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Dichosos ustedes los pobres

El mendigo.jpg corazón del tío Tomás era muy débil y el médico le había aconsejado que tuviera mucho cuidado. De modo que cuando sus familiares se enteraron de que el tío Tomás había heredado mil millones de dólares de un pariente difunto, tuvieron miedo de comunicarle la noticia, no fuera a ser que la fuerte impresión le ocasionara un ataque al corazón.

Así pues, pidieron ayuda al párroco, el cual les aseguró que él encontraría el modo de darle la noticia. «Dígame, don Tomás -le dijo el Padre José al anciano cardiópata- si Dios en su misericordia le enviara mil millones de dólares, ¿qué haría usted con ellos?».

Tío Tomás pensó unos instantes y dijo sin el mejor asomo de duda: «Le daría a usted la mitad para la Iglesia, Padre». Al oírlo, el Padre José sufrió un repentino ataque al corazón y murió en el acto.

¿Un chiste de humor negro? ¿O la cruda realidad humana? Me inclino por lo segundo. Esta anécdota pone al descubierto el corazón de los seres humanos. El pariente millonario, quien a su vez había sufrido un ataque al corazón como consecuencia de sus esfuerzos y preocupaciones por hacer crecer su imperio industrial, reconoció en su convalecencia que las cosas de este mundo son vana ilusión. La grave enfermedad y la amenaza de la muerte le hicieron ver, además, su codicia y su egoísmo. Fue entonces cuando decidió repartir la mayor parte de su fortuna a instituciones benéficas y a sus parientes más pobres.

¿Y qué decir del caso del Padre José? Su corazón no resistió el impacto de aquellos dólares. La noticia era como para estallar de alegría. Pensó en todo aquello que podría hacer con ese dinero para bien de su feligresía: imaginó el templo parroquial completamente terminado, vio un asilo de ancianos y un albergue para niños desamparados y hasta una empresa cooperativa que daría empleo a mucha gente necesitada. Era una buena persona el Padre José. Pero, tal vez su corazón no hubiera tronado, si en medio de la euforia causada por tan feliz noticia, hubiera recordado que el Reino de Dios es, ante todo, obra del mismo Dios. Que es el Señor quien lo hace crecer y fructificar, que el éxito de su Reino no depende de los recursos y poderes humanos, sino de su gracia y poder divino. Con frecuencia, las ansiedades, ayudas anhelantes o angustias en los trabajos apostólicos o pastorales, revelan codicia y egoísmo.

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Ya no tienen vino

casados.jpgDicen que con los años, los seres humanos van perdiendo el entusiasmo por todo aquello que los llenó de ilusión en su juventud. Que llega el día en que uno se vuelve una persona desalentada, víctima del desengaño y de la rutina, y entonces pierden color y sabor el matrimonio, el trabajo, las diversiones, el futuro…  

Además del tiempo y de la edad, carcomen las ilusiones y la alegría de vivir las pérdidas irrecuperables, las experiencias dolorosas de fracaso en la amistad y el amor y las catástrofes naturales. Es cierto que la edad y las circunstancias adversas oscurecen el gozo de la vida y pueden llegar a borrar la sonrisa de los rostros, pero es también cierto que la alegría depende de nuestra libertad. De nosotros, de nuestra libre elección, depende ser felices o desgraciados. Imagino que muchos lectores negarán esta afirmación. ¿Cómo puede depender la alegría de la libre elección de una persona que ha perdido las dos piernas en un pavoroso accidente? ¿Cómo puede decidir ser alegre cuando me han diagnosticado un cáncer terminal? ¿Tiene sentido para quien siempre ha vivido en la miseria tomar la decisión de ser un tipo alegre?

Y a pesar de todo, la alegría depende de mí y de ti. Las circunstancias pueden eclipsar la alegría, pero yo puedo decidir salir de la oscuridad y recuperar la sonrisa, aún cuando ya nada siga siendo igual. Una mujer soltera, ya fallecida, se pasó el tiempo quejándose de los hechos dolorosos de su existencia no la habían dejado vivir. Y no le faltaban razones para quejarse, pues siendo apenas una niña murió su mamá. Cuando estaba a punto de terminar el duelo, murió su papá y se vio obligada a recomenzar el luto. Enseguida, sumados a problemas económicos y enfermedades, murieron en escala, uno tras otro, diversos familiares y así la mujer llegó a los sesenta años, siempre vestida de luto, y con la impresión de no haber gozado de la vida. Nunca fue a fiestas, no viajó a ninguna parte, no pudo hacer ninguna clase de estudios, no se relacionó con la gente de su edad, ni de otras edades, no se casó. En resumidas cuentas, nunca pudo hacer nada de lo soñaba cuando era joven, y cuando llegó a la madurez, cayó en la cuenta de que era demasiado tarde y el sol se estaba ocultando. A esta mujer le faltó liberarse lo suficiente de las cadenas de las circunstancias trágicas de su existencia, para poder vivir, y vivir en la alegría.

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