a la hora del temblor, gritaban el nombre de Jesucristo. En las horas de angustia, un número importante de católicos nos acordamos principalmente de Dios Padre y de jesús, cómo no. Nuestro Salvador dijo que Él aliviaba las cargas por muy pesadas que fueran, y por ello los sufrientes con fe en Él acuden en busca de un bálsamo en las tribulaciones.

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Su fe la salvó

haiti002.jpgEn medio de la tragedia del terremoto de Haití hemos sido testigos, gracias a la tecnología y la globalización, de muchas historias y realidades difíciles de nuestros hermanos en desgracia. Apenas ayer surgió la noticia de que el gobierno Hitiano daba fin a la búsqueda de supervivientes. 132 personas es la cifra oficial de rescatados con vida de entre los escombros, muchos de ellos rompieron con las estadísticas de supervivencia y sus casos fueron considerados casi como milagros. Otros números oficiales presentados fueron: 111,500 los fallecidos y alrededor de 193,000 los heridos.

Recordamos muy bien, por otro lado, como ya lo mencionaba el P. Crispín en El Mensajero de la semana pasada, que ante ésta desgracia hubo quienes en medio de la indignación y la impotencia reaccionaron de manera agria en contra de las muestras de religiosidad, reclamando a Dios e incluso negando su existencia; así como también fuimos testigos de muchos actos de fe y en cierta manera de la presencia de Dios mismo en tantas personas que ayudan para aliviar un poco el dolor de esas personas.

El pasado 19 de enero, los así llamados «Topos» mexicanos, lograron rescatar de entre los escombros a una mujer de 69 años de edad y uno de los principales actores contaba su experiencia ante las cámaras: «…hoy entramos con la bendición de Dios y escuchamos su ruido.

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Ya no tienen vino

casados.jpgDicen que con los años, los seres humanos van perdiendo el entusiasmo por todo aquello que los llenó de ilusión en su juventud. Que llega el día en que uno se vuelve una persona desalentada, víctima del desengaño y de la rutina, y entonces pierden color y sabor el matrimonio, el trabajo, las diversiones, el futuro…  

Además del tiempo y de la edad, carcomen las ilusiones y la alegría de vivir las pérdidas irrecuperables, las experiencias dolorosas de fracaso en la amistad y el amor y las catástrofes naturales. Es cierto que la edad y las circunstancias adversas oscurecen el gozo de la vida y pueden llegar a borrar la sonrisa de los rostros, pero es también cierto que la alegría depende de nuestra libertad. De nosotros, de nuestra libre elección, depende ser felices o desgraciados. Imagino que muchos lectores negarán esta afirmación. ¿Cómo puede depender la alegría de la libre elección de una persona que ha perdido las dos piernas en un pavoroso accidente? ¿Cómo puede decidir ser alegre cuando me han diagnosticado un cáncer terminal? ¿Tiene sentido para quien siempre ha vivido en la miseria tomar la decisión de ser un tipo alegre?

Y a pesar de todo, la alegría depende de mí y de ti. Las circunstancias pueden eclipsar la alegría, pero yo puedo decidir salir de la oscuridad y recuperar la sonrisa, aún cuando ya nada siga siendo igual. Una mujer soltera, ya fallecida, se pasó el tiempo quejándose de los hechos dolorosos de su existencia no la habían dejado vivir. Y no le faltaban razones para quejarse, pues siendo apenas una niña murió su mamá. Cuando estaba a punto de terminar el duelo, murió su papá y se vio obligada a recomenzar el luto. Enseguida, sumados a problemas económicos y enfermedades, murieron en escala, uno tras otro, diversos familiares y así la mujer llegó a los sesenta años, siempre vestida de luto, y con la impresión de no haber gozado de la vida. Nunca fue a fiestas, no viajó a ninguna parte, no pudo hacer ninguna clase de estudios, no se relacionó con la gente de su edad, ni de otras edades, no se casó. En resumidas cuentas, nunca pudo hacer nada de lo soñaba cuando era joven, y cuando llegó a la madurez, cayó en la cuenta de que era demasiado tarde y el sol se estaba ocultando. A esta mujer le faltó liberarse lo suficiente de las cadenas de las circunstancias trágicas de su existencia, para poder vivir, y vivir en la alegría.

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Alégrense siempre en el Señor

La palabra «alegría» viene del latín popular «alacer» que significa algo vivo o animado. Por tanto, una persona alegre es aquella que está llena de vida y de energía. Según Don José Ortega y Gasset, filósofo español fallecido en 1955, alegría viene de la palabra «elaphos» que significa ciervo o venado, y entonces alegre es aquel que se siente ligero, rápido y da saltos como un venado. Todos experimentamos la alegría y sin embargo no es fácil explicar qué es este estado de ánimo o sentimiento. No es lo mismo estar feliz y estar alegre. La felicidad es un estado de plenitud. Pleno es lo que está lleno o completo del todo. Por consiguiente, sólo podríamos llamar feliz al ser humano que ha logrado conseguir de manera total sus deseos más profundos. Ahora bien, ningún ser humano se atrevería a declararse plenamente feliz o por lo menos de modo duradero, porque en este mundo ningún mortal puede alcanzar la completa satisfacción de sus anhelos. Hombres y mujeres vivimos en esta tierra como seres insatisfechos, siempre hambrientos de felicidad. La alegría vendría a ser entonces un estado de ánimo, un sentimiento vital de quien camina hacia la felicidad plena.

En este caso, hay que distinguir entre ser alegre y estar alegre. Se dice que una persona está alegre o está contenta porque ha conseguido satisfacer alguna necesidad, carencia o deseo. Por ejemplo, el hambriento está feliz o contento porque finalmente ha llenado su estómago con abundante y sabroso alimento. Por tanto, estar feliz o contento dependerá de las circunstancias, de los acontecimientos, personas o cosas.

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Miradas que matan

«Y si tu ojo te es ocasión de pecado, sácatelo; pues más te vale entrar tuerto en el Reino de Dios, que ser arrojado con tus dos ojos al lugar de castigo…» (Mc 9,47). Me atrevería a juzgar que la mayoría de la gente, al leer o escuchar estas palabras de Jesús sobre el pecado óptico, piensa en el pecado de lujuria. Se piensa, por ejemplo, en el marido que escanea indiscretamente con su mirada lasciva los escotes de la mujer atractiva que acaba de pasar, y que por supuesto no es su esposa. En su Sermón del Monte, Jesús mismo habló del adulterio ocular: «Pero yo les digo que todo el que mira con malos deseos a una mujer ya ha cometido adulterio con ella en su corazón» (Mt 5,28). Sin embargo, el pecado ocular, además de la lujuria, enfoca su visión maligna hacia otras direcciones oscuras. El filósofo francés Jean Paul Sartre quien paradójicamente era bizco- decía que la mirada de los demás, nos hace existir y sentirnos amados, pero también nos esclaviza y daña mortalmente. Hay «miradas que matan», según reza la letra de la antigua canción mexicana «Ojos Tapatíos». Mirar o dejar de mirar puede convertirse en delito.

A veces, ignoramos el sufrimiento y el daño psicológico y moral que, con nuestra mirada, hacemos al prójimo o inclusive a nuestros seres queridos. Me ha conmovido interiormente la historia verídica que relata José Luis Martín Descalzo, sacerdote y periodista español fallecido en 1991, en el primer tomo de su famosa colección de «Razones».

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Pérdidas

No se puede crecer sin sufrir. Se sufre por irresponsabilidad humana o por las fuerzas ciegas de la naturaleza. Toda la vida está hecha de separaciones, de pérdidas. La vida es tomar y dejar. Muchas pérdidas pasan desapercibidas; otras, marcan para toda la vida. La maduración o crecimiento de una persona consiste en la aceptación serena y creativa de la separación y de la pérdida como condición necesaria para vivir. Vivir es perder, desde el nacimiento hasta la muerte.
PÉRDIDAS EN EL NACIMIENTO. De la seguridad, ambiente protegido pasamos al mundo inseguro. El recién nacido continúa su apego a la madre. El nacimiento de un niño nos recuerda que nadie nos pertenece sólo porque lo amamos. Se nos invita a dejar libres a los demás. El nacimiento de un niño también trae consecuencias para los papás: pérdida de sueños, pérdida de libertad (ya no se puede ir a donde quiera), redestribución del cariño, etc.

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Un Dios que sufre

Cuando en 1973 un fuerte terremoto afectó severamente sobre todo la costa colimense, una señorita de las de antes, mayor de edad y conocida en la sociedad capitalina como «Anita, la de La Colmena», porque «La Colmena» se llamaba su tiendita, ubicada al lado del Beaterio, en donde ahora se encuentra un parquecito, explicaba a su clientela que el terremoto se debía «a tanta vieja rabona y a tanto afeminado». Esto último lo decía con palabras de plano feas. De este modo, Anita quería decir que las catástrofes naturales eran un castigo de Dios a la gente por su persistente inmoralidad. Así lo creyó la humanidad durante muchos siglos.

El apocalíptico terremoto de Lisboa, no sólo destruyó cosas materiales y vidas humanas, sino también las ideas de Anita. A las 9:50 hrs. del 1 de noviembre de 1755, cuando la mayoría de la población se encontraba en misa, sobrevino la primera magna sacudida de tierra. Enseguida del megasismo -que según los geólogos actuales fue de 8.7 (algunos suponen que fue de 9)- hubo un terrible incendio y un maremoto. La destrucción fue casi total. Murieron entre 50,000 y 100,000 personas. El impacto entre los europeos estudiados del siglo XVIII fue tremendo, y un año después del seísmo, un pensador francés, de sobrenombre Voltaire, publicó un famoso poema titulado «Poema sobre el desastre de Lisboa», en el que pide cuentas a la Providencia de Dios por la tragedia y el sufrimiento. «Dirán ustedes, al ver ese montón de víctimas: ¿se ha vengado Dios; su muerte paga sus crímenes? ¿Qué crimen, qué culpa cometían esos niños, sobre el seno materno aplastados y sangrientos? ¿Tuvo Lisboa, que ya no es más, más vicios que Londres, que París, en los deleites hundidas? Lisboa queda hundida, y en París se baila». Voltaire no comprendía cómo un Dios de bondad infinita pudiera permitir semejante destrucción y muerte de inocentes. En realidad, él pensaba que Dios no tenía nada qué ver con los desastres naturales. De cualquier modo, y a pesar de tantas ideas contra la religión, en ese tiempo se pensaba en la relación que podía tener Dios en tales acontecimientos.

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